CARACAS, miércoles 09 de enero, 2013 | Actualizado hace
09.01.2013
10:20 PM
Los acontecimientos van a un ritmo vertiginoso. Las emociones están a flor de piel. Las mentiras, las burlas, los abusos, están muy recientes, lo mismo que la sumisión, la resignación y el acomodo. El coctel, para buena parte de los venezolanos, que creyó que toda esta historia llegaba a su fin el día en que depositó su voto en las urnas, resulta explosivo; y como tal aspira a que se resuelva esta situación bochornosa en la que nos encontramos.
Pero nada de esto que nos ocurre hoy -aunque suene irónico- comenzó de golpe. Han sido años de esfuerzo sostenido para revertir la institucionalidad, que hace unas horas vio su obra culminada con un dictamen al estilo Dadá que convierte en indefinida una ausencia, que según sus promotores, no existe.
Desde la "supraconstitucionalidad" declarada en los albores de 1999 han sido muchos los puentes caídos, el agua que jamás llegó, los alimentos vencidos, el dinero despilfarrado y los apagones constantes que convirtieron a un país en oscuridad estacionaria en la que solo las interpretaciones, los carómetros y los rumores indican el ritmo de la vida económica, política, social y militar, y explican la más sólida razón del porqué de la "continuidad".
El secuestro milimétricamente planificado de los poderes públicos que permite el libre juego de la mediocridad; sumado a las bravuconadas de aquellos que resolvieron que era mejor no votar, genera este ídolo de pies de barro que finalmente llegó –como diría un buen amigo- a la Hora de la Verdad.
Desde siempre la línea ha estado marcada. Lo que ocurre por estos días nada tiene de diferente a lo que sucedió durante la madrugada del cuatro de febrero de 1992, ni del desconocimiento abierto a la voluntad popular expresada el dos de diciembre de 2007. En cada caso, con sus particularidades, siempre ha habido cómplices, siempre ha habido venezolanos que creyeron que "de esa" no pasarían, siempre ha habido intelectuales seguros de que no es posible calificar como golpista al que violenta la Constitución, sea fusil en mano o sea preñado de buenas intenciones, solidaridad, e incluso, por causas sobrevenidas.
Lo cierto es que vivimos esta hora en la que la anarquía está a un paso de instalarse por completo en nuestras vidas, sin ningún tipo de esperanza salvífica.
Los llamados radicales, de lado y lado, esperan el resbalón para activar los mecanismos conocidos o no de dominación y sumisión. Los prudentes, aguardan por el mejor momento para actuar cuando la Divina Providencia envíe la señal. Los sensatos, aceptan que la política es dinámica y que no necesariamente se trata de una mano trancada.
No fue esta mañana cuando se violó la Constitución Nacional –esa que muchos de nosotros no aprobamos el 15 de diciembre de 1999-; tampoco fue el nueve de enero de 2013 cuando se bordó una estructura judicial, o parlamentaria, o electoral, o fiscal, o contralora, a la medida de una parcialidad. En consecuencia no se puede pedir que en un santiamén se enfrente la barbarie con dosis de incivilidad como la que el "hombre nuevo" ostenta.
El camino escogido, por la comodidad, por el egoísmo, por la soberbia, por la mediocridad, por la doble moral, por la apatía... fue este.
Cambiar de rumbo implica decidirlo. ¿Cómo lo hacemos?
Algunos creen válido reeditar los pasos de años anteriores. Otros apelan a números –artículos- de la Constitución. Otros de más allá creen posible la intermediación internacional; y los más osados redactan comunicados para que los supuestos institucionales actúen, en desapego a los privilegios que un Gobierno de su cohorte les ha garantizado. Respeto para todos, pero valga recordar a Einstein con aquello de que no es posible obtener resultados distintos si se aplica la misma fórmula.
Este miércoles Henrique Capriles Radonski, solo, flanqueado por un puñado de periodistas que increpaban su postura, y la legitimidad autoimpuesta de una fuerza electoral que depositó en el concepto de Unidad Nacional y democrática que él representaba, señaló que el plano jurídico había agotado el debate, y que llegó el momento de hacer frente a la realidad. Cambió el cassette; dejó a los otros peleando con su sombra y centró el discurso en la política.
Por primera vez, sin decirlo, Capriles asumió una postura ideológica y evidenció, como quien descorre las cortinas, a unos personajes engreídos que llevan meses hablando de ejercicio pleno de funciones cuando a la vista está que no se ejerce más que para mentir.
"No hay excusas", dijo. Algunos lo entendieron como un cuadre con la violación sin disimulo que se perpetra desde el Poder Político; pero el objetivo es otro; es decirles, la pelota está de su lado y el carisma que tapareaba la ineficiencia y su mediocridad ya no está para hacer maromas y contar chistecitos malos.
Tomó Capriles la Constitución y no la blandió para señalar un artículo. Sabe que ese librito manoseado tiene 350 razones para cumplir con el país. Habló del derecho a la vida, a la vivienda y al empleo; y emplazó a los encargados a juro a asumir este barranco de ausencias, tropelías, desmanes, vagabunderías e ilegalidades.
Capriles, evidentemente, lanzó su nueva candidatura. La aparente distancia con la vocería de la MUD, la disipó al reconocer el liderazgo de cada uno de los diputados a la Asamblea Nacional y al advertir que para cada escenario la Unidad tendrá una respuesta. Muchos esperamos que ese apartado, que tantas críticas trajo en el pasado reciente se revise, para que los conceptos emitidos se complementen. Ha sido un paso luego de mucho tiempo detenido.
Aún está muy reciente la patada que le propinaron a la lámpara. Aún queda pendiente el baño de pueblo que debe decir presente según se pase la lista. Aún falta mucho; incluyendo lo indefinido de una espera que puede terminar por causa sobrevenida.
Lo jurídico y sus aberraciones siguen su curso. Pero ahora entra en juego la política a ras de piso, en la calle. Veremos si la herencia y los siempre incómodos trámites de la declaración sucesoral le dan la razón a los cabeza caliente, o a los que prefirieron el movimiento táctico, con cabeza fría.
@incisos
Un ciudadano más. Convencido de la necesidad de una visión plural de la vida. Fiel creyente de que nos sobra talento para enfrentar los retos. Enemigo de las camisas de fuerza. Dueño de mis ideas solo hasta que son públicas. Partícipe de las ajenas, cuando redundan en auténtico, y no sesgado, bienestar colectivo. Aquí algunas ideas, algunos Incisos, que intentan mostrar una -de tantas- visiones. Autor del libro "Primarias, un ejercicio ciudadano".
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