El cinco de julio de 1811 se firmó el Acta de la Independencia de Venezuela, en ella, los representantes de las provincias unidas de Caracas, Cumaná, Barinas, Margarita, Barcelona, Mérida y Trujillo, las siete provincias que le dieron las siete estrellas a la bandera nacional y que estaban representadas por cuarenta y dos ciudadanos que rubricaron el Acta redactada por Juan Germán Roscio y dieron el paso trascendental que dio forma y sustento a la Independencia de la nación que quedaría sellada con la Batalla de Carabobo el 24 de junio de 1821 y reconocida por la Corona española mediante la firma del Tratado de Paz y Amistad entre Venezuela y España, el 30 de marzo de 1845, por la reina Isabel II y nuestro presidente Carlos Soublette.
Venezuela fue el primer país de Iberoamérica que proclamó su independencia de la Corona española. Pasaron diez largos años de muchas luchas y fallecidos, hasta Carabobo y luego se hicieron necesarios casi cinco lustros de gestiones diplomáticas para que la Corona reconociera plenamente la Independencia de Venezuela.
Hoy, transcurridos doscientos años de aquella memorable firma, Venezuela se encuentra agredida y postrada ante una dictadura que se ha rendido a los pies del comunismo y entrega los recursos materiales, que deberían favorecer a los ciudadanos de Venezuela, para que el comunismo se extienda por Latinoamérica bajo las directrices dictadas por el Foro de Sao Paulo y los deseos de los dos hermanos que han acabado con Cuba.
No somos la persona adecuada para analizar y comentar los eventos que han sucedido en esa larga jornada, pero sí quisiéramos abordar algunas de las arbitrariedades surgidas en los doce últimos años.
Cuando se sucede el cambio de gobierno en enero de 1999, ya aparece la primera violación a la constitucionalidad del país. El Presidente electo realiza un acto írrito al asumir el mando de la nación ignorando la obligación de juramentarse de acuerdo con los dictados de la Constitución vigente. En su intervención ante las Cámaras del Congreso anuncia la destrucción del sistema político, social y económico de Venezuela y proclama la necesidad de sustituir a los diputados y senadores por una Asamblea Constituyente. No pasó nada.
A las pocas semanas se sucede una sentencia insólita de la Corte Suprema de Justicia donde se le da puerta franca y vía libre a los deseos del potencial dictador. No pasó nada.
De esos polvos generaron los lodos que nos arrastran. La independencia de los poderes públicos fue sustituida por el nombramiento de cómplices en todas las instancias de la vida pública. Venezuela se transformó en una hacienda, tomada y desguazada. No pasó nada.
Hoy día, quedan pocos vestigios de las industrias y comercios que le daban vida a la economía nacional y empleos productivos a sus ciudadanos. La propiedad está cada momento más cuestionada y se han inventado una serie de subterfugios para engañar a la ignorancia. La agricultura y la ganadería fueron los primeros experimentos de la ola de confiscaciones realizadas. El sistema legal se encuentra en terapia intensiva. Todos los días se aprueban leyes a la medida del dictador. No pasó nada.
Pero los dictadores del mundo se han distinguido por el boato que han desplegado a la hora de celebrar efemérides importantes. Venezuela va a celebrar los doscientos años de la Declaración de su Independencia con un desfile donde las estrellas serán equipos bélicos y armamentos comprados a cómplices de nuestra subyugación.
Entretanto, amén de los inconvenientes físicos que sufre el dictador y que han constituido una bofetada a la muy competente y desarrollada medicina nacional, tenemos enfermedades gravísimas en muchos sectores de la sociedad. Inseguridad rampante acompañada de una tragedia en todas las cárceles del país, desempleo, altísimo costo de la vida reflejado en un desbalance absurdo entre los ingresos y los egresos de la familia, crisis en casi todos los servicios, déficit irrecuperable de viviendas, agresiones a todos los sectores de la educación y la salud, una moneda que se hace agua entre las manos de quienes la tienen, son algunas de las tragedias que este sistema nos ha provocado, pero el peor evento que sufre Venezuela es la emigración de un millón de jóvenes bien preparados, emprendedores, que han puesto sus esperanzas en otras latitudes. No pasó nada.
Tenemos poco que celebrar, al menos, en el corto plazo.
rafael862@yahoo.com
@rafael862
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