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El Mocho Sanoja
El beso del diablo
Creador de las máscaras de Yare desde los 10 años de edad. La artesanía y la fe son su vida. Con sus aportes ha popularizado esa tradición y la ha llevado al más alto rango de la creación artística
 
(Nicola Rocco) (Nicola Rocco) (Nicola Rocco)
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LETICIA BERRIZBEITIA 
EL UNIVERSAL

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Conserva sólo uno de los dedos de su mano izquierda debido a un accidente que tuvo con explosivos cuando era niño. "Perdí la mano y el nombre" -dice risueño- "porque desde entonces me llaman el Mocho". Pero el incidente no le impidió consolidarse como el gran artífice de las máscaras de los Diablos de Yare. Hoy sus piezas están entre los más cotizados íconos del folclor nacional.

Es así porque Manuel "el Mocho" Sanoja hace máscaras desde que tiene diez años: "Un oficio que ha pasado de generación en generación. Toda mi familia las hacía: mis tíos, mis abuelos, mis papás y ahora mis hijos". Aunque no cabe duda de que este legado familiar se ha visto enriquecido por ese toque de singularidad que todos los grandes artistas tienen, pero que ninguno sabe explicar: "Las máscaras se realizan desde hace mucho tiempo, pero fui yo el que les dio ese colorido… porque antes eran muy sencillitas. Las mías son las que se usan hoy en día".

La planta alta de su casa es un taller. Por allí desfilan periodistas, curiosos y jóvenes que quieren aprender una técnica centenaria con el estilo único de Sanoja: "Algunos  aprenden y otros no… y varios tienen ahora sus talleres". 

La naturaleza de esta producción artesanal, sobre la que toda la familia Sanoja se ha  volcado, no puede entenderse sin el marco de religiosidad que le dio origen, la danza de los Diablos de Yare. Desde muy pequeño, "el Mocho" integra una de las cofradías, dedicadas a bailar todos los años durante el Corpus Christi para agradecer al Santísimo Sacramento los favores recibidos. Así lo hacen desde el siglo XVII.

"Todo el que participa ahí es por fe, para poner de manifiesto la lucha entre el bien y el mal. Somos católicos", explica "el Mocho", quien es fundador de la primera directiva de la Sociedad y posee el rango de segundo capataz en la cofradía.

Con semejante trayectoria de dedicación y compromiso no es difícil entender el número de reconocimientos que Sanoja acumula, entre ellos uno otorgado por el papa Juan Pablo II en el año 2000 y la presentación en Londres en el certamen del Miss Mundo de 1984.

Además de mérito internacional, estos triunfos le han garantizado una importante clientela: "Incluso rechazamos unos cuantos pedidos porque a veces no podemos manejar todo lo que nos piden... nos buscan alemanes, italianos, estadounidenses, latinos... todos con diferentes fines", afirma.

La confección de las máscaras es artesanal y se cotizan como piezas únicas de arte venezolano. Sanoja habla del tema con la humildad que le es propia: "Artesano o artista yo digo que uno es artista gracias a ser artesano. Lo de artista lo dicen los demás. Se es artista cuando comienzas a trabajar libre, y eso es gracias a la artesanía".

Arte y rito se funden en la figura de este hombre de 71 años, cuyo ágil sentido del humor compensa la ya escasa movilidad de sus piernas que antes bailaban incesantes durante el Corpus Christi. Es sólo una de las limitaciones que sufre por la diabetes; y que su hijo, José Manuel Sanoja, se esfuerza en paliar con su asistencia y compañía.

"Tuve el privilegio de estar aquí  junto con cuatro generaciones de la familia", cuenta José Manuel, con la emoción de quien se sabe heredero de un legado valioso.
Al despedirse con un beso, "el Mocho" Sanoja se acerca para decir, entre risas, un secreto: "¿Sabes qué beso fue ese?.. El beso del diablo".


LOS DEMONIOS, ORGULLO DE LA HUMANIDAD
En 1984 la tranquilidad del taller de Manuel "el Mocho" Sanoja se vio rota con la llegada de un grupo que quería una de sus máscaras, no para usarlas en día de Corpus Christi, sino para llevársela a Londres. La singular pieza era parte primordial del ajuar de Ástrid Carolina Herrera, quien viajaba como Miss Venezuela para competir en el Miss Mundo.
El diablo le trajo suerte porque no sólo se ganó el premio al mejor traje típico sino que se trajo la corona como la mujer más bella del mundo. Pero hay otros reconocimiento para estos colorados seres de Yare, también fueron postulados como patrimonio oral e inmaterial de la humanidad, distinción que designa la Unesco. Las máscaras multicolores ya no son una propiedad de los mirandinos, ahora se pueden ver en tiendas de Europa y Estados Unidos, donde son oro en polvo. El año pasado, las máscaras estuvieron presentes en el carnaval de Logroño, España, como motivo central de la celebración.
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