EL MUNDO PARECIERA empezar hoy a manifestar su preocupación por los efectos del calentamiento global, pero este tema ha marcado la cotidianidad del venezolano Ignacio Rodríguez Iturbe desde hace más de 30 años. Su vida la ha dedicado a conocer los efectos y las causas de los cambios medioambientales, en particular de los temas hidrológicos.
La Universidad del Zulia fue su alma mater y en el año 1963 le otorgó, con honores, el título de ingeniero civil. Pero su relación con LUZ no terminó allí, pues fue docente en esta casa de estudios durante dos años, y luego formó parte del profesorado de la Universidad Simón Bolívar. Sus alumnos lo recuerdan con respeto, quizás, porque siempre ha considerado la docencia como la forma de mostrar el camino correcto.
En los ámbitos internacionales también han conocido el compromiso con la excelencia que se ha planteado en todo lo que hace. Por muchos años fue profesor del Instituto de Tecnología de Massachusetts y desde 1999 es profesor del Departamento de Ingeniería Civil y Ambiental de la Universidad de Princeton.
Ignacio, y sus nueve hermanos, se formaron con el mejor ejemplo de todos: el amor por el conocimiento que tenía su padre, Bernardo Rodríguez. No en vano en la familia conviven dos premios nacionales de ciencia, destacados humanistas o médicos.
Este legado convirtió a Ignacio Rodríguez Iturbe, en un hombre que considera la ciencia como la búsqueda sincera de la verdad, que le ha merecido el reconocimiento de la sociedad internacional.
En 2002 obtuvo el premio del Agua de Estocolmo -considerado el "premio Nobel del Agua"- por "sus contribuciones para convertir la hidrología en una ciencia exacta". Para Rodríguez Iturbe la ciencia debe insistir en el estudio de uno de los asuntos más importantes de la humanidad: el agua.
Esta preocupación, y sus aciertos en la materia, hicieron que en enero de este año el papa Benedicto XVI lo nombrara miembro de la Pontificia Academia de las Ciencias.
A consideración de muchos, son las cuestiones científicas y no las convicciones religiosas, el argumento de mayor peso para ser merecedor de este reconocimiento, pero Rodríguez Iturbe se podía ganar este nombramiento fuera cual fuera la prioridad.
Además de un investigador ferviente, es un hombre profundamente
católico. Su cercanía con la Iglesia es estrecha,
tanto, que Ignacio, uno de sus cinco hijos, es sacerdote.
Y es que Ignacio Rodríguez Iturbe es un venezolano con
picardía de maracucho, perseverancia de científico
y comprometida fe, a quien nunca, por más lejos que esté,
se le ha olvidado el calor de su tierra. Raquel Barreiro
Larga experiencia. Gustavo Bruzual, físico egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México, postgrado en Astrofísica en la Universidad de California en Berkeley. La Royal Astronomical Society británica le nombró miembro en recono-cimiento a su liderazgo en Astronomía, coordinador de la Red Latinoamericana de Astronomía, autor de varios artículos y de un libro de Astronomía.
El Observatorio. El proceso de formación
de una nueva estrella en la constelación de Orión
fue captado por el telescopio Schmidt del Observatorio Astronómico
Nacional de Llano del Hato, ubicado en el Estado Mérida
el año 2004, gracias a un equipo único
en el mundo que permitía este tipo de estudio.
Emigración. Se refiere al traslado y asentamiento de científicos y tecnólogos en un lugar de residencia distinto al de origen, desde el cual la persona desarrolla relaciones en los ámbitos socioeconómicos, culturales y cognitivos, entrando en un proceso de ajuste que le permite integrarse a la sociedad que lo recibe.
Las cifras. La Unesco y la OCDE estiman
que los países en vías de desarrollo deben tener
como mínimo un investigador por cada 1.000 habitantes
para avanzar en ciencia y tecnología. Según esta
cifra, Venezuela debería tener 24.000 investigadores
en todas las áreas de conocimiento, sin embargo para
el año 2001 había 4.680 científicos y tecnólogos
en el país, tan sólo 20% de lo requerido.