Trascendió la chamana Chavela Vargas
La artista, fallecida ayer, ya estaba preparada para la despedida.
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"Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas/lo mismo que un árbol en tiempos de otoño, queda sin sus hojas", cantaba Isabel Vargas Lizano, más conocida como Chavela Vargas (1919-2012) en Las simples cosas. Ayer no se despidió únicamente de lo simple, sino de todo, del mundo. Y trascendió.
Ya lo había dicho María Cortina, su biógrafa y compañera sentimental, el pasado 4 de agosto: "Ella es una chamana, y las chamanas no mueren, sino que trascienden".
Estaba lista para el adiós, aunque ella decía que nunca se debía decir "adiós", sino "te amo". Según había revelado su doctor José Manuel Núñez García, la intérprete no quería resurrecciones, nada de alargar la vida, 93 años ya eran suficientes. Y vaya que los vivió.
"Chavela Vargas no le tiene miedo a nada/No le teme a la muerte, ni a la vida/Ni siquiera le da temor la soledad/Ni la locura de la otra Chavela/que de tanto en tanto la visita", recitaba Cortina en 2010 en un poema titulado Por eso vive.
Sí, los temores no eran martirio para Chavela, quien en los últimos días enfrentaba dolores por insuficiencia cardíaca, fibrilación auricular, falla renal crónica y neumopatía intersticial. Ayer perdió capacidad pulmonar pero no quiso recurrir al respirador artificial, como lo recomendaba el jefe del equipo médico del hospital de Cuernavaca, en Morelos, donde pasó sus últimos siete días.
Antes, había vivido de forma intensa, tanto, que algunas veces se perdió en un limbo, especialmente aquellos 20 años que pasó ahogada en el alcohol.
Su cuna fue Costa Rica, pero desde los 17 años su hogar fue México, país que le dio historias para convertirse en leyenda. Ahí pasó varios años con una cama en una azotea, se duchó en el baño de las criadas, fue buhonera y cantó en la calle para pedir limosna. Trabajó también como sirvienta.
Ya a los 30 se hizo cantante profesional, de la mano de José Alfredo Jiménez, compositor de sus mayores éxitos. "Ponme la mano aquí, Macorina/tus senos carne de anon/ tu boca una bendición ", fueron los primeros versos que la llevaron al estrellato. Aquel poema del asturiano Alfonso Camín sobre la primera mujer que pudo conducir en Cuba, empezaron a trazar la carrera de Chavela.
También vivió en casa de los pintores Diego Rivera y Frida Kahlo, antes de la muerte de ella en 1954. Por si fuera poco, según Cortina, fue la primera mujer en ponerse pantalones en México, y en declarar que no le gustaban los hombres.
Además, hizo de la ranchera una música posible en la voz de una mujer. Rancheras que algunas veces prescindieron de los mariachis, y que apostaban por la dulzura femenina detrás de una voz poderosa como la de Chavela, "aunque llevaba una pistola en el cincho también llora", decía Cortina sobre su compañera, que detrás de tanta rudeza, escondía ternura.
Y Chavela, aunque se consideraba muy "macha" no dejaba de ser mujer. "Para mí, un hombre que llore es muy valiente. Y una mujer para llorar tiene que ser muy mujer", reveló la cantante a la periodista Marianne Ponsford en La resurrección de Chavela Vargas.
Últimos deseos
Lo tenía todo planificado, quizás. El 12 de julio ofreció su último concierto en Madrid, el que para ella fue despedida. "Chavela vino a Madrid a despedirse de Federico (García Lorca) -a quien le rindió homenaje en Luna grande, su último disco- y de sus amigos. Intuía que era su última visita, por eso vino con fuerza total. Y se entregó con la fuerza de un rockero de 20 años", dijo Cortina.
En ese viaje, Chavela pasó su primera noche hospitalizada en el centro médico La Princesa. Unos días después, regresaba a Ciudad de México, para ingresar nuevamente a un hospital el 31 de julio. Ahí pasaron sus últimos días, rodeada de afectos, con el mundo atento a ella.
Ayer Pedro Almodóvar escribió: "Durante 20 años la busqué en sus escenarios habituales y desde que la encontré en el diminuto backstage de la madrileña Sala Caracol llevo otros 20 años despidiéndome de ella, hasta esta larguísima despedida, bajo el sol abrasivo del agosto madrileño" para cerrar con la frase "Adiós, volcán".
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