CARACAS, jueves 24 de mayo, 2012 | Actualizado hace
Ahora que medianamente ha pasado el tsunami que despertó Caracas, ciudad de despedidas, voy a comentarlo, porque lo que me angustia no está necesariamente relacionado con aquella breve película tan honesta y genuina que hicieron Chávez (la realizadora) y sus amigos. Sino con la reacción que trajo y usualmente trae todo cuanto se erige como una expresión de quienes somos en nuestro país. La burla, el desprecio, la crítica lacerante, el señalamiento, la descalificación. Lo que sucedió como un rechazo espontáneo, extremo y desproporcionado, y luego se convirtió en una seguidilla de disculpas, ante la mirada calmada de que aquella no era sino la expresión de un sentimiento tan válido como cualquier otro, no es una reacción aislada, ni nueva, ni ajena. Continuar leyendo
Más que una reacción química que comienza en el paladar y termina en el cerebro, con el paso de los años los sabores terminan siendo experiencias que uno asocia y requiere para cierto tipo de momentos, como si ciertas ansiedades, celebraciones, nostalgias, euforias o sentimientos tuvieran siempre una imagen gustativa que les acompañara. Hoy, que es una tarde de despedidas, por ejemplo, como tantas otras en que he estado, no me viene a la cabeza sino un tercio congelado de Polar de esos que uno apaciblemente podía tomar una tarde tempranera en El León, apreciando los pedazos de El Avila que los edificios de La Castellana han dejado a salvo. Continuar leyendo
No es la primera vez que recojo mis peroles de una oficina. De hecho, ya ni llevo la cuenta, he tenido muchos trabajos, como si fuera un karma, siempre estoy en búsqueda de algo nuevo, o estoy en proyectos temporales, o se acaban, o salen cosas mejores, o no me siento a gusto. He tenido trabajos en los que he durado hasta cinco años, tres, dos. Pero muchos en los que he estado seis meses, ocho meses, un año, y me voy. O no me quieren más. Lo curioso es que no me acostumbro. De alguna manera, queriéndolo o habiéndolo tratado de evitar, uno hace nexo con los lugares, con la gente que trabaja en los lugares, con las rutinas, con las vistas que tienes desde tu silla, con el sonido de las oficinas. Continuar leyendo
Hace varias entregas que mi esposa me lo dijo. Le salió del alma. Creo que para ella fue un comentario desprevenido: tú sí eres injusto con Miami. Era como una elipsis, un aparte respecto a un tema que discutíamos apropósito de un texto que yo había escrito para este espacio, para Diáspora, en el que seguramente de manera despiadada y desconsiderada había soltado los escalofríos que me produce la incultura, la hostilidad, la banalidad y la levedad de esta ciudad. Y sí, soy desconsiderado con mi entorno, y eso no está bien. Tengo 10 años viviendo en esta urbe y con las dificultades han venido aprendizajes; con las ausencias he valorado lo que tenía; he hecho una familia y no me ha faltado trabajo. Ya esas son razones suficientes como para catalogarme con diploma y todo como desconsiderado. Pero hago memoria y no me cuesta identificar que en Caracas era exactamente igual. Vivía quejándome de las discusiones maniqueas en las que la vida de uno tenía que definirse; haciendo abstracciones de la extrema socialización de los caraqueños, la cual, en realidad, decía yo, significaba una ausencia de espiritualidad terrible; me calentaba la viveza, las faltas de conceptos o principios de los medios donde trabajé. Y una lista infinita de cosas más que no tiene sentido machacar. Sólo para valorar con el tiempo y la distancia que de las cosas que más añoro de Caracas son sus grandes círculos en los que se discute sobre lo humano y lo divino, sobre el destino del planeta, donde se ve más allá de las narices. Y que en la manera de relacionarse que tenemos los caraqueños encuentro yo una manera de ser feliz que estoy seguro no encontraré en ningún otro lugar del mundo. Y aquí me cabría perfectamente la frase autoayudesca "nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde". Pero no. No creo que se trate de eso. Sino de protestar. De relinchar. De no calársela. En buena medida, ser inconforme con lo que a uno le toca es una responsabilidad, una misión, un rol que a veces es más importante. Aunque uno luzca como una piedra en el zapato. Y podría hacer una larga lista de cosas que me enamoran de Miami, donde ya tengo historia, que a cualquiera encantarían. Y la verdad, debo hacerlas. Pero no sirve más que señale de lo que adolecemos en esta ciudad? Que ponga el dedo en la llaga y ayude a salir del adormecimiento a este pueblo cansado de migrar y atontado por el sol que inclementemente lo manda por 8 meses? No creo en la crítica que hiere. Pero me asusta la comodidad. Entre los pocos sentidos que tiene nuestra vida está el de preguntarnos por qué sentimos inconformidades, para señalar las que creemos son las razones, y construir realidades distintas. No importa donde estemos. La humanidad es noble y miserable en Dinamarca y en Arizona. En Guatire y en Auckland. Pero si todos nos quedamos callados eternamente y fingimos felicidad no importa lo que pase, el mundo será una prolongación infinita de injusticias, desproporciones e incomprensiones. Así que por los momentos me quedo expresando todas las incomodidades que se me ocurren. Aunque también sé que a Miami le debo una. Continuar leyendo