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DIÁSPORA
Por JULIO T. CABELLO


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Sabores

18.05.2012
11:07 AM


Más que una reacción química que comienza en el paladar y termina en el cerebro, con el paso de los años los sabores terminan siendo experiencias que uno asocia y requiere para cierto tipo de momentos, como si ciertas ansiedades, celebraciones, nostalgias, euforias o sentimientos tuvieran siempre una imagen gustativa que les acompañara.
Hoy, que es una tarde de despedidas, por ejemplo, como tantas otras en que he estado, no me viene a la cabeza sino un tercio congelado de Polar de esos que uno apaciblemente podía tomar una tarde tempranera en El León, apreciando los pedazos de El Avila que los edificios de La Castellana han dejado a salvo.
Anoche que trabajé la madrugada era el caso en cambio de un café ni tan suave ni tan fuerte, con el aroma preciso que daba Fama de América, el grano que siempre se disfrutó en casa.
Hay domingos en la tarde, de películas de televisión, que tienen sabor más bien a té Lipton con una gota de leche evaporada. Y momentos de angustia, de incertidumbre, que llaman más bien al poderoso humo de los diminutos Belmont.
Muchos mediodías de fin de semana nos piden, para sentirse a gusto en casa, de un sancocho de osobuco o de pollo, con verduras y un invasivo aroma a cilantro que debe conquistar la olla, la sala y el apetito de todo el que esté alrededor.
Siempre que hay algo que celebrar me asalta una imagen de manera recurrente, el sonido de las lajas de punta trasera quemándose en las piedras calientes que en los patios del Maute Grill uno puede comer hasta la saciedad.
Nunca he sido de desayunos, pero parte de la felicidad tiene que ver con poder comer arepas tostadas y cachitos cuya cobertura sea esa exquisita masa que se deshace y se mezcla con el jamón cuando uno la come.
Siempre que cumplo años recuerdo la doméstica (ahora llamada) Condesa de Chocolate que nos hacía mi abuela, mojando las galletas María en un agua con vino tinto antes de ponerla entre las capas de cacao.
Para empezar el año, las lentejas metidas en la boca por algún jefe de familia que te desee prosperidad. Para brindar champaña dulce, para la tristeza un cricrí y para el fastidio, chocomenta.
Hay tardes que en el trabajo guardo un deseo solitario e inexpresado: comerme un dulce de tamarindo, esa pasta que venía cubierta en un papel transparente con las semillas adentro (como si fueran una prueba de que aquello era tamarindo de verdad) y que realmente nunca supe con qué estaba hecha.
Tenemos una amiga que sabe hacer una muy buena guasacaca, pero es un premio preciado, que planificamos con parrilla para algunos viernes en los que tengamos muchas ganas de festejar. Y mis hijos han aprendido, igualmente administrados, que si se portan demasiado bien, su mamá puede hacerles un pasticho. No una lasanga de carne, sino un pasticho con petit pois, pedacitos de jamón y esa cara infantil que la lasanga toma cuando ha sido versionada por la gastronomía venezolana.



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Julio T. Cabello

juliotupaccabello@gmail.com

Pocos sentidos reales tiene la vida. Debe ser por eso que nos esmeramos en contarla, a ver si los multiplicamos. Estar fuera de Venezuela hace más complicado contarse: si ya las piezas estaban incompletas, estando afuera el rompecabezas luce aún más difícil de ordenar (aunque quien quita: de lejos siempre se enfría la cabeza). Me propongo contar un cuento difícil desde un posición difícil, desde la diáspora. A fin de cuentas... a quién le importan los relatos fáciles.




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