SER HIJO DE UN GRANDE del fútbol nacional como Carlos Maldonado, debía tener algún tipo de beneficio intrínseco. Llevar el apellido Maldonado en la espalda no sólo es una gran responsabilidad sino a la vez una ventaja. Con la gloria incrustada en el pecho antes de nacer y con el permiso del destino para convertirse en un ídolo, nació Giancarlo Maldonado.
Desde muy pequeño, su padre le puso los amados colores del Deportivo Táchira cerca de sus útiles escolares. La pelota se convirtió en su mejor amigo y los rostros de los grandes jugadores de la época eran simples mortales para él. Criado en medio del irrumpir histórico de su padre, Giancarlo decidió que su forma de ganarse la vida sería dándole alegrías a los demás. Por eso apenas pudo se fue a Uruguay, tierra natal de su familia paterna, adonde llegó con la idea de forjarse como jugador y de empezar a sentir el peso de la profesión. Ahí con la camiseta del humilde River Plate charrúa, brilló y mostró de qué estaba hecho, tanto así que la vida le puso en sus manos una decisión clave, mostrándole de cerca la camiseta de la selección de Uruguay, la cual por suerte para Venezuela, nunca se probó.
Regresó al país a pedido de su padre, que ya daba sus primeros pasos como entrenador, soñando con hacerse grande y celebrar al lado de su máximo ídolo y director técnico de su familia.
Se puso todas las camisetas que dirigió Carlitos y en cada uno de esos lugares fue rindiendo. A medida que pasaban los años, dejó de ser una promesa para irse convirtiendo en una seria realidad. Bregó, batalló y luchó contra las carencias de un sistema que protege poco al talentoso y que normalmente no tiene mucho que ofrecerle. Aun así, jamás descansó. Su sueño de jugar fuera del país y de convertirse en el delantero de la selección nacional, era el mayor objetivo que lo movía. Pasó de ser campeón en el humilde, sufrido y desaparecido Nacional Táchira, a consagrarse con todos los honores en el Unión Atlético Maracaibo.
Tan sólo minutos lo separaron de una decisión trascendental.
Hospedado en un hotel capitalino, recibió, de manos de
un mensajero, el contrato que lo uniría al Caracas. Ahí
Maldonado, suspiró, lo pensó y decidió no firmar.
Ese parón tenía una razón de ser, la idea de
irse no lo dejaba tranquilo. Tuvo un primer intento, viajando
a Alemania para seguir el tan ansiado destino, pero el infortunio
no le permitió quedarse. A pesar de eso, se fue entre
críticas a Chile y deslumbró al continente, dándole
paso al sueño americano de mudarse a Cancún y convertirse
en el goleador de América. La vinotinto le tenía
un lugar reservado entre los grandes que a punta de goles
y momentos brillantes, ya lo consagró. Humilde, trabajador
y figura nata, con ese apellido en la espalda, su idolatría
está garantizada. Octavio Sasso
Carlos "Morocho" Hernández fue el primer campeón mundial de boxeo profesional nacido en Venezuela. Se tituló en la categoría welter Jr. en el año 1965.
Leo Gámez se tituló en cuatro categorías diferentes: Mínimo, mosca ligero, mosca y supermosca. Junto al panameño Roberto "Mano 'e Piedra" Durán son los únicos latinoamericanos en conseguirlo.
Luis "Lumumba" Estaba defendió su título minimosca en once ocasiones, cifra récord en la categoría para el CMB. Ostentó el cetro mundial por más de 2 años.
Antonio Esparragoza y Antonio Cermeño fueron
titulares mundiales en sus respectivas divisiones por 4 años.