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Jacinto Convit
El médico de la esperanza
A sus 92 años continúa trabajando en el Instituto de Biomedicina, convencido de que aún y no obstante a su edad, tiene mucho que ofrecerle a la humanidad
Todo un hito dentro del campo epidemiológico venezolano cuyos aportes le valieron la nominación al Premio Nobel de Medicina (Nicola Rocco) Todo un hito dentro del campo epidemiológico venezolano cuyos aportes le valieron la nominación al Premio Nobel de Medicina (Nicola Rocco) Todo un hito dentro del campo epidemiológico venezolano cuyos aportes le valieron la nominación al Premio Nobel de Medicina (Nicola Rocco) Todo un hito dentro del campo epidemiológico venezolano cuyos aportes le valieron la nominación al Premio Nobel de Medicina (Nicola Rocco) Todo un hito dentro del campo epidemiológico venezolano cuyos aportes le valieron la nominación al Premio Nobel de Medicina (Nicola Rocco)
Todo un hito dentro del campo epidemiológico venezolano cuyos aportes le valieron la nominación al Premio Nobel de Medicina (Nicola Rocco)
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ROBERTO GIUSTI 
EL UNIVERSAL

La  mirada límpida de sus ojos azules dice que a los 92 años Jacinto Convit conserva intactas sus facultades, su pasión por el conocimiento y la sabiduría del científico cuya  razón de ser es servir al hombre. Hijo de inmigrante catalán y de venezolana de origen canario, aventajado estudiante del Liceo Caracas en la segunda década del siglo pasado,  la invitación del doctor Martín Vegas para que visitara la leprosería de Cabo Blanco, en el litoral, antes de su graduación, en 1938, ataría su destino, como médico residente, a la vieja casona  y a la curación de la bíblica enfermedad.

Durante siete años Convit convivió con los leprosos, doblemente condenados a la segregación total y la hospitalización compulsiva, además de las secuelas de una enfermedad que para entonces no tenía cura. De ese tiempo guarda dos recuerdos imborrables. Uno es el de un campesino, atado con cadenas, que le entregó la policía, por ser portador del mal. El otro el rostro de estupefacción de un hombre, con varios años de reclusión  cuando descubrió que se encontraba  sano y podía volver a la libertad.


Pero la compasión del joven galeno era activa y fue así como organizó un grupo de ocho médicos, seis venezolanos y dos italianos, con quienes se dio a la tarea de encontrar una cura para la enfermedad. Lo primero fue tratar de potenciar el aceite de Chaulmoogra, el único remedio para la época, proveniente de un árbol asiático,  con magros resultados, pero luego de varios años de investigación lograron determinar que un compuesto de  Sulfota y Clofazimina tenían suficiente efectividad para remitir el mal.  La primera consecuencia del descubrimiento fue la eliminación del aislamiento compulsivo y por tanto de las leproserías. Así, Venezuela se convirtió en el primer país del mundo en cerrar ese tipo de establecimientos.


En 1947, luego de 10 años de amores, se casó  con una joven de origen italiano, Rafaela Marotta, del matrimonio nacieron cuatro hijos: Francisco, Oscar, Antonio y Rafael, los dos últimos gemelos y médicos como su padre. En los años 60, presentó en Londres, durante una reunión de la OMS (Organización Mundial de la Salud), un informe sobre los resultados de sus investigaciones que se incorporó a un trabajo, Therapy of Leprosy, del cual fue coautor, junto con un grupo de especialistas de todo el mundo, que sirvieron de base para el programa de Poliquimioterapia, difundido por la OMS en los países endémicos.


Pero la gran obra de Convit y su equipo fue el desarrollo  de dos modelos de vacunación para el control de la lepra y la leishmaniasis. En el segundo de los casos  resultó tan eficaz que logra el 95% de curaciones sin efectos secundarios. Gracias al aporte de la investigadora norteamericana Elenora Stors, quien descubrió la lepra en un tipo de armadillo (cachicamo) en EEUU,  Convit inoculó el bacilo de la lepra en estos animales y obtuvo el Micro Bacterium Leprae, que mezclado con la BCG (vacuna de la tuberculosis), produjo la vacuna.


En 1988 su descubrimiento le valió una nominación para el premio Nobel de Medicina. Un año antes fue distinguido con el Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica, entre muchos otros reconocimientos recibidos a lo largo de una carrera de casi  70 años. Y allí, en su laboratorio del Instituto de Biomedicina, continúa su infatigable labor, convencido de que aún y no obstante su avanzada edad, tiene  mucho que ofrecerle a la humanidad.

Encargados de Sembrar el desarrollo
En el campo de la Medicina los galenos venezolanos encontraron en el exterior escuelas donde formarse, pero allí también recibieron reconocimientos. José María Vargas cursó en Europa  estudios de Cirugía, Química, Botánica, Anatomía y Odontología. Uno de los reconocimientos que obtuvo fue el de ser incorporado al  Real Colegio de Cirujanos de Londres como uno de sus miembros. Los primeros médicos especialistas que tuvo Venezuela  se formaron fuera. Al regresar elevaron la calidad de la Medicina del país. Cabe recordar a Santos Dominici. Recibió su título en la Universidad Central de Venezuela y en 1894 hizo un doctorada en Ciencias Médicas en París. Él logró que en el Hospital Vargas los rasgos de la Medicina alcanzaran el de las escuelas europeas, particularmente de la francesa. Otro nombre es el de Luis Gregorio Chacín Itriago, primer médico higienista venezolano graduado en Londres. Inició una política sanitaria en el país e impulsó el saneamiento de Caracas en los años 20. 
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 LOS PIONEROS
Visionarios

El Santo. Los aportes de José Gregorio Hernández van más allá de la fe. Sus estudios en Europa le permitieron fundar la Cátedra de Fisiología Experimental, Bacteriología e Histología, lo que representa el resurgimiento de la medicina nacional.

Deontólogo. Luis Razetti, después de graduarse de médico en Venezuela viajó a París. Pionero en su tierra se proyectó hacia el resto de América como el apóstol de la ética médica en Latinoamérica.

Multidisciplinario. Jesús Rafael Rísquez ejerció la ciencia y el humanismo. Representó a Venezuela en reuniones importantes. Destacó en la Comisión Internacional de la Cruz Roja para la revisión de la nomenclatura de las enfermedades.

EL PROTAGONISTA
Gabriel Chuchani

Padre de la Química Moderna en Venezuela, es el título con que se conoce a Gabriel Chuchani, pues además de ser un pionero en la investigaciones químicas en el país ha sido un multiplicador de la pasión por las ciencias en su labor docente. 

Nació el 31 de mayo de 1924, en Jerusalén. Realizó sus estudios primarios y secundarios en Caracas y  los universitarios en Estados Unidos. En este último país obtuvo los títulos de Licenciado (1950) y MSc en Química (1951), en la Universidad de Delaware. En 1954, obtuvo un doctorado en Química de la Universidad deTulane en Louisiana, donde se desempeñó como instructor asistente en Química Orgánica (1951-1954) y fue distinguido con el Mérito a la Enseñanza (1952) y con el American Cyanamid Fellowship Award (1953-1954).

La Universidad Central de Venezuela y el Ministerio de Educación rechazaron sus peticiones para ingresar como investigador docente en la primera y crear una Escuela de Ciencias, con patrocinio de la segunda.

Justo cuando se disponía a regresar a Estados Unidos -donde le aguardaban tres ofertas laborales- fue llamado por Francisco de Venanzi y Marcel Roche, para participar en una serie de investigaciones sobre química adelantadas por la Fundación Luis Roche. Así pues, en 1955 inicia su trabajo en síntesis de compuestos orgánicos medicinales, para combatir enfermedades parasitarias como la bilharzia o la leishmaniasis.

Sin embargo, en la mente del científico aún rondaba la idea de crear espacios para los estudios de cuarto nivel en ciencia y tecnología. Por ello, en 1963, con los escasos egresados de las Escuelas de Química de las universidades nacionales formó unos grupos de trabajo, cuyos motores fueron el estímulo, la motivación y la orientación.

Chuchani siempre ha prestado su colaboración tanto a colegas en el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) como a sus alumnos. No ha escatimado esfuerzos en conseguir becas para los estudiantes que requerían completar su formación en el exterior, y, como presidente de las Conferencias Internacionales, obtuvo recursos financieros para garantizar la participación de muchos docentes y estudiantes universitarios latinoamericanos, que se beneficiaron de los contactos que mantenía el científico con distinguidos investigadores del mundo.

Además de contribuir fundamentalmente al desarrollo de la Físico-Química Orgánica Moderna, fue fundador del Centro de Química del IVIC, del que fue jefe durante 16 años, y también ocupó la Secretaría General de la Asociación Venezolana para el Avance de la Ciencia (Asovac), 1962-1963. Rebeca Fernández