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Prometeo ciudadano

CAROLINA GÓMEZ-ÁVILA |  EL UNIVERSAL
miércoles 28 de septiembre de 2011  03:50 PM

Lo de hoy es mitología griega.

Honestamente, seguirle la pista a la gran familia olímpica es mucho lío, pero algunos lo disfrutamos porque además sirve para comprender los arquetipos humanos de manera muy pintoresca.

Así que lo primero es saber que, al inicio de los tiempos, mandaban los Titanes (y las Titánidas, antes de que alguien invente un femenino contra natura). Sí, todos ellos fueron dioses cuando aún no aparecían en escena Zeus y compañía (una docena, los relevantes), contra los que libraron una batalla que perdieron y los dejaron relegados a lo más profundo del inframundo: el Tártaro.

Si empieza a ver similitudes, vamos bien.

A la segunda generación de Titanes pertenece Prometeo, el que se robó el fuego de los dioses y lo regaló a los mortales en señal de amistad; aunque en vista de los resultados, creo que habría que reevaluar la conveniencia de amistades así.

Ahora a hilar fino:

Como los dioses griegos no eran perfectos, Prometeo -ese que merecería ser bien mirado por ser benefactor de la humanidad- era también muy astuto y le gustaba ridiculizar a Zeus. En una de esas gracias, Prometeo hizo pasar tan mal rato al venático jefe del Olimpo que por venganza privó a los hombres del fuego (buen amigo, Prometeo, ¿no?).

Acto seguido, Prometeo se las ingenió para robárselo y devolverlo a la humanidad, para que pudiera calentarse y tuviera un medio para ganarse la vida. ¡El buen amigo Prometeo!

Ya está dicho que Zeus era un tipo muy vengativo, de esos que hace que paguen justos por pecadores, así que ante esta nueva afrenta, primero se vengó de la humanidad y luego de Prometeo. A la primera le mandó a Pandora para que abriera la caja aquella con todas las desgracias. Al otro, lo mandó a encadenar en el Cáucaso, una montaña enorme que era uno de los pilares del mundo y encargó a un águila que fuera hasta allí y engullera su hígado; el detalle estaba en que siendo Prometeo inmortal, el águila se comía el hígado en el día y el hígado volvía a crecer cada noche. Es por eso que el suplicio de Prometeo es -para mí- una de las imágenes más acabadas de tortura infernal.

Toda esta historia se las he contado porque me siento como Prometeo en el Cáucaso cuando lo visita el águila, cada vez que hay un nuevo lanzamiento de precandidatos, cada vez que un político promete -apostando el nombre o el cargo- que para alguna fecha no habrá pobreza, niños en la calle, o que habrá miles de viviendas construidas, o lo que es lo mismo: que viviremos mientras nos morimos de hambre. Sí, como Prometeo cuando alguien me reprocha que sea dura con la demagogia cuando viene de mi acera.

Igualito que Prometeo además, porque el hígado me vuelve a crecer mientras duermo.
Aunque eso no es siempre, por la angustia.

@cgomezavila




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