Las fronteras no preocupan a esta jetsetter que se desenvuelve entre el diseño y la música, además de prestar su imagen a marcas de belleza (Nicola Rocco)
|
Titina Penzini
¡Bonjour jeunesse!
Couturier, jetsetter, socialité, DJ. Profesiones que desempeña con aura internacional. Nadie como ella para pasar de Les Tulleries a la plaza de los Museos sin que uno solo de sus cabellos se mueva
|
(2)
34 votos
Votar
¡Gracias por votar!
GERALDINE VILLASMIL
PERIODISTA
Pocos venezolanos son tan internacionales como Titina Penzini.
Parece que la personalidad, el allure y el encanto de esta
mujer pertenecen no sólo a un país o a un continente
diferente al nuestro, sino a un plano que podríamos definir
como trascendental. Su espíritu no pertenece al mundo
de los humanos, su esencia es, por decir lo menos, celeste.
De alguna forma misteriosa, quien la conoce presiente que
su mirada lánguida y sus manos delicadas sólo deberían
ver y tocar lo bello. Ningún elemento perturbador, ninguna
escena cotidiana podrían resistir esos ojos azules. En
un rapto estético absoluto, Titina debería codearse
con aquello que, en su total perfección, puede ser disfrutado
sólo por los inmortales. O al menos esa es la idea que
con dedicado esfuerzo y constancia Titina ha logrado vendernos
a través de los años: su nombre es sinónimo
de belleza y sofisticación. Cándida realidad o imagen
prefabricada gracias a una escrupulosa campaña de relaciones
públicas, Titina es encantadora, asequible, siempre lista
para reflejar en otros su luz, su suavidad y su indiscutible
aura cool.
Para los que pisan la treintena, la primera mención
pop que se recuerda de Titina la hace Boris Izaguirre en su
libro Fetiche. Boris la describe como una joven que, descubriendo
su propio talento en Nueva York y estudiando en Parsons, se
pasea por Studio 54 del brazo de Halston, Liza Minelli y el
equipo de fútbol del Cosmos, ese sueño americano
que puso a jugar en el mismo campo de Nueva Jersey a Pelé
y a Beckenbauer. De allí, Titina iniciaría su tour
du monde, viviendo en París y trabajando como diseñadora
de accesorios para Lanvin y Myream de Premonville. Sería
el destino, aliado en todos sus planes, quien le permitiría,
en un momento de carencias nada acorde con su naturaleza hedonista,
comprender que su nombre era la mejor de sus cartas de presentación.
Sus creaciones formarían parte, con la marca Titina
Penzini, de las producciones y desfiles de Lacroix, Chloé,
Valentino, Chanel y Thierry Mugler.
Su matrimonio con Carlos Valedon, probablemente su admirador
más entusiasta, el nacimiento de su hija y su indiscutible
amor por Venezuela la hicieron regresar, no sin antes establecer
su tienda de accesorios en Notting Hill, Londres. En Caracas,
la abrió en el Centro San Ignacio durante el paro petrolero
e inició una verdadera revolución en el negocio
de la orfebrería nacional: todos quieren ser como Titina.
En menos de 5 años se convirtió en el primer ejemplo
de socialité que, en su sentido más estricto, Caracas
habría de producir. Como Tinsley Mortimer, Fabiola Beracasa
y otras chicas divinas de Nueva York, Titina se deja ver en
eventos comerciales como imagen de marcas de belleza y diseño,
junto a gerentes de mercadeo y relacionistas públicos,
combinando el atractivo de su apellido, heredado de una de
las personalidades más poderosas de la radio en América
Latina, Pedro Penzini, con el encanto charmante de la venezolana
formada en Nueva York y París, adorada por intelectuales
y artistas, criticada por las señoras galvanizadas de
sociedad y reverenciada por una verdadera legión de amigos
que la encuentran simplemente irresistible. Con planes de
expansión en el mundo de la joyería fina y una divertida
carrera como locutora, DJ y promotora musical, el horizonte
de Titina parece abarcar los ámbitos que cualquier jetsetter
que se respete sueña con conquistar. Y nada la puede
parar.
|
ELLA ES TODA UNA SOCIALITÉ DE NUEVA YORK
Para Fabiola Beracasa no hay puerta, por exclusiva que sea,
que no se le abra en Nueva York. Nacida en Caracas, desde pequeña
se ha codeado con la aristocracia universal, gracias a su madre,
Verónica Hearst, viuda del multimillonario Randolph A.
Hearst. Fabiola, directora creativa de una compañía
de joyería, forma parte de ese grupo de mujeres que aunque
lo tienen todo han preferido crear una actividad propia para
desarrollarse profesionalmente. Tiene 30 años y afirma
que si no se hace nada la vida se vuelve insípida. Centro
de los objetivos fotográficos, se le puede ver en desfiles
de moda o en una gala del MoMA. El arte no le es ajeno
ya que siempre ha estado cerca de grandes artistas ya que es
nieta de esos grandes mecenas pues fueron sus abuelos, Carlos
y Alegría Beracasa. Sus apariciones van más
allá del simple hecho de aparecer. Adem´as de estar
a la moda conoce sus secretos porque ha trabajado con Kart Lagerfeld
como pasante, también como organizadora de eventos especiales
en Dior.
|