El lente de una cámara va más allá de guardar momentos para la eternidad, es una manera de descubrir la otra cara de la ciudad y de su gente, señala Apostol (Kisai Mendoza)
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Alexander Apostol
Psicoanalista de lo urbano
Este fotógrafo, residenciado en Madrid por una rato más, ha hecho de la arquitectura uno de los elementos protagónicos de su trabajo donde narra la historia de las ciudades
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ELIZABETH DE ORNELAS
PERIODISTA
Gran parte de las urbes latinoamericanas, incluyendo Caracas,
han sido capturadas por Alexander Apóstol a través
de sus lentes y de una visión crítica con los que
ha logrado plasmar en papel fotográfico "las contradicciones
y los juegos de poder que continuamente existen en las ciudades".
Actualmente, está por exponer dos colectivas sobre las
-metrópolis y su arquitectura en Connecticut y Chicago.
-¿Por qué de todas las expresiones
artísticas se inclinó por la fotografía y el
video?
-Comencé trabajando en cine cuando estaba en bachillerato.
Me interesaba la imagen y su narración. Incluso, llegué
a ser asistente o aprendiz en varias películas. Sin embargo,
aunque me atraía, no me sentía a gusto con el trabajo
de grupo que exigía, por lo que comencé a estudiar
fotografía con Ricardo Armas y Artes en la Universidad
Central de Venezuela (UCV). Me fui sintiendo cada vez más
cómodo con la fotografía, en la que yo era el único
responsable.
No obstante, hace unos cinco años, empecé a trabajar
en video con pequeñas historias o imágenes en movimiento,
que de alguna manera retoma lo interrumpido en aquel momento.
Recientemente, y junto a Rafael Ortega, importante cineasta
mexicano, he realizado un proyecto de colaboración en
cine y estoy preparando otro.
-¿Qué se necesita para que un artista logre
traspasar con su arte las fronteras de Venezuela y alcance
renombre?
-Por mucho tiempo fui romántico. Pensaba que la obra
siempre transcendería independientemente de tu actitud
o lugar de origen. Y aunque es cierto que una buena obra tarde
o temprano logra ponderarse en un espacio, también lo
es que en estos tiempos, factores que no dominas: el lugar
de dónde eres, dónde vives, a quién conoces,
quién te exhibe o te compra son tan importantes en tu
desarrollo. Hoy el artista no es la figura romántica
que crea por materializar ideas o emociones descontroladas.
Lo realmente descontrolado es la enorme presión de los
canales de poder del arte para que tu producción sea
abundante, constante y de primera línea, y ésta
crece en la medida que tu trabajo va asentándose internacionalmente.
-¿Qué elementos presentes en sus imágenes
han hecho de su arte lo que es hoy?
-Me interesan las contradicciones y los juegos de poder que
a diario existen en las ciudades. El resultado de mi obra
es una combinación de trabajar una idea hasta simplificarla,
no dejar cabos sueltos, tratar de obtener las condiciones,
y ejecutarla de una manera, lo que algunos llaman estilo,
pero para mí no es otra cosa que el error inevitable,
probablemente convertido en virtud.
-¿Por qué decidió irse a España
y no a otro país de Latinoamérica, objeto de su
trabajo?
-En 2002, y sin ánimos de emigrar, Rafael Doctor, entonces
director de arte de Casa de América en Madrid, me invitó
a una residencia de artistas que duraría un año.
Después me gané una beca de la Fundación Endesa.
En ese tiempo observé que mi acercamiento a Caracas era
más agudo que cuando vivía allí. No sé
si era por madurez del trabajo o simplemente porque miles
de historias caraqueñas (tomar un taxi o tratar de cobrar
un cheque) no me quitaban tiempo, energía o concentración
para hacer algo específico. Es increíble, Caracas
te da energía y te la quita. Cuando me di cuenta decidí
quedarme un rato más en Madrid.
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EL PULITZER PREMIÓ LA VALENTÍA Y EL PROFESIONALISMO
Corría 1962, tiempos difíciles para la democracia
latinoamericana. Venezuela no era la excepción, pues aunque
existía un régimen instaurado a través del voto
popular, la guerrilla surgía como movimiento desestabilizador.
El 2 de julio un grupo de golpistas desconoce las instituciones
y se produce un alzamiento militar, El Porteñazo. Los periodistas
y reporteros gráficos salen a buscar la noticia. Uno de
ellos era Héctor Rondón Lovera. Disparos de ametralladoras,
explosiones y bombardeos incesantes enfrentaba a insurrectos
de la Marina y civiles pertenecientes al Partido Comunista de
Venezuela contra las Fuerzas Armadas. Y ahí estaba Héctor
Rondón con su cámara Leica, capturando imágenes
y arriesgando su vida. Una de esas fotos recogió el terror
de la guerra, la toma del capellán Luis María Padilla
cuando ayudaba a un soldado. Estuvo en primera página,
le dio la vuelta al mundo y ganó el primer y único
premio Pulitzer para Venezuela, hasta ahora.
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