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La mano de Santa Teresa: el verdadero guante de Infinity War

El arma más poderosa del Universo Cinematográfico de Marvel guarda varias semejanzas con una reliquia española a la que también se le atribuyeron propiedades sobrenaturales.

  • MICHAEL NISSNICK

09/07/2018 02:18 pm

Caracas.-Uno de los grandes fenómenos cinematográficos del 2018 es “Avengers: Infinity War”, en el que los populares superhéroes de Marvel intentar evitar los planes del malvado titán Thanos para destruir el universo. Para lograr su propósito, Thanos se valdrá de un guante dorado para canalizar el inmenso poder de las seis gemas del infinito. 



Pero he aquí una pregunta interesante: ¿qué relación guarda tan poderosa arma con la reliquia de una monja española del siglo XVI? Aunque suene sorprendente, dicho vínculo existe, y diversos medios de comunicación e incluso la mismísima Wikipedia se han hecho eco del asunto en los últimos meses. No es para menos, ya que ambos objetos son dorados, llamativos y han sido objetos del deseo de déspotas y tiranos por sus poderes reales o imaginarios. He aquí la historia del verdadero Guantelete del Infinito: la mano de Santa Teresa de Ávila. 

 Mística y literatura 

Teresa Sánchez de Cepeda y Ahumada nació en Gotarrendura, provincia de Ávila, el 28 de marzo de 1515 en el seno de una familia aristocrática. Desde pequeña sintió atracción por la vida religiosa e incluso intentó en cierta ocasión huir con su hermano para dejarse martirizar en tierra de infieles. A los veinte años ingresó como monja en la orden carmelita y adoptó el nombre por el que pasaría a la historia: Teresa de Jesús, aunque también se la conoce como Teresa de Ávila. 



A la edad de cincuenta años, Teresa emprendió la tarea de reformar su orden religiosa, a la que consideraba desviada del ascetismo y rigor de la regla original. De su empeño resultó la fundación de las Carmelitas Descalzas. La religiosa abulense dedicó sus últimas dos décadas de vida y esfuerzos en esta labor, al tiempo que escribía obras capitales de las letras españolas como “El Libro de la Vida” (autobiografía), “Las Fundaciones” o “Las Moradas”, entre otras. En ellas queda patente la tendencia de Teresa a las experiencias místicas. 



“Mística” deriva del griego “mystikós”, que se traduce como “cerrado” o “misterioso”. A juicio del crítico Segundo Serrano Poncela, este fenómeno “designa un cierto tipo de comunicación entre Dios y el hombre, en el que no intervienen el conocimiento, la razón o la experiencia, y cuyas manifestaciones exteriores son el éxtasis y la aniquilación momentánea de la personalidad”. 



La propia Teresa narró en su autobiografía el siguiente trance místico, conocido como “transverberación” e inmortalizado en una famosa escultura de Gian Lorenzo Bernini: “Vi a un ángel cerca de mí hacia el lado izquierdo en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla (…). No era grande, sino pequeño, muy hermoso, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos, que parecen todos se abrasan. Deben ser los que llaman querubines (…). Le veía en las manos un dardo de oro largo, y al final del hierro parecía tener un poco de fuego. Éste me parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba a las entrañas. Al sacarlo, me parecía que se las llevaba consigo y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios”.



Teresa murió en Alba de Tormes a los sesenta y siete años el 4 de octubre de 1582 y fue sepultada el día siguiente…15 de octubre. Tan abrupto salto de fecha obedeció a la entrada en vigencia de una reforma del calendario impulsada por el papa Gregorio XIII para corregir un desfase de varios siglos respecto al año solar. Ese es el origen del “calendario gregoriano”, por el que se rige buena parte del mundo hasta hoy. En virtud de dicha modificación, se suprimieron once días de octubre de 1582, lo que influyó en las fechas de defunción y entierro de nuestro personaje. 



Teresa de Jesús fue beatificada en 1614 y canonizada en 1622. Asimismo, el papa Paulo VI la proclamó “Doctora de la Iglesia” en 1970. Fue la primera mujer en alcanzar dicha distinción, que hoy comparte con Santa Teresa de Lisieux, Santa Catalina de Siena y Santa Hildegarda de Bingen. 

Descanso sin paz 

En la iglesia de la Anunciación de Alba de Tormes descansan los restos de Santa Teresa de Jesús. O más bien lo que queda de ellos. La sepultura está cerrada por tres juegos de tres llaves cada uno. El primer juego lo posee la priora del convento de Alba, el segundo está en manos del General de la orden carmelita en Roma y el tercero es propiedad de los duques de Alba. A ellos se les suma un juego adicional que porta el rey de España como distinción honorífica. 



Tales precauciones se deben a los varios traslados y mutilaciones que el cuerpo de Santa Teresa sufrió en el pasado. Su recuento da para una novela. Apenas nueves meses después de su muerte, el provincial de los Carmelitas Descalzos y antiguo director espiritual de Teresa, fray Jerónimo Gracián, ordenó abrir el sepulcro de la todavía futura santa. La madera del ataúd y las ropas de la monja se habían deteriorado, pero el cadáver seguía intacto. Sorprendido, Gracián sucumbió a la tradicional fascinación católica por las reliquias y decidió tomar algunas partes del cuerpo de Teresa. Cortó la mano izquierda y la donó al convento de Ávila, pero conservó para sí un dedo de dicha extremidad. El padre Gracián lo llevó colgado al cuello hasta su muerte en Bruselas tres décadas más tarde e incluso llegó a pagar un alto precio por su rescate cuando los turcos se lo arrebataron. 



 El convento de Ávila, el primero fundado por Santa Teresa, reclamaba para sí el cadáver sepultado en Alba de Tormes. Ante la imposibilidad de tenerlo por la vía legal, optaron por robarlo y llevarlo secretamente a Ávila, donde permaneció tres meses. Pero los duques de Alba presionaron con éxito al papa para lograr que el cuerpo volviera a su sitio original, de donde no ha vuelto a moverse desde entonces. Al menos no entero, pues se lo siguió picando en pedazos. En la actualidad hay huesos, piel, manos, pies, trozos de cráneo y hasta mandíbulas y dientes de Santa Teresa de Jesús repartidos en diversos conventos e iglesias de España, Europa y América Latina. 



 Sin ir más lejos, en Alba de Tormes, cerca de la tumba de la santa, se exhiben su corazón y su brazo izquierdo sin mano. Esta última, aquella que cortó fray Jerónimo Gracián y de la que su vez amputó un dedo como se explicó más arriba, protagonizaría una odisea digna de una película o una serie de Netflix. 



Los viajes de una mano 

La mano izquierda de Santa Teresa originalmente fue destinada por el padre Gracián al convento de Ávila. Cuando esta última institución poseyó por un tiempo el cuerpo de la religiosa, sus monjas donaron la extremidad a sus correligionarias de Portugal. La mano permaneció en el país luso durante los siguientes tres siglos, primero en Lisboa y luego en Olivais. Del siglo XVII es el relicario que la alberga, hecho de plata dorada y con incrustaciones de piedras preciosas. Asimismo, en su base tiene un pequeño trozo de papel con la firma auténtica de Santa Teresa. 



El 5 de octubre de 1910, una revolución derrocó al monarca Manuel II y proclamó la Primera República Portuguesa, poniendo fin a tres siglos de reinado de la casa de Braganza. Dicha fecha sigue siendo día de fiesta nacional en Portugal hasta hoy. 



 El fuerte clima anticlerical que se vivió en Portugal por esas fechas hizo que las monjas carmelitas abandonaran el país y se dirigieran a la vecina España. Algunas llegaron en 1924 al convento de Ronda, en la provincia de Málaga, y trajeron consigo la mano de Santa Teresa. Pero la reliquia todavía estaba muy lejos de terminar su periplo. No tardaría en tener otro encontronazo con la historia. 



 El 18 de julio de 1936, un grupo de militares se alzó contra el gobierno de la Segunda República, iniciando así uno de los conflictos más sangrientos del siglo XX: La Guerra Civil Española, que se extendería hasta 1939. 



La mano de Santa Teresa volvió a ser víctima del anticlericalismo, esta vez de parte de los republicanos, quienes confiscaron la reliquia y la confiaron al general José Villalba Rubio, jefe del ejército del sur con sede en Málaga. Villalba tuvo que huir de la ciudad cuando el bando sublevado la conquistó en febrero de 1937, pero en el apuro olvidó una maleta con la reliquia de la santa de Ávila. 



 El general Francisco Franco, jefe de los rebeldes, no pudo estar más feliz de tener la mano en su poder, pues consideraba a Teresa “la santa de la raza” y “la santa más española”. Por tal motivo, obtuvo del arzobispo de Málaga autorización para conservar la extremidad hasta el final del conflicto, en la creencia de que su posesión lo ayudaría a alcanzar el triunfo. En este aspecto Franco no se diferenció mucho de su principal aliado militar e ideológico, Adolf Hitler, cuya obsesión por las reliquias poderosas fue la base de la saga cinematográfica de Indiana Jones. 



A comienzos de 1939 el bando franquista tomó Madrid y ganó la Guerra Civil Española. Días después Francisco Franco, convertido en dictador del país, encabezó un fastuoso desfile en el Paseo de la Castellana de la capital para celebrar la victoria. Al inicio de dicho evento, Franco fue condecorado con la Cruz Laureada de San Fernando, máxima distinción militar de España. 



La rendición de Madrid ocurrió el 28 de marzo, aniversario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús, lo que fue considerado como providencial por Franco y lo reafirmó en su decisión de seguir poseyendo la mano más allá del término de la guerra. Volvió a lograr el permiso de las autoridades eclesiásticas y desoyó los reclamos de retorno por parte de las carmelitas de Ronda. Una carta de su secretaria personal aseguraba que el dictador tenía “vivísimos deseos de conservar bajo su custodia la reliquia insigne de la mano de la santa para seguir venerándola, al propio tiempo que ruega a la sin par Teresa de Jesús que vaya poniendo su mano en las arduas tareas de la paz, como lo hizo en las de la guerra”. 



El “Caudillo” nunca se separó de la reliquia de Santa teresa durante sus largos años de gobierno autoritario. En su habitación del madrileño Palacio Real de El Pardo hizo construir un mueble-oratorio especial para albergarla. 



 Algunos testimonios también aseguran que el dictador la tenía en su mesa de noche, que siempre la llevaba consigo en sus viajes y vacaciones y que incluso la sujetaba con una mano mientras firmaba sentencias de muerte con la otra. 



Durante todo ese tiempo las carmelitas de Ronda insistieron en sus peticiones de devolución hasta que lograron el compromiso de que la reliquia volvería a ellas tras la muerte de Franco. 



Francisco Franco falleció el 20 de noviembre de 1975 a los ochenta y tres años de edad y tras treinta y seis de dictadura. Fiel a su creencia en las reliquias como fuentes de poder, varios de dichos objetos sagrados lo rodeaban al momento de exhalar su último aliento, entre ellos el manto de la Virgen del Pilar, la sangre de San Pantaleón...y por supuesto, la venerada mano de Santa Teresa. 



Semanas más tarde, la viuda e hija del Caudillo entregaron la mano al arzobispo de Toledo, quien a su vez la remitió a Ronda. La reliquia volvió a la ciudad andaluza el 21 de enero de 1976 con una comitiva de diez automóviles. Desde entonces ha permanecido en la iglesia de la Merced sin mayores sobresaltos. No obstante, la extremidad de Santa Teresa no ha podido desvincularse por completo de su pasado franquista, ya que en su muñeca, por voluntad del propio dictador, exhibe aquella Cruz Laureada de San Fernando que Franco ganó tras su victoria en la guerra y que lució en su solapa durante el resto de su vida. 



 La mano de Santa Teresa no salvó a Franco de la muerte, pero su descendiente ficticio sí que ayudó a Thanos a arrasar el universo. 



Twitter: @mhnissnick 

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