"El asalto y la toma de la plaza Verde en Trípoli fue un montaje hecho en Qatar", declaraba el Jefe del Estado con ese rictus del que se las sabe todas y a quien hay que creer hasta lo más rocambolesco. La Metro Goldwyn Mayer, con león y todo, ha debido delirar del portento técnico del realizador capaz de lograr semejante escena que con realismo inusitado cuidó hasta el más mínimo detalle. Pero la cosa no quedó allí y como diría el castizo no hay dos sin tres: un avión de cartón con butacas de utilería no era el jet del hermano Muamar, como las cadenas internacionales mostraban con perversa intención, sino un portento de utilería, con un realismo premiable con el Oscar de la Academia. La escena de los rebeldes bañándose en la piscina de la modesta casa de la hija del hermano Muamar, que algún malvado fablistán llamó la Claudia Schiffer del régimen libio, no fue sino una bañera a escala, agrandada por un efecto visual de espléndida técnica que quería mostrar una modesta casa como un palacio de obscena ostentación y pésimo gusto. Pero lo de la cárcel de Abu Salim sí que fue el no va más de la técnica escenográfica y de la tramoya: el genial montaje cuidó hasta el más mínimo detalle, incluidos muertos y la retocada historia de ese centro de tortura que, desde luego, nunca existió. La prensa de la OTAN y del Imperio se inventó que ese fue un centro de reclusión y de tortura de opositores que funcionó desde hace 42 años. La masacre de 1996, que se saldó con la ejecución de más de 1.200 reclusos, fue un engaño perverso de las fuerzas del mal para desprestigiar al líder libio que no es que era eterno sino imprescindible. Naturalmente, aquello del ingreso de los rebeldes a los aposentos del hermano Muamar, el fortín de Bab el Azizia, fue otra mentira. Si hasta se inventaron el hallazgo de un álbum de fotografías de la ínclita Condolezza Rice, aquella señora a quien un jefe de estado latinoamericano quiso "hacer el favor", intento frustrado cuando una muchedumbre enfervorecida reunida en una céntrica avenida y a pleno sol votaba que no, privándolo de acometer tan loable gesta. Quién le iba a decir a la jefa de la diplomacia del Imperio que terminaría siendo tan popular entre el Club de los Perpetuos.
Desde luego, no puede abrigarse duda de que la Orden del Libertador Simón Bolívar, recibida por el hermano Muamar en la improvisada carpa beduina levantada en la isla de Margarita de mano de su carnal venezolano, debe estar a salvo. Nadie deberá dudar que en su apresurada huida, Gadafi la llevó con él protegiéndola con su propia vida, de ser el caso.
Que el líder libio, quien prometió triunfar o salir muerto salga por piernas, quién sabe con qué destino, no deja de ser anecdótico. Que haya sido condecorado con la Orden de Simón Bolívar es una ignominia que mancilla nuestro gentilicio y que evidencia hasta dónde la megalomanía personalista es capaz de llegar cuando no hay poder público que la detenga. Porque al final el dilema no es entre derecha e izquierda, pitiyanquis o no, apátridas o revolucionarios, sino entre democracia y autoritarismo, entre militarismo y civilidad, o entre un personalismo nauseabundo frente a la convicción de que cuando se ejerce el poder se hace por obra y gracia de la Ley y que el mandato ejercido tendrá ese mismo límite y ese mismo destino.
Que no hay nada más clamoroso que algunos silencios, es un tópico. Los denunciantes de otrora de seguro se hubieran desgañitado reclamando la conchupancia de algún "Gobierno de los 40 años" con un sátrapa. Pero si es de los nuestros, es un héroe que resiste la invasión de otro imperio y todo lo que de él se diga no será más que desinformación de la prensa internacional. Pasado el tiempo se sabrá lo que ahora no podemos conocer. El alcance y cuantía del intercambio comercial y político con el hermano Muamar los conoceremos cuando haya poderes públicos independientes y una Comisión de la Verdad ponga en claro lo oculto de las relaciones exteriores de Venezuela en estos últimos años.
Que el Gobierno de Venezuela haya apoyado hasta el delirio a un tirano capaz de desangrar a su pueblo para perpetuarse en un poder que ejerce desde hace 42 años, es la expresión de la degradación institucional que ha sufrido el país y que tendrá que ser desagraviada con un aluvión de votos que pasen revista y memoria de estos años.
hvillasmilprieto@gmail.com
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