Su talento y perseverancia le han abierto las puertas de las más importantes salas del mundo, como la Galería de Nueva York y el Museo de Arte Moderno de México (Nicola Rocco)
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Jacobo Borges
El mago del pincel
"Perseverante, alucinantemente sensible y extraordinariamente elocuente", así define Ximena Borges a su papá, el artista venezolano que inspirado por el Ávila conquistó al mundo
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ANA YUBELY TERÁN LARA
Hay personas que nacieron con un don. Ese con el que se es
capaz de adueñarse de la realidad, extraer lo mejor de
ella y transformarla en una obra de arte capaz de sorprender
al mundo. Jacobo Borges es precisamente uno de esos magos,
uno de esos héroes venezolanos que a fuerza de compromiso
e irreverencia ha logrado hallar la fórmula secreta para
decodificar la imagen y ponerla al servicio de la humanidad.
Sus primeros pasos los dio en las calles de Catia y El Cementerio,
desde donde gustoso se sentaba a admirar el Ávila, formación
que lo vio nacer el 28 de noviembre de 1931 y que está
presente constantemente en sus pensamientos.
"Esa gran montaña me ha cautivado, yo la pinto, y sé
que el tiempo del Ávila es el mío", afirmó
Jacobo a la revista Común Presencia en una entrevista
realizada en 2006, en la que expresa claramente su fascinación
por ese cerro, al que rindió tributo en 1979 a
través del libro La montaña y su tiempo.
"Perseverante, alucinantemente sensible y extraordinariamente
elocuente", son, según su hija Ximena, las cualidades
que mejor lo definen y las que, sin duda alguna, le abrieron
las puertas de la escena plástica de los años sesenta,
década que marca el inicio de su carrera como artista,
y de las más importantes salas de exposiciones del mundo
como la Galería de Nueva York y el Museo de Arte Moderno
de México.
El gusanillo de la curiosidad, virtud que utiliza constantemente
para traspasar las barreras de lo desconocido, cobró
vida en él cuando apenas era un adolescente y trabajaba
como asistente de Carlos Cruz-Diez en una agencia
de publicidad. Allí, seducido por la magia de los colores,
decide dar rienda suelta a sus dotes de creador y se lanza
a la ciudad de París para hechizar al planeta con el
pincel y la paleta.
"La imagen es una ilusión", es la premisa de la cual
parte Jacobo para dar forma a cualquiera de sus obras "por
eso intentó decodificarla para crear una riqueza expresiva",
es el objetivo que persigue con cada nueva empresa. Y realmente
lo logra.
"Creo que todo se debe a su perseverancia y a su deseo de
llevar siempre las cosas hasta sus últimas consecuencias"
señaló Ximena, quien además acotó
que "su pasión es tal, que en su afán de crear,
destruye muchos cuadros, pintándolos encima decenas de
veces. Suele ser obsesivo, y creo que ese es su principal
defecto".
Cuando no está creando, se entrega por completo a otro
tipo de arte, el séptimo, donde gustoso se sumerge en
compañía de su hija para disfrutar de la trama de
viejas películas francesas o italianas, sus preferidas,
"aunque realmente le gusta de todo, ve desde Batman hasta
Ingmar Bergman", explicó Ximena, quien aprendió
de él a valorar la soledad como artista.
"Es una lección que papá aprendió a su vez
de Alejandro Otero, su profesor en la Escuela de Artes Plásticas
y Aplicadas. También me ha enseñado a creer profundamente
en mi talento y a ser estricta conmigo misma", sostiene la
heredera de su maravilloso legado y de una de sus grandes
pasiones: la música, elemento que Borges utiliza cada
vez que se coloca frente al lienzo.
"No sólo la usa cuando pinta sino que además es
capaz de reconocer casi cualquier pieza clásica en los
primeros 10 compases", comentó sorprendida.
"Admiro profundamente su recorrido, de dónde vino y
todas las cosas que ha hecho en el camino. Se ha renovado
constantemente y eso me apasiona", concluyó.
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PENETRAR UNA OBRA DE ARTE NO ES ILUSIONISMO
No importa dónde se exponga un Penetrable de Jesús
Soto. La sensación siempre es la misma, sentir que se deja
atrás la sala de exposiciones para zambullirse en un mundo
desconocido. Aquella gran figura geométrica que se encuentra
al frente parece desvanecerse para dar paso al espectador, quien
ya no será el ser contemplativo sino que es capaz de transformar
la obra, sentirla en su piel, olerla y después, mirar hacia
atrás. Y allí está nuevamente, intacta, como
la había concebido su autor, como una forma basada en el
cálculo científico, devenida en poesía gracias
al color. Los Penetrables de Soto se convirtieron en todo un
suceso porque ponen a prueba todos los sentidos, se hacen obsesión
que obliga a atravesarlos una y mil veces, para probar si realmente
se saldrá de ellos y no se quedará, el espectador,
atrapado en un mundo singular, ubicado en el centro de la pieza.
Como lo afirma Enrique Pérez Oramas: "El Penetrable es
el prodigioso monumento de la desaparición del cuerpo como
resistencia".
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