Javier Téllez ha sabido afianzarse como uno de los artistas jóvenes con más renombre en el país. Desde su primera muestra individual "pasteles y dibujos", presentada en 1988 y conformada por pasteles de vigorosa figuración, el artista criollo evidenció un abandono progresivo de los formatos bidimensionales en favor de la creación de instalaciones que destacan los valores expresivos de los objetos, y sobre todo es palpable su creciente interés por profundizar en los diferentes aspectos que constituyen el acto comunicativo como protagonista principal.
Téllez nació un 22 de febrero en Valencia. Fue el último de tres hijos de Teresa Pacheco Miranda y de Pedro Téllez Carrasco, reconocidos psiquiatras y humanistas. Su niñez se desenvolvió en un peculiar contacto con enfermos mentales, lo que llevo a Téllez a empaparse del mundo de la locura, tema que el artista plasmaría con éxito en su adultez.
Veinte años después de su primera exposición, el artista valenciano ha demostrado que su principal motivación es afrontar la realidad social contemporánea. Desde que se residenció en Nueva York, Téllez se convirtió en un artista nómada que se traslada por el mundo de esquina a esquina.
Sus obras han dejado claro que lo bidimensional debía obligatoriamente dar paso a lo tridimensional. Y para Téllez esto no es más que algo natural, ya que como el mismo dice "tanto la pintura como la escultura, aun en el sentido tradicional comparten un espacio tridimensional desde su misma invención, es decir, que ambas ocupan el mundo físico de la misma manera".
En los últimos 10 años el artista valenciano se ha preocupado por desarrollar una labor estrechamente ligada con la locura. De hecho su primera obra relacionada con este tema se inició en 1996 con la pieza La extracción de la locura, exhibida en el Museo de Bellas Artes de Caracas y en el Ateneo de Valencia. La pieza mostraba la situación de los hospitales psiquiátricos y donde por vez primera trabajó con la colaboración de los enfermos mentales.
En dicha obra Javier reprodujo un pabellón completo de enfermos mentales en el espacio del museo. Ofreció una visión terrible de lo que acontece en los hospitales psiquiátricos, pero a su vez el arte de mezclar lo aterrador con la poesía, convirtió aquella obra en una pieza admirada por muchos. Trobar Clus, Erre encapuchado, El lunático y la instalación Dopplengänger peepshow, son algunas de sus obras más reconocidas. Muchas de ellas han sido el bastión para que Téllez haya obtenido premios, becas y reconocimientos.
Laureles que no son más que las consecuencias de una constancia estética, atrevimiento a la experimentación y muestra de que Téllez es un artista creativo, dispuesto siempre a asumir nuevos retos. Leticia Berrizbeitia