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DIÁSPORA
Por JULIO T. CABELLO


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Del otro lado del mar

20.07.2012
12:57 PM


Hace 9 años que vivo en una zona cuya cercana costa está dispuesta de forma tal que sus peatones, al pararse frente el mar, miran al sur. Siempre lo tengo presentes porque al enseñar los puntos cardinales a mis hijos les cuento que si siguieran infinitamente recto por la avenida 27, que es una vía federal, hacia el norte, llegarían a Massachusetts. Si tomaran la autopista hacia el Este llegarían al Océano Atlántico, si van por la US1 en dirección Oeste se encontrarían con os cocodrilos de los pantanos de los Everglades, y si tomaran un barco en el mar que vemos, y navegaran hacia el Sur, llegarían a Venezuela.

Cada vez que me lo escucho decir -me ha pasado varias veces- yo mismo me sorprendo. Aunque mi intención es práctica y didáctica, la oración, por mucho que la reordene, no puede de dejar de sonarme involuntariamente melancólica. Mi referencia está después de cruzar el mar, más allá de la cuenca del Caribe. Y en barco, para más.

Y no es que me quede pegado. Siempre tengo presente que mi esposa, hija de inmigrantes, creció con la idea de que su padre quería regresar a su país, porque cada vez que me lo cuneta tengo la sensación (capaz que no fue así) de que ése era un sentimiento que la perturbaba -la posibilidad perenne de que su hogar en realidad fuera transitorio.

Pero tengo la sensación de que es inevitable. Mis herederos (ahora los dos), de cuando en cuando comentan de "cuando vivan en Venezuela", o sobre cómo "prefieren" Venezuela, aunque la hayan visitado sólo para vacacionar (o precisamente por eso). Aunque, claro está, esa querencia, por lo maleables que son lo niños, no interfiere con lo arraigados que se sienten en el mundo que les rodea en Miami, o con los deseos que sienten de vivir en Nueva York, que conocieron a principios de este año.

Desear es gratis y a los niños se les da.

Lo malo es que a los 40 soñar ya no es gratis. Uno quiere ilusionarse con cosas factibles.

Recuerdo que en el puerto de Galicia, que tiene una caminería preciosa con muchos barcos pintados y antiguos que funcionan de museo, caminaba en el 2006 con un viejito al que entrevistábamos para un documental de Ernesto Pérez, Hacedores de Nostalgias, que trataba de hacer el mapa de Venezuela en el imaginario de señores y señoras que vivían en Portugal, España e Italia, luego de haber estado 40 y hasta 50 años en Venezuela.

De aquí salí yo, me decía, llorando, no tanto por la nostalgia, sino por la certeza de que regresar a España, a sus ochenta años, difícilmente le permitiría hacer un tercer viaje, de vuelta a Venezuela, donde, después de todo, ahora era que quería estar.

Pero mira que el mar de Galicia es brumoso y grisáceo, y quien nace en allí está marcado por la melancolía.

Nosotros los caraqueños tenemos una relación muy especial con el mar, es un sueño alegre y factible, frecuente y refrescante, relacionado con el afecto, la amistad, la rumba y la naturaleza.

En Miami en cambio la relación con el mar es distinta. Este pueblo nació más relacionado con los pantanos que con su actividad de puerto, y hoy en día su brutal aprovechamiento del mar es más un asunto turístico que cultural: no es precisamente ésta una ciudad de pescadores.

Así que, cuando me paro frente al mar cerca de la casa, veo al Sur, y me imagino navegando hacia Venezuela, en realidad en mi frente tengo windsurfistas, barcos veleros y yates que le dan diversión a esa nostalgia.

Una alegre nostalgia. Sobre todo ahora que es verano, y los días en que no caen torrenciales y tenebrosos aguaceros, hace esplendorosos cielos azules, brillantes e infinitos.



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Julio T. Cabello

juliotupaccabello@gmail.com

Pocos sentidos reales tiene la vida. Debe ser por eso que nos esmeramos en contarla, a ver si los multiplicamos. Estar fuera de Venezuela hace más complicado contarse: si ya las piezas estaban incompletas, estando afuera el rompecabezas luce aún más difícil de ordenar (aunque quien quita: de lejos siempre se enfría la cabeza). Me propongo contar un cuento difícil desde un posición difícil, desde la diáspora. A fin de cuentas... a quién le importan los relatos fáciles.




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