ELÍAS PINO ITURRIETA
HISTORIADOR
Aquí sólo se hablará de los primeros que abrieron espacios en el extranjero por la excelencia de sus contribuciones en el ámbito cultural, con un criterio que se desprende del siguiente párrafo. El hecho que hoy esté Rafael Dudamel en un pináculo universal, nos puede dar la idea de que es el continuador de una saga de la cual es heraldo ante los ojos del mundo. No obstante, quizá sea apenas uno entre un puñado de venezolanos. El orgullo telúrico nos induce a sentir que muchos autores y actores del patio gozan de celebridad universal, hasta el extremo de aparecer usualmente en los catálogos de luminarias. Sin embargo, un registro riguroso no puede llegar sino a cuentas modestas gracias a las cuales ponemos los pies en la tierra para no caer en envanecimientos sin fundamento; mas, a la vez, para celebrar con aval suficiente a los pocos que han dado la cara por nosotros a través de un talento excepcional que reconocen unos jueces foráneos que saben diferenciar los gatos de las liebres. Para no dar saltos temprano entramos en materia con una gran figura del mundo musical, doña Teresa Carreño, ejecutante excepcional del piano ante quien se rindieron sin reserva los públicos de Europa y los Estados Unidos entre 1866 y 1917.
Este viaje de pocos viandantes comienza en la segunda mitad del siglo XIX con el establecimiento de Andrés Bello en Chile (1829-1865), autor de una obra literaria, filológica, filosófica, educativa y legislativa que lo convierte en el portavoz de la emancipación mental que sigue a las guerras de Independencia en las antiguas colonias. Partiendo de su formación en Caracas, realiza un esfuerzo de iluminación sin el cual no se puede entender la evolución de las repúblicas suramericanas en la búsqueda de una convivencia civilizada. Una faena parecida inicia en España Rafael María Baralt, a través de su participación en la apertura liberal y en la escritura de obras magnas del periodismo y de la investigación de los vocabularios de lengua castellana que lo llevan a ocupar cargos de dirección en la Gaceta de Madrid y un sillón en la Real Academia Española (1841-1860). Tendremos que esperar a las décadas finales del siglo para que otro nacional destaque más allá de nuestras fronteras: Juan Antonio Pérez Bonalde, debido a su creación poética, a sus refinadas traducciones y a su participación en una revista neoyorquina de exiliados a cuyo frente está José Martí (1870-1892). Desde entonces se le considera como uno de los creadores más cosmopolitas del continente, fundamental para la evolución del imaginario de unas sociedades que todavía no han fijado cabalmente su rumbo cuando la historia anuncia el advenimiento de procesos diversos.
La expresión de tales procesos en la antigua metrópoli
y en el ámbito francés encuentra ahora portavoz
insólito en Rufino Blanco Bombona, cuyas obras en el
extranjero lo convierten en referencia ineludible sobre el
pensamiento suramericano y sobre una nueva y admirable forma
de divulgarlo mediante el ensayo y la producción editorial
(1914-1936). La publicación de fuentes históricas
y las polémicas en las que participa lo elevan a una
fama consistente, que se traduce en funciones de gobierno
y en el lanzamiento de su nombre para el Premio Nobel de Literatura.
Prosigue en la nómina Laureano Vallenilla Lanz, por las
repercusiones de su Cesarismo Democrático en los vecindarios,
capaz de provocar sonoros debates y traducciones de notable
difusión. Por último topamos con Rómulo Gallegos,
en atención al éxito de Doña Bárbara entre
los lectores españoles que abre caminos, no sólo
para sus novelas sino para otros autores que aprovechan
el viento producido por el vuelo de sus páginas.
En adelante el periplo se hace más gregario, aunque no
tan multitudinario como piensan algunos.