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Entorno Urbano

25 minutos

Los altavoces mudos, el protocolo de avisar con anticipación que el tren que ingresa al andén no presta servicio en esta estación no se cumple, otro protocolo que no se cumple

  • MARÍA EUGENIA CLAVIER

24/08/2019 06:00 am

Son las 5:36 am, llego a mi acceso habitual de la estación del metro, la santamaría abajo. “El tipo de la llave se quedó dormido” bromea alguien. Caminamos hasta el siguiente acceso, también cerrado, por un momento uno se pregunta si la estación estará toda cerrada, si el sistema está prestando servicio, pero logramos ver un tercer acceso que está abierto, cruzamos la calle, la gente sube y baja por las escaleras mecánicas detenidas hace meses, escojo hacerlo por las escaleras estructurales, mis rodillas lo agradecen. La caseta, donde un operador solitario habla por teléfono tiene un cartón sobre la ventanilla de atención al público, no hay venta de boletos hasta después… después de las siete, después de las ocho, después que alguien llegue, después de quién sabe qué. Hay un torniquete liberado para el acceso, de todas formas el mecanismo de control y validación no se usa en ningún torniquete desde hace mucho… ya se cuenta en años. El deterioro del sistema tiene muy larga data. Bajo al andén, en la escalera paso junto a un señor que se desplaza con dolorosa dificultad e imagino cuánto extraña las escaleras mecánicas en funcionamiento. Hay papeles en el suelo y a la vista están sólo los tornillos que alguna vez sostuvieron los discretos contenedores de basura del equipamiento original de las estaciones.  

Pasa el tiempo, algunas personas se sientan en las escaleras o en el piso del andén. Pasa el tiempo. Más usuarios se suman a la espera. Hace calor, una señora se abanica, parece que ni siquiera el sistema de ventilación está funcionando. Un tren se acerca, la gente se moviliza innecesariamente porque viene con las luces apagadas y no se detiene. Mientras pasa frente a mí veo una mancha alargada sobre un lateral del vagón, un líquido corrió por allí dejando una seca estela entre anaranjada y marrón, eran otras épocas cuando los lavaban a diario. Los altavoces mudos, el protocolo de avisar con anticipación que el tren que ingresa al andén no presta servicio en esta estación no se cumple, otro protocolo que no se cumple. Hay murmullos, ya tengo quince minutos esperando por el tren, otros tienen más, las caras dicen tanto. Se acumula más gente. A través de los altavoces, una voz femenina muy poco amable recuerda que los usuarios no deben sentarse en las escaleras o en el andén, que deben cumplir ésta y todas las normas, que colaboren. Más murmullos, algunos se levantan, otros no. Pasa el tiempo. Llega un tren en la otra dirección. Movimiento, pasos apresurados. Faltan pedazos en el recubrimiento anti-resbalante del piso, pienso que alguien puede tropezar, ocurre. Llega un tren en la dirección a la que voy. Me coloco a un lado de la puerta que se abre, usuarios apresurados salen y entran, hay algunos empujones. Suena la señal de cierre de puertas me apuro también, pero la puerta no se mueve, la señal vuelve a sonar y esta vez sí hay cierre. Me mantengo de pié porque mi trayecto es sólo de una estación esta vez, busco un paral vertical para sostenerme, los horizontales son altos y los elementos colgantes para sujetarse ya no están. En el piso gris claro se ven grandes manchas de sucio a lo largo del vagón. Hay aire acondicionado, la señora guarda el improvisado abanico de cartón, el tren inicia movimiento con brusquedad, me sostengo con más fuerza, agradezco no tener que hacer un viaje largo. Pueden ser escabrosos los viajes, sin contar cuando hay eventos extremos… fallas de luz, choques, descarrilamientos. Los accidentes ya se incorporaron a la historia del metro, lamentablemente.

Llego a la estación que es mi destino. Hay mucha gente en el andén que se apresura a entrar en cuanto abren las puertas, salgo entre más empujones y más comentarios. El ambiente también está caliente aquí. Ninguna de las escaleras mecánicas a la vista funcionan, una persona se ha sentado en las escaleras fijas y los que quieren pasar protestan. Subo, es constante el flujo de gente pasando en los torniquetes, liberados aquí también, sin cobrar aquí también. Subo más y salgo a la calle, agradezco la brisa fresca de las seis de la mañana.

Pasé 25 minutos en ese espacio subterráneo. 25 minutos de mal servicio en un sistema de transporte que fue ejemplo de eficiencia. La gerencia de la destrucción ha hecho su trabajo.




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