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JAPÓN CERCANO
Por NELSON IZQUIERDO MORENO


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Una ética para la paz

29.01.2012
10:38 AM


Que el Japón ha sido históricamente una nación guerrera, a nadie le resultará extraño. La literatura, el cine, la TV, las famosas artes marciales japonesas y hasta el imaginario popular nos hablan sobre historias y leyendas de las guerras medievales en esta nación. Nos lo dicen también sus míticos caballeros Samurai, con sus dagas e inconfundibles espadas Katana: los enigmáticos guerreros Ninja, junto a espías y soldados al servicio de los señores feudales. Maestros estos en el arte de la guerra, que libraban batallas por la conquista y dominación de los territorios del archipiélago. Siglos de inestabilidad y violencia, de enfrentamientos fraticidas y de conflictos internos entre clanes y ejércitos. Por cierto, no muy diferentes a los conflictos que en épocas históricas similares ocurrieron en Europa y en otros lugares de Occidente, antes de que se alejara la barbarie y los primeros vestigios de civilización comenzaran a vislumbrarse para la humanidad.

Amén del ímpetu nacionalista que le llevó a varios pulsos con países vecinos, como Rusia y China, a fines del siglo XIX, la historia contemporánea también da cuenta del rol del país nipón en la gran conflagración mundial del siglo XX. Una costosa aventura guerrerista, de agresión y colonización, que terminó metiendo al Japón en la historia como la primera y única nación en padecer el horror de una bomba atómica. Un episodio histórico que marcó profundamente el espíritu de este pueblo y le colocó en un nuevo camino de paz dentro del concierto de las naciones. En cada aniversario de aquellos fatídicos días de Agosto de 1945, los alcaldes de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki hacen sendos llamados a la paz mundial. Igualmente apelan constantemente a los organismos internacionales y a los gobiernos de las naciones más poderosas del mundo en procura de la reducción y eliminación de las armas nucleares. Los parques conmemorativos a la paz en cada una de estas ciudades se encuentran muy cercanos al epicentro de las explosiones que mataron a decenas de miles de seres humanos en un instante. Son monumentos para la reflexión de todos los ciudadanos del planeta. Sus museos recogen las imágenes, testimonios y vestigios de esos eventos y sirven para mantener la memoria colectiva de la humanidad acerca de la inmensa futilidad de la guerra y la violencia. Lugares que merecen ser visitados al menos una vez en la vida y sobre los que debería hablárseles y enseñárseles a cada niño en edad escolar alrededor del mundo. Que el Japón ha desarrollado desde aquellos años y con mucho éxito una cultura para la paz, tampoco debería sorprenderle a nadie. Que la educación ha jugado un papel preponderante, es también algo seguramente conocido por muchos.

En 1995, año de la conmemoración de los 50 años de la bomba atómica en Hiroshima y del fin de la guerra, el Colegio Japonés de Caracas me invitó a participar en una charla con estudiantes y profesores acerca del tema de la educación para la paz. Los profesores japoneses tenían un legítimo interés en conocer la opinión e impresiones de un venezolano que, habiendo vivido y estudiado en Japón, pudiera ofrecer alguna visión sobre el tema y sacar lecciones útiles para estudiantes y educadores. Fue una jornada para la reflexión y una conversación muy interesante que me dejó mucho que aprender también. Durante el encuentro, conversamos acerca de las diferencias y semejanzas entre el pasado histórico de nuestras naciones, la venezolana y la japonesa. Yo advertí, no sin poco orgullo, que el venezolano era un pueblo pacífico y que nuestra historia - salvo por la de la independencia - estaba exenta de guerras, en especial con nuestros vecinos. A decir verdad, no debí haber olvidado los años de la barbarie venezolana que representó la segunda mitad del siglo XIX con sus guerras civiles. Lo que más les interesaba a los profesores era sacar conclusiones acerca de lo que pudiéramos enseñarles, nosotros los venezolanos a ellos los japoneses, en cuanto a nuestra forma de ser. Qué ideas pudieran servir para ayudarles a educar a sus niños en el respeto a los demás, la tolerancia y la paz. Se trataba de encontrar elementos en la conducta pacífica del venezolano que pudieran enriquecer el aprendizaje del educando japonés. Hablamos entonces sobre la alegría del venezolano, su generosidad, solidaridad y su carácter bondadoso. Hablamos de la realidad venezolana como pueblo mestizo, sin sentimientos racistas, sin odios, sin radicalismos, abierto a otras culturas y nacionalidades, que había vivido con respeto y tolerancia hacia aquellos que llegaron con la migración desde diversas latitudes. La pregunta recurrente entre los asistentes era algo así como: Díganos, ¿Cómo es qué los venezolanos han llegado a ser así? ¿Cómo han logrado ser tan pacíficos y han evitado caer en la desgracia de la guerra a lo largo de los años?

Años más tarde, y ya entrado el siglo XXI, mi segunda estancia en Japón, me ha permitido observar nuevamente de cerca la importancia que Japón le otorga a la educación para la paz. Sin embargo, ¿qué elementos forman parte fundamental de la educación para la paz en este país? ¿Cómo esta es capaz de moldear el carácter de su pueblo y conducirle a abrazar la tolerancia y la no violencia como conducta de vida, tanto en lo individual como lo colectivo? ¿Qué valores sostienen esa disposición a la convivencia, tanto interna como externa? Voy a atreverme a proponer una teoría. Sostengo que la educación japonesa se fundamenta en la idea de preparar al niño para "reconocer cuáles son sus límites para actuar", en el "valor del respeto a los demás" y en aprender "a conducirse según las normas". En pocas palabras, consiste en hacer comprender cabalmente la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal para la vida en sociedad. Una educación basada en el aprendizaje de una manera de actuar, de una conducta ética. Pero no de una ética cualquiera, sino de una ética de no violencia, una ética para la paz. A la luz de la óptica occidental, los japoneses muestran un carácter que los hace verse como seres tímidos, reservados, pasivos, nada agresivos. En efecto, el japonés promedio siempre procurará respetar a los demás, acudirá a sus citas a tiempo, estableciendo y cumpliendo con las normas, conduciéndose dentro de los límites de lo que se considera aceptable en el trato con los demás y poniéndose límites o siguiendo un marco de referencia para casi todo en la vida. Los japoneses aprenden a vivir siguiendo estándares, acatando instrucciones, procurando el orden, obedeciendo la ley. Establecen regulaciones y aceptan vivir según las reglas que les permiten alcanzar una mejor convivencia. Límites que reducen la posibilidad del abuso, del irrespeto, de la ofensa y hasta de la violencia. La educación les enseña a saber cuando actuar y cuando abstenerse de hacerlo, a ser pacientes, tolerantes y a poner siempre el respeto por los demás en primer lugar.

Venezuela sigue siendo un país sin guerras. No obstante, los años recientes en la vida de la nación venezolana - con toda la violencia doméstica desatada - nos obliga a restablecer una cultura de paz que erradique la violencia. Nuestros líderes tienen el deber de dar el ejemplo. A los padres corresponde cumplir un papel fundamental en el hogar y a los maestros en la escuela para crear una educación venezolana para la paz. No se trata ni siquiera de enseñar a amar al prójimo, sino de enseñar a respetar al prójimo. De educar a nuestros niños en un profundo respeto por el otro y en el reconocimiento del otro. Nos hace falta rescatar el espíritu pacífico que los educadores japoneses reconocían en nuestro pueblo hace apenas algunos años. Aprendamos de los japoneses quienes aprendiendo de sus errores históricos renunciaron a la violencia e impulsaron una ética para la paz. Necesitamos desarrollar una ética propia, una ética venezolana para la tolerancia, una ética venezolana de la no violencia. Y con ella educar a las nuevas generaciones, rescatando una cultura de paz también para la sociedad venezolana.

izquierdomoreno@gmail.com
twitter: @nizquiermo





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Comentarios (3)

Por Nelson Izquierdo Moreno
11.02.2012
8:31 AM

Estimada Carolina: Muchas gracias por sus comentarios y por ser tan consecuente con este blog. Efectivamente usted tiene razón, conociendo la naturaleza humana siempre existe el riesgo de los radicalismos, de los extremos, en cualquier sociedad. La japonesa no sería la excepción. Sin embargo, la realidad ha demostrado que esas manifestaciones son escasas o aisladas en este país. La juventud cuenta con opciones, con recursos para dejar escapar su inconformidad y sin duda existen también los renuentes. No obstante, esta sociedad en su inmensa mayoría se mueve en el marco de los valores compartidos, de las normas aceptadas, de sus instituciones y tradiciones y sobre todo dentro de los propios límites y diques que se han dado por medio de la educación. Gracias de nuevo por su aporte a este interesante tema.

Por Carolina Martínez
03.02.2012
1:23 PM

puede incluso ser un poco peligroso, porque hace pensar en qué sucede con los "inconformes" y los renuentes que hay en toda sociedad; estos pueden convertirse en una bomba de tiempo, como ha ocurrido en los países europeos, donde existen grupos minoritarios que condensan, de una manera muy radical, estas inconformidades.

Por Carolina Martínez
03.02.2012
1:03 PM

Saludos, interesante su reflexión sobre la guerra y las diferencias entre ambos países. Viendo nuestra historia, creo que en el caso de Venezuela, al igual que muchos países de Latinoamérica y a diferencia de Europa y Japón, se han librado guerras, pero más "internas" que "externas", esto es, no atacamos al vecino, pero nos matamos entre nosotros mismos... La violencia y la guerra, tristemente, forma parte de la naturaleza de las sociedades humanas, y esto hace pensar sobre cómo han controlado los japoneses ese problema a través del tiempo. Si bien la educación para la paz es fundamental y la experiencia atómica es una marca imborrable, sería interesante saber si se han creado otros elementos de "escape" a esa violencia natural, principalmente entre los más jóvenes que no vivieron la guerra. Una sociedad como la aquí descrita, donde todos respetan a todos, siempre hay paz y se hace lo políticamente correcto,

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Nelson Izquierdo Moreno

Nelson Izquierdo

Ciudadano del mundo. Ingeniero y experto en generación de energía. Profesional venezolano de amplia trayectoria gerencial, actualmente ejerciendo un rol ejecutivo en Japón. Comenta y reflexiona sobre las prácticas de negocios de ese mercado y las experiencias de un gerente venezolano en esa nación. Intenta mostrar el rostro humano del país, sus curiosidades y contradicciones, sus costumbres, contrastes y maravillas, desde un ángulo íntimo y personal. Comparte vivencias y conversaciones con gente común, ofrece ideas para conocer, debatir y contrastar nuestras realidades, tan lejanas pero también muy cercanas.




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