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AQUILINO JOSÉ MATA
PERIODISTA
Desde su primera presentación en público en el
Nuevo Circo de Caracas en 1947, cuando todavía no había
cumplido los 18 años de edad, Alfredo Sadel impresionó
por su portentosa voz de tenor y su estampa de galán
cinematográfico. Lo tenía todo para triunfar y él
estaba consciente de ello, de allí que aprovechó
las oportunidades que se le presentaron para saltar del estrellato
en Venezuela al éxito internacional, un camino que comenzó
a recorrer en 1951, cuando es contratado por la RCA
Victor para grabar en Nueva York.
Antes de aquella actuación en el Nuevo Circo, ya había
ganado no poca popularidad a través de programas radiales
tan sintonizados como La caravana Camel y Fiesta fabulosa.
También grabó el primer disco fabricado en Venezuela,
con la canción Diamante Negro, compuesta por él
y uno de los hitos de su repertorio, así como el bolero
Desesperanza, que le escribió María Luisa Escobar.
Además, había participado en las películas
Misión atómica -junto a Amador Bendayán- y
Flor del campo.
Con este bagaje, Sadel viaja a Nueva York y sus primeras
grabaciones con la RCA Victor las hace bajo la dirección
musical de Aldemaro Romero, otro venezolano que en esa época
comenzaba su proyección internacional desde aquella ciudad.
Paralelamente, se presenta en el Chateau Madrid, el
cabaret por donde pasaban las luminarias hispanoamericanas
más famosas de entonces. Su éxito fue tan resonante,
que estuvo allí durante tres meses.
Tal acontecimiento llamó la atención de Ed Sullivan,
el animador más importante de la televisión estadounidense,
quien lo invitó para una de las emisiones de su show
diario, que se transmitía de costa a costa. Allí,
el tenor venezolano interpretó el clásico italiano
Matinata, con arreglo de Aldemaro Romero, episodio que aparece
en el excelente documental Alfredo Sadel: aquel cantor (1999),
dirigido por Alfredo Sánchez, hijo del vocalista.
Luego vendría la consolidación de su idolatría
en la América de habla hispana. Se presenta por primera
vez en Cuba en 1955, en donde se volvieron locos con él
y prácticamente se rindieron a sus pies. Tuvo su propio
show de televisión, hizo Mi canción y Fiesta latinoamericana,
elepés que rompieron todos los records de difusión
y ventas establecidos para entonces para un artista de esta
parte del Continente, y hasta grabó a dúo con el
gran Benny Moré el bolero Alma libre.
En México no tardó en ser ídolo de multitudes,
así como también en Colombia, Argentina, Puerto
Rico, la República Dominicana y el resto de Latinoamérica.
En la nación azteca hizo numerosas películas que
refrendaron su popularidad.
Cuando en 1961 decide -en plena cúspide de la fama-
dejar la canción popular para dedicarse al bel canto,
iniciaría en esta faceta otra racha de éxitos internacionales,
en escenarios como el Carnegie Hall de Nueva York, el
Teatro Colón de Buenos Aires, el Palacio de Bellas Artes
de Ciudad de México y la Scala de Milán. Es el primer
venezolano en cantar en la desaparecida Unión Soviética,
donde hizo frecuentes giras como intérprete de óperas
como La Bohème, Tosca, Rigoletto y La Traviata.
Sin duda, Alfredo Sadel fue nuestro primer ídolo de
exportación, con una carrera fulgurante y eminente, dentro
y fuera de Venezuela.
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