MANUEL CABALLERO
HISTORIADOR
Hasta hace unos cuarenta años, cuando, fuera de las
fronteras patrias, uno mostraba el pasaporte, lo más
probable es que el interlocutor dijese: "¿Venezolano?
¡Ah, petróleo!". Más acá, hace un cuarto de
siglo, la exclamación era diferente: "Venezuela? ¡Ah,
mujeres bellas!". Hoy se va imponiendo en Europa y América,
en los ambientes cultos primero, en el público grueso
después, una exclamación diferente: "¿Venezuela?¡Ah,
la música!".
Para lo que una expresión ya medio cursilona llama la
"autoestima" nacional, debería ser mucho más importante
esta última exclamación que las dos primeras. Porque
aquellas pueden ser atribuidas al capricho de Dios Padre Todopoderoso,
pero esta última se ha ganado a punta de trabajo y, para
no abandonar el tono bíblico, con el sudor de la frente.
A todos nos enorgullece que un Simon Rattle, director de
la más famosa orquesta del mundo, hable de una "resurrección"
de la música a partir de Venezuela. Pero, para los venezolanos,
hay una lección que no se debería olvidar jamás,
a saber que el celebrado arte de los jóvenes músicos
venezolanos no es sólo producto del talento, sino del
tesón.
Es muy conocido el chiste del millonario norteamericano que trasladó piedra por piedra un castillo inglés a California; pero no pudo reproducir en su tierra, y tal cual, su brillante y sedoso césped. Al interrogar al jardinero sobre la fórmula empleada para obtener ese resultado, éste le replicó : "Muy sencilla: regarlo todos los días y podarlo todos los meses durante cuatrocientos años seguidos". No hay otra: en nuestro caso, con hechos y no con palabras, las orquestas sinfónicas juveniles se han lanzado a un combate contra el peor de los males de los venezolanos, la improvisación.
Así, lo que el mundo entero celebra hoy con justicia
no es el genio aparecido por obra y gracia del Espíritu
Santo, sino el resultado del trabajo cotidiano durante treinta
años.
Cuando revisamos la lista propuesta sobre los venezolanos
más destacados, encontraremos allí en el ejemplo
de cada una de esas individualidades, que han llegado a donde
han llegado siguiendo la misma fórmula de los músicos
que ha formado el maestro José Antonio Abreu: trabajo,
trabajo y más trabajo. Pero todo lo anterior sería
apenas descriptivo, la constatación del triunfo de un
talento y un tesón individuales, si no pudiese tener
un resultado real y efectivo más allá del uno en
provecho de todos: pluribus unum, para no ahorrarnos el latinajo.
¿Es eso posible? No sólo lo es, sino que estas orquestas juveniles nos señalan un camino para alcanzar esa meta, colectiva y no sólo individualmente. Pero además, no es nada nuevo, ni tampoco una ensoñación individual, una ciega apuesta al futuro. Desde los tiempos de Napoleón Bonaparte, en Francia se dieron cuenta de lo útil y necesario que era lanzarse a la caza de talentos en matemáticas, becarlos, internarlos y darles una formación rigurosa: se trata del famoso Politécnico. Y no es cosa que se reduzca a las llamadas "ciencias duras": después de 1945, se creó la Escuela Nacional de Administración (ENA), donde se forman los mejores talentos para la administración pública. Algunos de los mejores gobiernos que ha tenido Francia, se han sostenido con el apoyo de una especie de aristocracia no de cuna ni de dinero, sino del talento, los famosos "enarcas".
Las individualidades que los lectores han escogido como lo más representativo de su talento, y el verdadero (y no simplemente "pantallero") orgullo nacional, demuestran que la materia prima (la materia gris) existe. Las orquestas juveniles muestran cómo eso puede volverse un fenómeno de masas. Lo uno sostendrá lo otro, y así no se deberá temer la "fuga de cerebros". A condición de que la política del Estado no sea la "expulsión de cerebros".