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DIÁSPORA
Por JULIO T. CABELLO


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La oportunidad

07.02.2012
01:04 AM


La primera vez que leí y creí entender lo que era la pérdida fue en una carta que Gustavo Ott escribió hará hace unos 20 años, apropósito de la muerte de Carlos Giménez, el más grande gerente teatral que ha tenido Venezuela, y gracias al cual en nuestro país se formó una generación de teatreros que aún hoy nutren la élite artística venezolana.

En ella, Gustavo se quejaba de todo lo que no había hecho mientras Giménez vivía: decirle cuánto lo quería, cuán en desacuerdo estaban en muchas de las políticas teatrales de la época, comentarle ciertos libros clásicos de los que nunca habían hablado. A diferencia del desamor o del abandono, la de la muerte era una pérdida irremediable.

La queja estaba relacionada con un sentimiento irreversible, la ineluctable certeza de que, una vez ido Giménez, ya no habría posibilidad de compartir con él nada.

Como si fuera poco, Cabrujas, vivo entonces, y rival furibundo en las tablas de todo lo que se relacionaba con el Grupo Rajatabla, escribía también, acongojado, "no estamos como para que se nos muera nadie".

Siempre recuerdo esas palabras cuando noto una oportunidad perdida. Cuando Venezuela vive un día difícil o unas semanas donde se necesita mucha resistencia y yo me hallo fuera, sin mayores posibilidades de reacción y me pregunto qué podré hacer para ayudar a mi país, y, muy al contrario de lo que la conseja cree, uno desea estar allá en el momento más duro, como quien acompaña a su familia ante el dolor, y no fuera, evitando el transe de lo que le importa.

Ciertamente el tiempo pasa y uno se va quedando sin haber hecho lo que pudo haber hecho si hubiese estado adentro. Aunque fuese apenas un grito más, una queja más, un número más.

Las oportunidades se van. Y la vida no las repone. Y eso es absoluto cuando se trata de la muerte.

Lo bueno que podemos preservar mientras estamos vivos es que la v ida a veces nos da nuevas oportunidades. Inesperadas o luchadas, imprevistas o muchas veces pedidas, repentinas o dilatadas.

Las oportunidades no se repiten, son como el tiempo, como el ensayo de la vida, en el que siempre podemos errar, pero sobre el cual nunca podemos enmendar realmente, puesto que lo hecho no puede rehacerse, puede hacerse mejor de nuevo, si podemos, pero nunca de cero.

Y eso es lo que estamos haciendo permanentemente. Tratando, a veces en vano, a veces con tino, de superar las oportunidades anteriores para actuar de manera mejor, esquivando los errores, si os detectamos, y tratando de ejecutar los aprendizajes, si los tuvimos.

Pero la vida no siempre nos da nuevas oportunidades.

Sin embargo, los venezolanos tenemos la fortuna, el mérito, la dicha, la gracia, de enmendar el rumbo que por tanto hemos ciegamente desacertado.

Es un esfuerzo que la sociedad toda ha hecho como producto de una voluntad enorme de entender lo que a nuestro alrededor pasa y mirarlo con tantas lentes como hagan falta para dar con un nuevo destino.

Y después de muchos años y de muchos precios altos pagados, un nobilísimo e inimaginable acuerdo común, que comienza por millones de peatones y termina en representaciones de 17 partidos políticos y 5 candidatos, concretan este domingo todo un sincronizado y multitudinario esfuerzo nacional en el que, después de 13 años de penuria, encontramos una forma de articular un proyecto inclusivo, de prosperidad, justicia social, armonía, ley, libertades y convivencia democrática.

Todos los que un día nacimos en Venezuela o luego de vivir carios años en ella decidieron tener un pasaporte, tenemos la oportunidad, vaya rareza, de actuar, ser testigos, partes, arte y factor, de lo que Venezuela puede ser en el futuro si nos incorporamos masivamente este domingo, al comienzo de una carrera definitiva que culmina el 7 de octubre y que consiste en demostrarnos a nosotros mismos que las ganas de vivir en respeto y armonía, bajo la ley y esperando que cada uno y el prójimo surja de sus propias iniciativas, pueden ser el ánimo gobernante de nuestra cultura y de nuestro pueblo.

Votar. No es protestar ni descreer. No es pararse en una esquina. No es escribir ni hablar. Pero tampoco es cargar piedras. Es hacer una cola larga, el domingo, y votar. Compartir un día con otros que tendrán otras preferencias, o la misma, sin que eso nos divida ni nos haga mejores ni peores.

Votar. Tener el valor de expresar lo que uno piensa. De formar parte, tener la responsabilidad de pertenecer.

Por los trabajadores que mienta Medina; por la dignidad de la 4ta República que personifica Diego Arria; por la valentía femenina que encarna María Corina; por la social democracia de Pablo Pérez; por la derecha moderna que articula Capriles. Escoger uno, y al mismo tiempo, saber que al escogerlo a uno los estaremos escogiendo a todos, porque en ellos no hay representado sino la voluntad de millones que somos nosotros de vivir distinto. Ellos están ahí porque nosotros lo queremos así, y al votar no estaremos haciendo otra cosa que no sea asumir ese poder. Tener la oportunidad de actuar, vaya rareza, y cambiar lo vivido por un país mejor.

Sólo de nosotros depende que al pasar la oportunidad no tengamos que lamentarnos. De nosotros depende que en un momento así hagamos la diferencia, y la indolencia no nos haga ver como si estuviésemos muertos en vida. En momentos así, ya lo decía Cabrujas, no estamos como para que se nos muera nadie.

Vota.  



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Julio T. Cabello

juliotupaccabello@gmail.com

Pocos sentidos reales tiene la vida. Debe ser por eso que nos esmeramos en contarla, a ver si los multiplicamos. Estar fuera de Venezuela hace más complicado contarse: si ya las piezas estaban incompletas, estando afuera el rompecabezas luce aún más difícil de ordenar (aunque quien quita: de lejos siempre se enfría la cabeza). Me propongo contar un cuento difícil desde un posición difícil, desde la diáspora. A fin de cuentas... a quién le importan los relatos fáciles.




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