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Un símbolo de reconciliación que hoy está en el abandono

La plaza La Concordia se edificó sobre la cárcel de La Rotunda

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Pocas plazas tienen tantos materos como la plaza Concordia, pero los mismos con poco cuidados EDUSAÚ OLIVARES
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JAVIER BRASSESCO |  EL UNIVERSAL
lunes 6 de agosto de 2012  12:00 AM

En un gesto de reconciliación y de superación del pasado, Eleazar López Contreras sustituyó el más temido símbolo de la dictadura gomecista por un espacio de recreación: fue así como en el centro de Caracas la cárcel La Rotunda cedió su lugar a la plaza La Concordia.

Esta plaza, a pesar de su importancia simbólica y de su potencial paisajístico (con grandes y vistosos materos octogonales en todo su espacio), está abandonada a su suerte, con su fuente seca desde hace años, deteriorada y sucia, y sirve de lugar de pernocta a innumerables indigentes a pesar de que un viejo cartel de la Misión Negra Hipólita proclama que se trata de un lugar "recuperado".

Laura Borges, quien forma parte del Comité de Rescate de la parroquia Santa Teresa, lamenta que desde los tiempos de la gobernación de Diego Arria (principios de la década del 70), esta plaza no haya recibido la atención de ninguna autoridad, aparte de una pequeña intervención al principio del gobierno de Freddy Bernal en 2001: "Intervinieron la plaza O'Leary y la Diego Ibarra, pero nadie se acuerda de La Concordia".

Y piensa que más allá de sus jardineras, tan extensas como descuidadas, o de los pintores que tradicionalmente se reúnen aquí desde tiempos inmemoriales, lo que hace especial esta plaza es precisamente su historia, pues fue la primera vez que en Caracas se demolió una cárcel para construir un espacio de recreación.

De la vieja cárcel apenas queda rastro. En la década del setenta sus sótanos fueron reacondicionados para construir un estacionamiento de tres niveles que terminó de borrar los últimos vestigios de La Rotunda. Y aunque entre los vecinos se dice que todavía se pueden encontrar en las paredes del estacionamiento aros de acero donde se fijaban los grilletes, lo cierto es que en esos sótanos el único recuerdo de la prisión son unas escaleras enrejadas.

Javier Albarrán, pintor que tiene 7 años trabajando aquí, cuenta que de vez en cuando vienen cuadrillas a podar la grama de los materos, pero que aparte de eso el lugar recibe poca atención. Pero no le parece extraño: al fin y al cabo es natural que una ciudad que se hizo hostil le haya vuelto la espalda a un lugar que quiso ser símbolo de reconciliación.

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