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Asdrúbal Aguiar

El Estado en trance de cambios

La generación Nintendo que piensa en bytes y megabytes, que usa el Blackberry y es capaz de dominar hasta la genética para predecir los comportamientos de la especie humana- le fija su término al homo sapiens; y montada sobre las autopistas de la información devalúa los límites geográficos y sus derivados políticos

(Freddy Henriquez)

Hace más de una década me impactó una reflexión de Alain Touraine quien, palabras más, palabras menos, afirma que la sociedad democrática es víctima de su propia fuerza. La entendí como el desafío que se le presenta a la democracia, forma de gobierno, para mudar en condición de la vida humana y estado del espíritu. Y es que, en efecto, más allá del Estado hecho patria y de sus filiaciones nacionales, el hombre actual ha alcanzado identidad y rasgos propios, léase conciencia de su dignidad como persona.

Mal pude entender luego, por lo mismo, la grave y descontextualizada conclusión del Informe Caputo -me refiero al estudio realizado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo en 2004- y que al referirse a la situación de la democracia en la América Latina advierte sobre una preferencia mayoritaria de la gente por los derechos sociales, a un punto que poco le importa sacrificar los derechos sustantivos a la experiencia de la democracia, los denominados derechos civiles y políticos.

Una y otra visión coinciden en el diagnóstico de lo temporal -la urgencia de que el Estado y sus instituciones como la política- estén al servicio de los reclamos de inclusión social y económica y sobre todo de pertenencia de unas mayorías -víctimas del desafecto- que se rezagaron durante el período de modernización de nuestras naciones. Pero una y otra se muestran divergentes, como lo aprecio, por sugerir la primera que al individuo ya le corresponde tomar las riendas de su propio destino y asumir su libertad con responsabilidad ante y junto a los otros individuos quienes, junto a él, integran a la sociedad; en tanto que la segunda predica como desiderátum la urgencia de más Estado, en fin, la profundización en la tutela histórica del colectivo.

Pero una y otra perspectiva, de ser llevadas a sus extremos y de asumirse sus diagnósticos como inferencias de causas, pueden maridarse en una percepción tanto más nociva cuanto capaz de legitimar otro fenómeno de coyuntura, que habla y dice acerca de la hora de la antipolítica. Es la tesis de quienes afirman que la moratoria de lo social -así lo sugiere Caputo- es culpa de los políticos y que siendo los políticos parte de los partidos, aquéllos y éstos viven su peor momento.

La consecuencia no se hace esperar. La equívoca interpretación de la perspectiva de Touraine, quien aprecia de positiva la madurez y autonomía de cada ciudadano cuando toma conciencia de su misma ciudadanía, por una parte, y por la otra la errada conclusión del Informe del PNUD, que casi apuesta a la muerte de la democracia como fatalidad y que reivindica los fueros de un Estado fuerte, de suyo legitiman las actuales corrientes y gobiernos que avanzan hacia el rescate del ejercicio populista, paternalista y personalista del poder; ese que hoy,ex novo, se niega al control de las instituciones republicanas y a los equilibrios que procuraran hasta el pasado reciente y que desprecia a “la democracia [como] la política del reconocimiento de los otros” (Charles Taylor, The politics of recognition, Princeton University Press, 1992).

Lo cierto es que corren como río sin madre dos realidades distintas y muy complejas, pendientes de encontrar odres nuevos que la expresen y contengan y que escapan a los criterios reduccionistas de la antipolítica o de la devaluación de la democracia; premisas a las que apelan, repito, los gendarmes civiles y militares de novísimo cuño para sostener o hacer regresar sobre sus pasos el tiempo ominoso de los gobiernos dictatoriales o totalitarios, de las “patrias de bandera” -como las llama Miguel de Unamuno- y a su siglo ya idos.

Exagero para explicarme. La realidad corriente y que no entendemos a cabalidad indica el fin de una milenaria etapa, que se inicia hace más de 40 mil años cuando el homosapiens logra dominar a la materia y el espacio, fabricando útiles y armas y representando al mundo de lo objetivo mediante el arte y los rituales, haciendo de todos éstos la primera fuente de su poder y base sustentable de las comunidades. Es el tiempo en que la acumulación se sitúa en la antesala de las formas de organización social y política, dando lugar milenios después, incluso, a las ideologías. No por azar, en la historia más próxima surge el Estado Nación fundado sobre criterios patrimoniales y espaciales, y como la manifestación más acabada y abstracta de un orden y de unas relaciones societarias y políticas que vienen desde el alba de la vida humana y de la cultura.

Al rompe, sin embargo, por obra de la mente del hombre y al comer éste del árbol de la ciencia como rezan las Escrituras, el tiempo de los espacios y de la materia es superado por la virtualidad y lo atemporal. El tiempo de la explotación del hombre, por razón de la acumulación material, deriva en el tiempo de la explotación por el hombre del mismo tiempo y de su velocidad.

La generación Nintendo -que piensa en bytes y megabytes, que usa el Blackberry y es capaz de dominar hasta la genética para predecir los comportamientos de la especie humana- le fija su término al homosapiens; y montada sobre las autopistas de la información devalúa los límites geográficos y sus derivados políticos dándole forma a un mundo en el que estos ceden estrepitosamente y le hacen espacio a la Edad de la Inteligencia Artificial.

El Estado y sus correas de transmisión tradicionales -los poderes públicos, los partidos con sus andamiajes y fardos de ideas: capitalistas y marxistas en el lenguaje común- restan incapaces para resolver por sí solos -con sus viejos atributos- los asuntos inéditos de la agenda global, inherentes al vértigo de la sociedad digital en fragua. Y en los intestinos de cada Estado, sus mismos hacedores o realizadores -los ciudadanos- lo aprecian como una suerte de paquidermo lento e incapaz de satisfacer o de ser sensible a las necesidades básicas del hombre común.

De modo que, lo constatable es que un torrente de seres humanos se desprende a diario y para sobrevivir de sus ataduras a lo nacional y viaja sobre las redes telemáticas o de la información y a través de ellas satisface sus distintas carencias; en tanto que otros grupos, preocupados por el cambio demencial en los patrones de vida y huérfanos de sus seguridades ciudadanas conocidas, se repliega hacia pequeñas “patrias de campanario”: retículas de asociación primitiva o de base, dominadas por elementos étnicos, raciales, religiosos, culturales, o vecinales.

Lo grave es que el “ciudadano global” medra culturalmente unificado y ajeno a la diversidad bajo la idea y por exigencias de la virtualidad, en tanto que, los hijos del “multiculturalismo” asumen sus particularidades con sentido excluyente, bajo una visión fundamentalista del cosmos. Ni aquél ni éstos se reconocen en la otredad y aun cuando prediquen sus convicciones democráticas de hecho son apóstatas.

La democracia vive una crisis dentro de la misma democracia. Son sus instrumentos o elementos de realización los que se revelan infuncionales, por atados a una organización social de la política -la del Estado impersonal, centralizado y omnipotente- que hace aguas, como lo hicieran antes las repúblicas medievales o los feudos que le precedieran en el camino de la historia. De allí que, en la actualidad, éste sea un cascarón ocupado por ventrílocuos, dentro del que hacen nicho el tráfico de las ilusiones o el caos social. Venezuela es un emblema.

A la luz de los estándares clásicos de la democracia, cabe preguntar, sin esperar respuestas inmediatas, acerca de su vigencia ¿cómo habremos de afirmar, en lo sucesivo, el carácter universal de los derechos humanos -elemento esencial de la democracia representativa, según la Carta Democrática Interamericana- dados los relativismos inherentes al manido cruce de las civilizaciones?

¿Qué alcance o variación sufrirá el Estado de Derecho con su regla de la igualdad ante la ley, abstracta y general, en una circunstancia como la corriente, teñida de localidades y de pequeñas aldeas con pretensiones de que la ley las reconozca y regule en su derecho a ser diferentes?

¿En qué plano queda el sufragio universal, vía originaria para el ejercicio por el pueblo o demos de su soberanía, sujeto al arbitrio actual de una aristocracia digital?

Y los partidos y las organizaciones políticas ¿cómo lograrán conciliarse con las formas horizontales de asociación no gubernamental o de base, que agregan intereses cotidianos particulares y encuentran preferencia en el colectivo, incluso, para la realización de la política?

La histórica y sustantiva exigencia de la división del poder público y de la independencia funcional de sus manifestaciones orgánicas, necesarias para el balance institucional y la garantía de los derechos humanos, ¿cómo servirá con eficacia y prontitud a la gobernabilidad de un tiempo que fluye velozmente, que cambia y reclama de decisiones perentorias, y es extraño al ritmo de los palacios y a las formas sacramentales del Derecho?

Y con vistas al pedido más sentido, la transparencia democrática, que es un imperativo por obra de la misma sociedad de la información en boga, ¿acaso no cabe considerar como lo sugiere Javier Roiz, catedrático de la Universidad de Tarragona- que al igual que resultan inviables las censuras, los filtros y el secreto, fuentes del poder absoluto en todos los tiempos, también la información de intensidad máxima y para todos puede conducirnos hacia la desorientación, y lo que es más grave, a la mengua de nuestras intimidades humanas?

No cabe duda, pues, en cuanto a que la democracia deja de ser una simple forma política de gobierno y asume los perfiles de un derecho humano. Pero sus novísimas categorías penden de una respuesta cierta a los interrogantes anteriores, y adecuada a las realidades del siglo en marcha.

Autor del libro “El derecho a la democracia”

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Comentarios (1)

Por marisol duff
06.08.2009
8:58 AM

Excelente articulo. El fenomeno humano es mucho mas grande que sus expresiones.

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