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LETICIA BERRIZBEITIA
EL UNIVERSAL
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Conserva sólo uno de los dedos de su mano izquierda
debido a un accidente que tuvo con explosivos cuando era niño.
"Perdí la mano y el nombre" -dice risueño- "porque
desde entonces me llaman el Mocho". Pero el incidente no le
impidió consolidarse como el gran artífice de las
máscaras de los Diablos de Yare. Hoy sus piezas están
entre los más cotizados íconos del folclor nacional.
Es así porque Manuel "el Mocho" Sanoja hace máscaras
desde que tiene diez años: "Un oficio que ha pasado de
generación en generación. Toda mi familia las hacía:
mis tíos, mis abuelos, mis papás y ahora mis hijos".
Aunque no cabe duda de que este legado familiar se ha visto
enriquecido por ese toque de singularidad que todos los grandes
artistas tienen, pero que ninguno sabe explicar: "Las máscaras
se realizan desde hace mucho tiempo, pero fui yo el que les
dio ese colorido
porque antes eran muy sencillitas. Las mías
son las que se usan hoy en día".
La planta alta de su casa es un taller. Por allí desfilan
periodistas, curiosos y jóvenes que quieren aprender
una técnica centenaria con el estilo único de Sanoja:
"Algunos aprenden y otros no
y varios tienen ahora
sus talleres".
La naturaleza de esta producción artesanal, sobre la
que toda la familia Sanoja se ha volcado, no puede entenderse
sin el marco de religiosidad que le dio origen, la danza de
los Diablos de Yare. Desde muy pequeño, "el Mocho" integra
una de las cofradías, dedicadas a bailar todos los años
durante el Corpus Christi para agradecer al Santísimo
Sacramento los favores recibidos. Así lo hacen desde
el siglo XVII.
"Todo el que participa ahí es por fe, para poner de
manifiesto la lucha entre el bien y el mal. Somos católicos",
explica "el Mocho", quien es fundador de la primera directiva
de la Sociedad y posee el rango de segundo capataz en la cofradía.
Con semejante trayectoria de dedicación y compromiso
no es difícil entender el número de reconocimientos
que Sanoja acumula, entre ellos uno otorgado por el papa Juan
Pablo II en el año 2000 y la presentación en Londres
en el certamen del Miss Mundo de 1984.
Además de mérito internacional, estos triunfos
le han garantizado una importante clientela: "Incluso rechazamos
unos cuantos pedidos porque a veces no podemos manejar todo
lo que nos piden... nos buscan alemanes, italianos, estadounidenses,
latinos... todos con diferentes fines", afirma.
La confección de las máscaras es artesanal y se
cotizan como piezas únicas de arte venezolano. Sanoja
habla del tema con la humildad que le es propia: "Artesano
o artista yo digo que uno es artista gracias a ser artesano.
Lo de artista lo dicen los demás. Se es artista cuando
comienzas a trabajar libre, y eso es gracias a la artesanía".
Arte y rito se funden en la figura de este hombre de 71 años,
cuyo ágil sentido del humor compensa la ya escasa movilidad
de sus piernas que antes bailaban incesantes durante el Corpus
Christi. Es sólo una de las limitaciones que sufre por
la diabetes; y que su hijo, José Manuel Sanoja, se esfuerza
en paliar con su asistencia y compañía.
"Tuve el privilegio de estar aquí junto con cuatro
generaciones de la familia", cuenta José Manuel, con
la emoción de quien se sabe heredero de un legado valioso.
Al despedirse con un beso, "el Mocho" Sanoja se acerca para
decir, entre risas, un secreto: "¿Sabes qué beso
fue ese?.. El beso del diablo".
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LOS DEMONIOS, ORGULLO DE LA HUMANIDAD
En 1984 la tranquilidad del taller de Manuel "el Mocho" Sanoja
se vio rota con la llegada de un grupo que quería una
de sus máscaras, no para usarlas en día de Corpus
Christi, sino para llevársela a Londres. La singular
pieza era parte primordial del ajuar de Ástrid Carolina
Herrera, quien viajaba como Miss Venezuela para competir en
el Miss Mundo.
El diablo le trajo suerte porque no sólo se ganó
el premio al mejor traje típico sino que se trajo la
corona como la mujer más bella del mundo. Pero hay otros
reconocimiento para estos colorados seres de Yare, también
fueron postulados como patrimonio oral e inmaterial de la
humanidad, distinción que designa la Unesco.
Las máscaras multicolores ya no son una propiedad de
los mirandinos, ahora se pueden ver en tiendas de Europa y
Estados Unidos, donde son oro en polvo. El año pasado,
las máscaras estuvieron presentes en el carnaval de Logroño,
España, como motivo central de la celebración.
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