"Vi a mi Comandante. ¡Gracias a Dios que vine!"
Eran cerca de las 8 y 15 p.m. del jueves cuando el grupo comenzó a caminar en la plaza Los Símbolos. El reloj marcaba las 2:46 minutos de la madrugada del viernes cuando, después de ver a Chávez en el ataúd, quedó atrás la Academia Militar
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Un río de gente camino a ver a Chávez (Foto Adolfo Acosta)
MARISOL DECARLI R.
| EL UNIVERSAL
viernes 8 de marzo de 2013 04:09 PM
"Vi a mi Comandante. ¡Lo vi, lo vi! Gracias a Dios que vine", decía Juana, una falconiana que reside en Punto Fijo, mientras corrría a tomar el autobús de regreso a su tierra, de donde había salido ese mismo día en la madrugada.
A la hora en que Juana salió de ver al presidente Hugo Chávez, quien yacía en un féretro en Capilla Ardiente en la Academia Militar, ya la noche había caído sobre Caracas.
Eran cerca de las 8:15 p.m. y el grupo que también iba hacia el salón Simón Bolívar de la Academia con el mismo objetivo que Juana (despedirse del Jefe de Estado), apenas iba por la plaza Los Símbolos, en el Paseo Los Ilustres.
Mariana, una joven de San José, se ufanaba de ser una "fanática del Comandante Presidente". Ataviada con una franela roja donde se leía, tanto al frente como al reverso, "Chávez corazón de Mi Patria", recordaba que él la había tocado con su mano en dos manifestaciones, y desde ese momento ella se sintió bendecida. "Él es mi todo", decía entre lágrimas.
La cola se movía con bastante rapidez pues las personas que entraban al espacio donde se encontraba el ataúd apenas tenían segundos para verlo. Pero también se hacía más larga cada vez que se acercaba un autobús del interior del país y descendían 30, 40 personas para sumarse a la hilera de gente. A ratos se paralizaba porque algunos mandatarios de otros países invitados al funeral de Estado se acercaban a ver al fallecido presidente.
La noche estaba fresca, el cielo estrellado e iluminado. También los inmensos patios de Los Próceres donde regularmente se celebran los desfiles. Mas, en la ruta hacia Chávez había desperdicios botados por la gente, lo que afeaba el entorno.
José, un muchacho de 26 años que lidera una Unidad de Batalla del PSUV de Artigas, contaba que tenía 10 años apoyando al Comandante y que trabajaba por su causa a toda hora. "Me he entregado a esta Revolución", decía mientras le hacía señas con la mano a "mi camarada" para que llevara agua. "Es importante que la gente se hidrate, sobre todo que aquí hay niños y gente mayor". Y recordó que varias personas se habían desmayado desde que el miércoles abrieron la Capilla Ardiente. También recomendó que cuidaran a los niños pues algunos se habían extraviado.
Mercedes, una docente de 42 años que dirige un colegio en el sector Los Semerucos de Valencia, estaba devastada. "No me puedo creer que (Chávez) ya no esté. Alguien tiene que explicarnos qué pasó con él, pues yo pensaba que se iba a mejorar". A ello, Mariana le advertía: "Acuérdate que nuestro Comandante nunca se recuperó del todo".
Entre cuentos y relatos, la cola avanzaba hacia "la casa de los sueños azules". Cuando eran como las 12:30 de la madrugada de este viernes, paralizaron nuevamente las visitas porque había cambio de guardia de honor alrededor al féretro y porque otros invitados y familiares visitaban la capilla ardiente.
Esta vez la espera fue mayor que más temprano. Duró más de media hora.
Entre tanto, recordaban que el jueves al mediodía la gran cantidad de gente había rebasado a los guardias y tumbado las barandas de las rejas y que por ello estaban tomando mayores medidas de prevención.
Una jovencita de 20 años que había venido de la parroquia Candelaria de Caracas confesó que ella no se metía en política y que estaba allí para contarle todo a su mamá, quien no había ido porque no podía caminar mucho pero que era una "fiel seguidora del Comandante".
Entre tanto, una señora pasó colocándole a todos en el pecho unas pegatinas con la figura de Chávez.
Un empleado de Protocolo se acercó a ver si todo estaba bien, si alguien necesitaba algo. "Acuérdense de que allí están los baños (portátiles) si lo requieren".
Más atrás venía un reportero de Venezolana de Televisión y grabó a dos de los que venían en la cola. Luego se quedó unos minutos más conversando y enseñó un pequeño monitor que llevaba en la mano, y donde en una imagen del Aeropuerto de Maiquetía se veía al presidente de Honduras, Porfirio Lobo. "Eso fue hace como una hora. Es el último de los invitados especiales que ha llegado al país", apuntó el periodista de VTV.
Un guardia se acercó y dijo que recordaba a todos que estaba prohibido tomar fotos dentro del área donde se celebraba la Capilla Ardiente.
De lejos se divisaba la figura del presidente peruano, Ollanta Humala, a quien varios periodistas lo alejaron de la Academia Militar para entrevistarlo y quedaron un poco más cerca de la cola.
"No lo puedo creer. Ya casi llegamos", exclamó la joven Mariana, mientras comentaba que luego de ver a Chávez se iría rápido a descansar a su casa en el Norte de Caracas.
El trayecto se hacía pesado. Por fortuna la temperatura era generosa. Hasta que el grupo estuvo de frente a una especie de alcabala, donde chequeaban a cada persona, pedían poner los celulares en modo "vibrador" y de nuevo exigían no tomar fotos adentro.
Ya en el salón, apenas se podía prestar atención de lo que había alrededor. Bastante frío el ambiente. Pocas sillas ocupadas, los cadetes de la Academia montando guardia de honor, y uno de los guardias trajo a una señora en silla de ruedas para que viera al Presidente. Esto permitió que los que seguían en la cola a la señora de la silla de ruedas pudieran ver unos minutos más el cuerpo de Chávez.
La boína apenas sobresalía, paltó verde oliva, charreteras, condecoraciones, la banda, la corbata negra. La piel lisa, la expresión tranquila, los labios gruesos, la tez más oscura de lo usual como si se hubiera asoleado. Era el rostro de quien durante 14 años arropó al país con su omnipresencia.
Mucho llanto, algunos se acercaban con el puño en alto y un gran silencio.
Ya afuera, la brisa nocturna caraqueña era un alivio en el rostro. Algunos aprovecharon para posar ante la cámara de sus celulares, con fotos de Chávez en las manos. Y otra vez a hacer el recorrido de regreso. El reloj marcaba las 2:46 minutos de la madrugada.
A la hora en que Juana salió de ver al presidente Hugo Chávez, quien yacía en un féretro en Capilla Ardiente en la Academia Militar, ya la noche había caído sobre Caracas.
Eran cerca de las 8:15 p.m. y el grupo que también iba hacia el salón Simón Bolívar de la Academia con el mismo objetivo que Juana (despedirse del Jefe de Estado), apenas iba por la plaza Los Símbolos, en el Paseo Los Ilustres.
Mariana, una joven de San José, se ufanaba de ser una "fanática del Comandante Presidente". Ataviada con una franela roja donde se leía, tanto al frente como al reverso, "Chávez corazón de Mi Patria", recordaba que él la había tocado con su mano en dos manifestaciones, y desde ese momento ella se sintió bendecida. "Él es mi todo", decía entre lágrimas.
La cola se movía con bastante rapidez pues las personas que entraban al espacio donde se encontraba el ataúd apenas tenían segundos para verlo. Pero también se hacía más larga cada vez que se acercaba un autobús del interior del país y descendían 30, 40 personas para sumarse a la hilera de gente. A ratos se paralizaba porque algunos mandatarios de otros países invitados al funeral de Estado se acercaban a ver al fallecido presidente.
La noche estaba fresca, el cielo estrellado e iluminado. También los inmensos patios de Los Próceres donde regularmente se celebran los desfiles. Mas, en la ruta hacia Chávez había desperdicios botados por la gente, lo que afeaba el entorno.
José, un muchacho de 26 años que lidera una Unidad de Batalla del PSUV de Artigas, contaba que tenía 10 años apoyando al Comandante y que trabajaba por su causa a toda hora. "Me he entregado a esta Revolución", decía mientras le hacía señas con la mano a "mi camarada" para que llevara agua. "Es importante que la gente se hidrate, sobre todo que aquí hay niños y gente mayor". Y recordó que varias personas se habían desmayado desde que el miércoles abrieron la Capilla Ardiente. También recomendó que cuidaran a los niños pues algunos se habían extraviado.
Mercedes, una docente de 42 años que dirige un colegio en el sector Los Semerucos de Valencia, estaba devastada. "No me puedo creer que (Chávez) ya no esté. Alguien tiene que explicarnos qué pasó con él, pues yo pensaba que se iba a mejorar". A ello, Mariana le advertía: "Acuérdate que nuestro Comandante nunca se recuperó del todo".
Entre cuentos y relatos, la cola avanzaba hacia "la casa de los sueños azules". Cuando eran como las 12:30 de la madrugada de este viernes, paralizaron nuevamente las visitas porque había cambio de guardia de honor alrededor al féretro y porque otros invitados y familiares visitaban la capilla ardiente.
Esta vez la espera fue mayor que más temprano. Duró más de media hora.
Entre tanto, recordaban que el jueves al mediodía la gran cantidad de gente había rebasado a los guardias y tumbado las barandas de las rejas y que por ello estaban tomando mayores medidas de prevención.
Una jovencita de 20 años que había venido de la parroquia Candelaria de Caracas confesó que ella no se metía en política y que estaba allí para contarle todo a su mamá, quien no había ido porque no podía caminar mucho pero que era una "fiel seguidora del Comandante".
Entre tanto, una señora pasó colocándole a todos en el pecho unas pegatinas con la figura de Chávez.
Un empleado de Protocolo se acercó a ver si todo estaba bien, si alguien necesitaba algo. "Acuérdense de que allí están los baños (portátiles) si lo requieren".
Más atrás venía un reportero de Venezolana de Televisión y grabó a dos de los que venían en la cola. Luego se quedó unos minutos más conversando y enseñó un pequeño monitor que llevaba en la mano, y donde en una imagen del Aeropuerto de Maiquetía se veía al presidente de Honduras, Porfirio Lobo. "Eso fue hace como una hora. Es el último de los invitados especiales que ha llegado al país", apuntó el periodista de VTV.
Un guardia se acercó y dijo que recordaba a todos que estaba prohibido tomar fotos dentro del área donde se celebraba la Capilla Ardiente.
De lejos se divisaba la figura del presidente peruano, Ollanta Humala, a quien varios periodistas lo alejaron de la Academia Militar para entrevistarlo y quedaron un poco más cerca de la cola.
"No lo puedo creer. Ya casi llegamos", exclamó la joven Mariana, mientras comentaba que luego de ver a Chávez se iría rápido a descansar a su casa en el Norte de Caracas.
El trayecto se hacía pesado. Por fortuna la temperatura era generosa. Hasta que el grupo estuvo de frente a una especie de alcabala, donde chequeaban a cada persona, pedían poner los celulares en modo "vibrador" y de nuevo exigían no tomar fotos adentro.
Ya en el salón, apenas se podía prestar atención de lo que había alrededor. Bastante frío el ambiente. Pocas sillas ocupadas, los cadetes de la Academia montando guardia de honor, y uno de los guardias trajo a una señora en silla de ruedas para que viera al Presidente. Esto permitió que los que seguían en la cola a la señora de la silla de ruedas pudieran ver unos minutos más el cuerpo de Chávez.
La boína apenas sobresalía, paltó verde oliva, charreteras, condecoraciones, la banda, la corbata negra. La piel lisa, la expresión tranquila, los labios gruesos, la tez más oscura de lo usual como si se hubiera asoleado. Era el rostro de quien durante 14 años arropó al país con su omnipresencia.
Mucho llanto, algunos se acercaban con el puño en alto y un gran silencio.
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