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Drogas, alcohol y tragedia

El Macho Camacho ingresó al grupo de boxeadores que pierden ante la vida

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El Macho Camacho se dio el lujo de derrotar a uno de los mejores boxeadores de todos los tiempos: Ray 'Sugar' Leonard CHARLES REX/AFP
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GERARDO CHACÓN |  ESPECIAL/EL UNIVERSAL
lunes 26 de noviembre de 2012  12:00 AM
La noche del pasado martes 20 de noviembre, la vida volvió a nockear al boxeo.

Una vez más gana la vida en esa batalla que han sostenido durante innumerables rounds, que duran más de tres minutos y cuya campana se oye muy pocas veces antes del fatídico desenlace fatal.

Héctor 'el Macho' Camacho, un boxeador puertorriqueño, que tuvo en su haber tres títulos mundiales en categorías diferentes, y cuyo legado puede jactarse de haber vencido dos veces a Roberto "Mano e' piedra" Durán y a Sugar Ray Leonard en otra, se encontraba en las afueras de un sitio de licores, con un amigo de la infancia, esperando sin saberlo, su cita con la muerte.

Unos sujetos descargaron sus armas contra el carro: el conductor muere de inmediato, mientras que una bala rasga el aire, impacta en el hemimaxilar inferior izquierdo, lo perfora y sigue adelante, para fracturar vértebras cervicales 5 y 6, cambia un poco de trayectoria y pierde velocidad, pero mantiene la suficiente, para destrozar la arteria carótida y terminar alojándose en el hombro del ex púgil de 50 años.

El jueves se dictaminó muerte cerebral y ayer se detuvo definitivamente su corazón.

Su historia no sorprende a muchos, quizás a nadie, pero debería llamar la atención, por varias razones:

La primera, es que toda la América Latina se encuentra sumida en una guerra de violencia incontrolada y odios irrefrenables que no perdonan a nadie, y que los "líderes" no parecieran querer admitir.

La segunda, será desarrollada a modo de pregunta: ¿Qué es eso contra lo que luchan algunos boxeadores fuera del cuadrilátero? ¿A qué demonios se enfrentan desde chicos, que parecieran exorcizar solo en el ring, pero que duermen y se despiertan con ellos?

Pues bien, la historia del Macho no es diferente de otras.

El colombiano, Antonio Cervantes Reyes "Kid Pambelé", dos veces campeón mundial de peso welter junior, y quien fuera perfeccionado en técnicas boxísticas acá en Venezuela, fue rescatado de las calles y recluido en un centro de desintoxicación, donde lucha contra sus fantasmas y el temblor incontrolable de su cuerpo, cicatrices visibles que dejó su adicción a las drogas.

Floyd Mayweather Jr, para muchos, el mejor boxeador actual -y campeón en 5 categorías diferentes-, cumplió este mismo año, varios meses de reclusión por violencia doméstica.

Mike Tyson -después de quien el campeonato de pesos pesados jamás será lo mismo, por esa agilidad que le hacía parecer un peso medio o ligero- cumplió 3 años de condena, acusado de violación.

Carlos Monzón, la gloria argentina del pesos mediano, entabló una destructiva amistad con el alcohol luego de su retiro, y fue hallado culpable del homicidio de su esposa, al caer esta por un balcón, un febrero de 1988. Fue sentenciado a 11 años, y poco antes de finalizar su condena, le vio la cara a la muerte en un accidente automovilístico. Perdió ese asalto.

El británico Ricky Hatton, solía ser un peleador depresivo y melancólico que solo hallaba paz, en medio de líneas blancas.

Muhammad Alí, la leyenda viviente, hoy es la triste sombra convulsa -a causa del Parkinsson que padece-, de lo que fue; tuvo problemas políticos y religiosos por su cambio de creencias y por rechazar prestar servicio militar. El más grande, volaba como mariposa y picaba como avispa, pero fuera del ring su vida era un torrente.

Julio Cesar Chávez padre, defensor del título 29 veces, invicto más de 13 años, y récord de victorias por nocaut fue rescatado por su hijo -ahora también boxeador y recientemente positivo por marihuana- del abuso de drogas y alcohol al cual lo llevó una vida de lujos y lujuria, en su avance desenfrenado por destruir leyendas boxísticas. Julio Cesar Chávez, lo admite, y gracias a Dios, es un ejemplo de cómo recuperarse luego de tocar fondo.

Por último; nuestro Edwin "el Inca" Valero, quien, pese a los sentimientos encontrados que despertaban sus creencias, era un gran boxeador, dueño de un coraje y una táctica limpia, nockeador por excelencia, en nada menos que 17 peleas consecutivas durante el primer asalto (récord que amenazaba).

Dos veces campeón del mundo, una en superpluma del AMB y otra en ligero del CMB. También se sentaba frente a frente para jugar ruleta rusa con la vida, solo que no cargaba el Smith and Wesson del destino, con una sola bala sino que le ponía dos: drogas y alcohol. El resultado no podía ser otro.

Una noche rozó su cabeza una de las dos balas: confesó el asesinato de su esposa. De su propia mano, esas manos que deparaban un destino prodigioso para un país falto de glorias deportivas. Pero el golpe definitivo, lo acertó días después, en una celda de la policía de Carabobo, donde se quitó la vida ahorcándose. Hay quienes rezan hoy por su perdón.

Los fantasmas más recurrentes en la vida de algunos boxeadores brillantes, no son las drogas y el alcohol, es quizás su pasado, las tristezas y las penas que le otorgan los recuerdos de una niñez preñada de necesidades, y de un pasado muy triste, solitario y nada alentador. Hasta el día en que se topan con la irremediable fama y fortuna que otorga el buen boxeo. Una fortuna que pareciera estar maldita. Esa fortuna de millones de dólares, que se atraviesa en sus vidas como cuando, con un recto de derecha o un jab de izquierda dejan sin sentido a sus rivales. Solo que esta vez, es la vida la que los golpea incesantemente, en combinaciones, mellando sus resistencias mentales y dejando fuera de combate a sus almas.

Porque algunos boxeadores parecieran ser solo un cuerpo que entrena y un alma que huye, que corre, que escapa de algo, que solo ellos conocen, mientras pretenden hacer su huida más fácil y rápida, montados en el delirio que otorgan unas líneas de blanco polvo.

Algunos boxeadores pierden la pelea con la vida, a fin de cuentas, porque nunca saben entrenarse para ese combate. Porque los ganchos de la fama y la fortuna no se esquivan entrenando en un gimnasio, sino culturizando la mente. El hermoso deporte del boxeo se cimenta en una férrea disciplina que debería ser extensiva al conocimiento. Y quizás es por ello que desgraciadamente perdimos a otro grande. Se acabo para siempre el Macho Time.

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