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DIÁSPORA
Por JULIO T. CABELLO


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Lo que queda

10.02.2012
06:03 PM


Es un proceso irreversible. Pareciera que no hay manera de emerger con objetivos claros, conociéndose y confiando en las capacidades propias sin adentrarse en una crisis profunda que nos muestre y haga experimentar el infierno. Lo cuestionemos todos, y volvamos a salir a la luz con modestia pero con la convicción de que lo que somos vale la pena.

Qué somos, para qué servimos, cómo debemos hacer las cosas y si nuestra existencia es pertinente en el planeta, es un cuestionario que empezamos a hacernos desde hace mucho, quizás desde la década de los 80, cuando la realidad daba síntomas de que la democracia como sistema no era suficiente para suplir nuestras carencias de identidad, nuestros complejos, nuestros falsas creencias, las ausencias de propósito.

La democracia era y sigue siendo el único método con el que todos podemos existir con autonomía, respetarnos y prosperar como nación. Pero no por democráticos tendremos demasiadas garantías. Falta mucho además de eso. La democracia no es una formula mágica. Necesita de la comprensión en los ciudadanos de la importancia que tienen valores como la libertad ciudadana, económica y política, los poderes del individuo, la autonomía de las instituciones, la ley, la tolerancia, la paz y la honestidad.

Valores todos muy abstractos pero necesarísimos en el inconsciente colectivo de un pueblo que quiere inventarse permitiéndose las capacidades del ser humano y a la vez evitando totalitarismos, regímenes represivos, permitiendo la expresión de los menos poderosos y hacienda valer el derecho de cada uno de nosotros.

Es en ese marco donde podemos, debemos y venimos concientizando que nos es posible ser como somos, siempre y cuando esa manera de ser nos permita respetarnos individual y colectivamente.

Si el nuestro es un pueblo afectivo, al que le gusta que todos valgan por igual, que piensa que la vida hay que vivirla creativamente, que le da importancia al placer, al baile y a la fiesta, y le gusta reconocerse en los demás: por qué no podemos ser eso en el marco democrático que nos permite divergir?

No tenemos que ser anglosajones, ni valorar el trabajo como primera instancia, ni ser desprendidos de la familia, ni ser socialistas, ni ser igualitarios, ni mesiánicos. Podemos ser esforzados, rendir tributo al que más dé por los demás (como lo representan nuestras raíces católicas), y así ser un pueblo auténtico, productivo, que se autoabastece tanto como puede, se siente orgulloso por su naturaleza, el conocimiento que utilice y desarrolla y su manera de ser. Por decir un ejemplo.

No tenemos por qué ser como lo dicte un líder, ni como lo dictan otras culturas. Podemos ser una Venezuela honesta, [para estar bien con nosotros mismos, a la que le dé gusto mirarse al espejo por ser trabajadora, solidaria y soñadora, sin necesidad de querer impartir hitos históricos, imitar a Cuba ni a Estados Unidos.

Podemos tomar las referencias ajenas, en un mundo cada vez más globalizado, a nuestra conveniencia, haciendo práctico lo que nos sirve sin tener el complejo de ser distintos ni aislados.

Esa es la Venezuela que comenzó a gestarse hace 30 años y hoy vemos florecer acelerada por la desesperación que produce la amenaza asfixiante de un régimen militar, autocrático y retrógrado produce.

No hay vuelta atrás. A la historia y su evolución no se le detiene con propaganda ni con mucha bulla. Stalingrado volvió a ser San Petersburgo y no porque hayan tumbado la estatua de Colón no salieron del Puerto de Palos La Niña, La Pinta y la Santamaría un día a toparse con las costas de América.

Más allá de los resultados electorales, nadie podrá silenciar a esa Venezuela gigante que hoy no tiene el poder pero que hace tanto reflexiona, se ve en el espejo y hace más sólidas sus convicciones ante la locura de la realidad que enfrenta.

Y si no que lo diga la sociedad chilena que estaba agazapada detrás de la corteza militar de Pinochet. La increíblemente emprendedora sociedad colombiana que no encontraba espacio en la foto ante tanto bombardeo de las FARC. La visionaria sociedad española de la que sólo se sabía a través de los golpes que le agrietaron en la guerra civil.

Lo que queda es apenas el inicio. El futuro. Nosotros renovados. Curados de las mentiras. De las ajenas y de las propias. De las aprovechadoras y de las ingenuas. Contentos de quienes somos y de nuestras potencialidades, invencibles si creemos en ello y trabajamos respetando las reglas y con buena fe.





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Julio T. Cabello

juliotupaccabello@gmail.com

Pocos sentidos reales tiene la vida. Debe ser por eso que nos esmeramos en contarla, a ver si los multiplicamos. Estar fuera de Venezuela hace más complicado contarse: si ya las piezas estaban incompletas, estando afuera el rompecabezas luce aún más difícil de ordenar (aunque quien quita: de lejos siempre se enfría la cabeza). Me propongo contar un cuento difícil desde un posición difícil, desde la diáspora. A fin de cuentas... a quién le importan los relatos fáciles.