OSWALDO GUILLÉN- MANAGER DE G. LIGAS
Un amigo venezolano estuvo de visita en Chicago en abril de 2006, y una de las cosas que le llamó la atención fue el cariño con el que la mayoría de los habitantes de la ciudad me trataba, después de la conquista de la Serie Mundial un año antes.
Por dondequiera que pasábamos la gente repetía lo mismo: "gracias Ozzie, felicitaciones Ozzie".
Por supuesto, después de 88 años sin ganar un título,
la ciudad se habría rendido a los pies del primero que
acabara con tal sequía, y por fortuna me correspondió
a mí lograrlo.
Sin embargo, tantas gracias y felicitaciones no me han hecho
olvidar lo difícil del comienzo, no sólo para mí
sino para cientos, quizás miles de compatriotas que han
venido a Estados Unidos a forjarse un futuro, algunos como
peloteros, otros como empresarios o trabajadores comunes.
Benito Malavé siempre recuerda una noche de comienzos de los 80, cuando me encontró en una caseta telefónica llamando para Venezuela, rogándole a mi papá que me mandara el pasaje de regreso porque estaba a punto de tirar la toalla.
Años después, Ugueth Urbina me confesó haber pasado por la misma experiencia, al igual que todavía hoy muchos jovencitos que vienen a comenzar sus carreras como peloteros sienten en algún momento que la nostalgia, la barrera del idioma y el sentirse a veces relegado por ser parte de una minoría atentan contra su sueño de convertirse en grandeligas.
Aquella noche en la que Benito me encontró en la caseta telefónica yo estaba en las menores con San Diego, mientras que él jugaba para Toronto.
Le conté ese día que parte de mis problemas era que no me entendía con los americanos que me tocaron para compartir casa, y la situación ya estaba afectando mi rendimiento en el terreno. Benito me dijo: "Paisano, véngase para mi casa con una condición, cuando a mí me toque pitchear al día siguiente, yo duermo en la cama, los otros días le toca a usted". afortunadamente, como Malavé era abridor, yo dormía 4 noches en la cama y una en el piso, mientras que a Benito le tocaba lo contrario. Qué tiempos aquellos.
Después, en estos años en el beisbol, me ha tocado escuchar las historias más sorprendentes de los sacrificios que han hecho y siguen haciendo quienes vienen a este país a garantizar el futuro de sus familias con una profesion digna.
Muchos de esos cuentos son para reírse hoy, pero en su momento causaron más de una lágrima de impotencia, de rabia, de desesperación y de indignación, no sólo para los aspirantes a peloteros sino también para sus esposas, padres e hijos.
Sentarse a escuchar, por ejemplo, las historias y anécdotas de Alfonso "Chico" Carrasquel fue un privilegio que pude disfrutar durante mis años como pelotero, y en mis dos primeras temporadas como manager. Hago un paréntesis para decir que en 2005, cuando quedamos campeones, una de las pocas cosas que lamenté de todo corazón fue que no estuviera Alfonso vivo para sentir toda esa euforia que contagió a la gente de Chicago, la misma que le decía "el fantasma de la calle 35" porque su guante aparecía de la nada para atrapar los batazos de los rivales.
Pero el caso es que si los problemas de mi generación fueron difíciles, más difíciles eran los del "Chico", "el Patón", Elio Chacón, Pompeyo, Vitico y todos los que abrieron el camino para que nosotros triunfáramos en este país.
A ellos les tocó una época complicada, de mayor racismo, de preguerra, guerra y posguerra, con menos posibilidades de aprender el idioma, y sin embargo cumplieron sus metas y triunfaron.