CARACAS, miércoles 01 de abril, 2009 | Actualizado hace
La generación Nintendo que piensa en bytes y megabytes, que usa el Blackberry y es capaz de dominar hasta la genética para predecir los comportamientos de la especie humana- le fija su término al homo sapiens; y montada sobre las autopistas de la información devalúa los límites geográficos y sus derivados políticos
(Freddy Henriquez)
Hace más de una década me impactó una reflexión
de Alain Touraine quien, palabras más, palabras menos,
afirma que la sociedad democrática es víctima de
su propia fuerza. La entendí como el desafío que
se le presenta a la democracia, forma de gobierno, para mudar
en condición de la vida humana y estado del espíritu.
Y es que, en efecto, más allá del Estado hecho patria
y de sus filiaciones nacionales, el hombre actual ha alcanzado
identidad y rasgos propios, léase conciencia de su dignidad
como persona.
Mal pude entender luego, por lo mismo, la grave y descontextualizada
conclusión del Informe Caputo -me refiero al estudio
realizado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo
en 2004- y que al referirse a la situación de la democracia
en la América Latina advierte sobre una preferencia
mayoritaria de la gente por los derechos sociales, a un punto
que poco le importa sacrificar los derechos sustantivos a
la experiencia de la democracia, los denominados derechos
civiles y políticos.
Una y otra visión coinciden en el diagnóstico de lo
temporal -la urgencia de que el Estado y sus instituciones
como la política- estén al servicio de los reclamos
de inclusión social y económica y sobre todo de
pertenencia de unas mayorías -víctimas del desafecto-
que se rezagaron durante el período de modernización
de nuestras naciones. Pero una y otra se muestran divergentes,
como lo aprecio, por sugerir la primera que al individuo ya
le corresponde tomar las riendas de su propio destino y asumir
su libertad con responsabilidad ante y junto a los otros individuos
quienes, junto a él, integran a la sociedad; en tanto
que la segunda predica como desiderátum la urgencia de
más Estado, en fin, la profundización en la tutela
histórica del colectivo.
Pero una y otra perspectiva, de ser llevadas a sus extremos y de
asumirse sus diagnósticos como inferencias de causas,
pueden maridarse en una percepción tanto más nociva
cuanto capaz de legitimar otro fenómeno de coyuntura,
que habla y dice acerca de la hora de la antipolítica.
Es la tesis de quienes afirman que la moratoria de lo social -así lo
sugiere Caputo- es culpa de los políticos y que siendo
los políticos parte de los partidos, aquéllos y
éstos viven su peor momento.
La consecuencia no se hace esperar. La equívoca interpretación
de la perspectiva de Touraine, quien aprecia de positiva la
madurez y autonomía de cada ciudadano cuando toma conciencia
de su misma ciudadanía, por una parte, y por la otra
la errada conclusión del Informe del PNUD, que casi apuesta
a la muerte de la democracia como fatalidad y que reivindica
los fueros de un Estado fuerte, de suyo legitiman las actuales
corrientes y gobiernos que avanzan hacia el rescate del ejercicio
populista, paternalista y personalista del poder; ese que
hoy,ex novo, se
niega al control de las instituciones republicanas y a los
equilibrios que procuraran hasta el pasado reciente y que
desprecia a “la democracia [como] la política del reconocimiento
de los otros” (Charles Taylor, The politics of recognition, Princeton University Press, 1992).
Lo cierto es que corren como río sin madre dos realidades
distintas y muy complejas, pendientes de encontrar odres nuevos
que la expresen y contengan y que escapan a los criterios
reduccionistas de la antipolítica o de la devaluación
de la democracia; premisas a las que apelan, repito, los gendarmes
civiles y militares de novísimo cuño para sostener
o hacer regresar sobre sus pasos el tiempo ominoso de los
gobiernos dictatoriales o totalitarios, de las “patrias de
bandera” -como las llama Miguel de Unamuno- y a su siglo ya
idos.
Exagero para explicarme. La realidad corriente y que no entendemos
a cabalidad indica el fin de una milenaria etapa, que se inicia
hace más de 40 mil años cuando el homosapiens logra dominar a la materia y el espacio, fabricando
útiles y armas y representando al mundo de lo objetivo
mediante el arte y los rituales, haciendo de todos éstos
la primera fuente de su poder y base sustentable de las comunidades.
Es el tiempo en que la acumulación se sitúa en la
antesala de las formas de organización social y política,
dando lugar milenios después, incluso, a las ideologías.
No por azar, en la historia más próxima surge el
Estado Nación fundado sobre criterios patrimoniales y
espaciales, y como la manifestación más acabada
y abstracta de un orden y de unas relaciones societarias y
políticas que vienen desde el alba de la vida humana
y de la cultura.
Al rompe, sin embargo, por obra de la mente del hombre y al comer
éste del árbol de la ciencia como rezan las Escrituras,
el tiempo de los espacios y de la materia es superado por
la virtualidad y lo atemporal. El tiempo de la explotación
del hombre, por razón de la acumulación material,
deriva en el tiempo de la explotación por el hombre del
mismo tiempo y de su velocidad.
La generación Nintendo -que piensa en bytes y megabytes,
que usa el Blackberry y es capaz de dominar hasta la genética
para predecir los comportamientos de la especie humana- le
fija su término al homosapiens; y montada sobre las autopistas de la información
devalúa los límites geográficos y sus derivados
políticos dándole forma a un mundo en el que estos
ceden estrepitosamente y le hacen espacio a la
Edad de la Inteligencia Artificial.
El Estado y sus correas de transmisión tradicionales -los
poderes públicos, los partidos con sus andamiajes y fardos
de ideas: capitalistas y marxistas en el lenguaje común-
restan incapaces para resolver por sí solos -con sus
viejos atributos- los asuntos inéditos de la agenda global,
inherentes al vértigo de la sociedad digital en fragua.
Y en los intestinos de cada Estado, sus mismos hacedores o
realizadores -los ciudadanos- lo aprecian como una suerte
de paquidermo lento e incapaz de satisfacer o de ser sensible
a las necesidades básicas del hombre común.
De modo que, lo constatable es que un torrente de seres humanos
se desprende a diario y para sobrevivir de sus ataduras a
lo nacional y viaja sobre las redes telemáticas o
de la información y a través de ellas satisface
sus distintas carencias; en tanto que otros grupos, preocupados
por el cambio demencial en los patrones de vida y huérfanos
de sus seguridades ciudadanas conocidas, se repliega hacia
pequeñas “patrias de campanario”: retículas de asociación
primitiva o de base, dominadas por
elementos étnicos, raciales, religiosos, culturales,
o vecinales.
Lo grave es que el “ciudadano global” medra culturalmente unificado
y ajeno a la diversidad bajo la idea y por exigencias de la
virtualidad, en tanto que, los hijos del “multiculturalismo”
asumen sus particularidades con sentido excluyente, bajo una
visión fundamentalista del cosmos. Ni aquél ni éstos
se reconocen en la otredad y aun cuando prediquen sus convicciones
democráticas de hecho son apóstatas.
La democracia vive una crisis dentro de la misma democracia.
Son sus instrumentos o elementos de realización los que
se revelan infuncionales, por atados a una organización
social de la política -la del Estado impersonal, centralizado
y omnipotente- que hace aguas, como lo hicieran antes las
repúblicas medievales o los feudos que le precedieran
en el camino de la historia. De allí que, en la actualidad,
éste sea un cascarón ocupado por ventrílocuos,
dentro del que hacen nicho el tráfico de las ilusiones
o el caos social. Venezuela es un emblema.
A la luz de los estándares clásicos de la democracia,
cabe preguntar, sin esperar respuestas inmediatas, acerca
de su vigencia ¿cómo habremos de afirmar, en lo
sucesivo, el carácter universal de los derechos humanos
-elemento esencial de la democracia representativa, según
¿Qué alcance o variación sufrirá el Estado de Derecho
con su regla de la igualdad ante la ley, abstracta y general,
en una circunstancia como la corriente, teñida de localidades
y de pequeñas aldeas con pretensiones de que la ley las
reconozca y regule en su derecho a ser diferentes?
¿En qué plano queda el sufragio universal, vía originaria
para el ejercicio por el pueblo o demos
de su soberanía, sujeto al arbitrio actual de una aristocracia
digital?
Y los partidos y las organizaciones políticas ¿cómo
lograrán conciliarse con las formas horizontales de asociación
no gubernamental o de base, que agregan intereses cotidianos
particulares y encuentran preferencia en el colectivo, incluso,
para la realización de la política?
La histórica y sustantiva exigencia de la división
del poder público y de la independencia funcional de
sus manifestaciones orgánicas, necesarias para el balance
institucional y la garantía de los derechos humanos,
¿cómo servirá con eficacia y prontitud a la
gobernabilidad de un tiempo que fluye velozmente, que cambia
y reclama de decisiones perentorias, y es extraño al
ritmo de los palacios y a las formas sacramentales del Derecho?
Y con vistas al pedido más sentido, la transparencia democrática,
que es un imperativo por obra de la misma sociedad
de la información en boga, ¿acaso no cabe considerar como lo sugiere Javier Roiz, catedrático de la
Universidad de Tarragona- que al igual que
resultan inviables las censuras, los filtros y el secreto,
fuentes del poder absoluto en todos los tiempos, también
la información de intensidad máxima y para todos
puede conducirnos hacia la desorientación, y lo que es
más grave, a la mengua de nuestras intimidades humanas?
No cabe duda, pues, en cuanto a que la democracia deja de ser
una simple forma política de gobierno y asume los perfiles
de un derecho humano. Pero sus novísimas categorías
penden de una respuesta cierta a los interrogantes anteriores,
y adecuada a las realidades del siglo en marcha.
Autor del libro “El derecho a la democracia”
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Por marisol duff
06.08.2009
8:58 AM
Excelente articulo. El fenomeno humano es mucho mas grande que sus expresiones.
Aniversario. Leoncio Martínez, mejor conocido como Leo, se convierte en 1910, el caricaturista de El Universal (...)
Haga clic aquí para ver sus caricaturas
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