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Mariana Monteagudo
Idolillo de las artes plásticas
Sus muñecas, elaboradas en cerámica y decorados con elementos naturales, han viajado a Estados Unidos, España, Cuba y Colombia, no han dejado indiferentes a los críticos
La artista plástica se vale de la cerámica como elemento de soporte para elaborar sus idolillos, que ella luego pinta al frío, viste con ropa, gasas y mallas, para finalmente decorarlos y hasta agregarles cabello humano (Gil Montaño)
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SIMÓN VILLAMIZAR  
EL UNIVERSAL

Tal vez no lo admita, pero Mariana Monteagudo se parece a sus obras: ojos grandes y almendrados, el cabello casi siempre recogido, labios prominentes, frente amplia y, si se quiere, un toque de cómic japonés. Sólo que sus estatuillas no pasan desapercibidos dondequiera que van.   

 Los idolillos -una raza de personajes híbridos, como los ha definido ella misma-no han dejado indiferentes a los críticos de arte cuando han viajado a países como Colombia, España, Aruba, Cuba y Estados Unidos, tal como no ha dejado ajenos a los arqueólogos del orbe entero cuanto tótem y figurilla haya salido a la luz para dar cuenta de pasados lejanos.

Elaborados primero con cerámica, pintados luego al frío, envueltos más tarde con fibras naturales,  vestidos con telas, gasas, mallas y con ropa -de beduino o esquimal, de boxeador o krishna, de novia o de diablillo, con máscara azteca o sin ella- y hasta provistos con cabello humano, los pequeños seres de Monteagudo están atados inequívocamente a las Venus precolombinas, a las momias y efigies egipcias, a las representaciones mágico- religiosas de chamanes indígenas, pero también a los mangas japonesas, las barbies, los artículos de la subcultura punk y hasta con las más osadas propuestas de  diseñadores de moda de la talla de Alexander Mcqueen y Vivienne Westwood, por sólo nombrar algunos de los más afamados.

Con los primeros parece haber tendido puentes atávicos relacionados con rituales, materiales y procedimientos de creacián -seguramente para indagar, como escribiera años atrás el crítico Juan Carlos Palenzuela, "en rituales de sacrificio, en la conservación sacramental del cuerpo y en el escenario de la ofrenda humana a las deidades" y mucho más. En ese sentido indaga en culturas milenarias para revivirlas y adaptarlas a los nuevos tiempos. Con los segundos parece haber establecido en cambio vínculos como objetos de culto del fashion, la cultura pop y los productos de la modernidad.

Con ambos mundos esta chica de escasos 32 años, heredera de las artes de su madre Maruja Herrera y de su abuela, la ceramista Reina Herrera; que realizò estudios en el Instituto Prodiseño de Caracas y en Instituto Armando Reverón, logra reflexionar sobre todo acerca del carácter de idolatría que las personas suelen otorgar a cualquier objeto inanimado. Y no solamente entonces a los seres mitológicos o religiosos, sino a los creados por el universo de la tecnología, la moda, la publicidad y el mundo  del show business en general. para crear nuevas tradiciones de expresión irónica, amenazante y también tiernas.

Piezas tiernas, algunas. Piezas amenazantes, otras. Piezas para nada exentas de ironía que -gran paradoja, son tambi´én idolillos- se han ido ganando un importante lugar en museos y galerías de aquí y allá, y que han puesto el nombre Mariana Monteagudo a sonar en pequeños y grandes cenáculos artísticos.

A ella, sin embargo, no parece importarle demasiado. Crítica y reconocimiento, ha dicho, los mira de reojo y con no poca indiferencia. "Me resbala. La disfruto desde el punto de vista de la vanidad, porque todos tenemos vanidad. Y cuando le dicen a uno que le gusta el trabajo, es rico, pero una de las cosas que me molesta mucho del medio del arte es la condescendencia. De repente a alguien no le gusta el trabajo de uno y no te lo dice, sino que te dice que le gusta".

BATIERON SU PROPIO RÉCORD
Los artistas venezolanos también están presentes en importantes subastas de casas internacionales como la Sotheby's. El año 2007 la directora del Departamento de Arte Latinoamericano de la mencionada subastadora, Carmen Melián, expresó su satisfacción por los precios que alcanzaron Armando Reverón, Alejandro Otero y Rafael Monasterios. Según sus  palabras ese trío logró superar sus propios récords en las subastas de Nueva York. Un coleccionista norteamericano pagó 529 mil dólares por el óleo Paisaje de Macuto de 1938, un óleo sobre tela que superó el anterior récord de Reverón, otro paisaje de 1930, que fue subastado por 456 mil dólares. En cuanto a Alejandro Otero, las piezas subastadas alcanzaron un doble récord. Estas fueron Ortogonal, fechada entre 1951 y 1952 y Coloritmo 45A que es de la década de los 60. Cada uno se vendió por 253 mil dólares. Con ellos supera su mejor venta en 2005 cuando Coloritmo 23, de 1957, Sotheby's la vendió en 162 mil.
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