" Recorrer Venecia es como leer una novela que ya conoces: sabes la trama, pero siempre que la leas será distinta" Marina gasparini
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Quien intente usar un mapa en Venecia perderá dos cosas: la paciencia y el encanto de perderse en calles enormes que no conducen a ninguna parte; en callejones estrechos que pueden llevar a espacios enormes, o al límite: la frontera con el agua. Pero no todos tienen la sensibilidad para perderse -y encontrarse-. No todo el mundo sabe sacar provecho de esos pasos en falso, de esas vueltas en círculo. No todos tienen el privilegio de vivir en el laberinto, y casi nadie el talento para descifrarlo.
Por fortuna, Marina Gasparini Lagrange (Caracas, 1955) ha tenido el valor de perderse en Venecia. Gracias a esa "pérdida", que comenzó hace casi 11 años cuando cambió las clases en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela para emigrar a Italia, hoy entrega el resultado de sus reflexiones en el libro que precisamente se titula Laberinto veneciano (de la editorial española Candaya, 2011), disponible en la librería Kalathos del Centro de Arte Los Galpones, en Los Chorros.
"Es una pérdida no perderse en Venecia", lanza Gasparini en un paréntesis que ha hecho dentro del ajetreo de presentaciones en España. "Creo que Venecia no se termina. Ya no me pierdo, pero siempre hay algo que te hace voltear, siempre hay una calle que no has tomado. Quizás es una calle que termina al borde del agua, que te lleva a un campi (especie de plaza o lugar abierto); otras veces tomo calles que sé a dónde me van a llevar, no me voy a perder, pero seguro hay algo que no he visto. En la única zona donde todavía me pierdo es en las calles de Castello, un verdadero laberinto, que tengo mucho cuidado de no aprenderme. Recorrer cada día Venecia es como leer una novela que ya conoces: sabes la trama, pero siempre que la leas será distinta. Venecia igual: es una ciudad para leerla y leerse uno con ella".
Pero Laberinto veneciano -publicado en Italia por el sello Moretti & Vitali - no es un libro sobre Venecia, aclara con prisa la autora: "Venecia es la imagen de fondo, es la excusa, es el espacio donde todo sucede". No es tampoco un diario de viaje, aunque obliga a viajar; no es poesía, pero está lleno de metáforas; no es de fotografías, aunque esté repleto de imágenes. Es un libro de ensayos en el más estricto concepto de Montaigne. Y no es casual que la escritora haya elegido ensayar -ir, volver, desandar- sobre una ciudad "que se transforma en metáfora de uno mismo". Y es en esa metáfora donde está la Venecia interior, el laberinto que Gasparini ha construido.
-Es estar dentro del laberinto de Venecia, pero que también es el laberinto mío. El laberinto de mis recuerdos y de mis recuerdos de lectura. De mis recuerdos y de mis olvidos, que regresan caminando. Es una de las cosas que más alegría me da porque yo tengo aquí un mínimo de libros en comparación con los que tuve en Caracas. Y de repente, en esas caminatas, providencialmente, cosas que pensaba olvidadas o que no tenía presentes, me llegan. Es una cosa maravillosa. No son olvidos sino que aparecen en el momento en que son necesarios.
En ese "caminar para llegar a ninguna parte", lo que cuenta es el viaje: "Caminar ha sido siempre la manera de buscar la voz que no encontraba. Para mí, caminar en el sentido de entrar en ese laberinto, era también una manera de ir detrás de la lectura", dice, y reconoce que escribe como camina: con frases cortas, con pasos lentos. ¿La prueba final de un texto terminado? Leerlo caminando.
Gasparini no se detiene en la Venecia monumental, esa que persiguen los viajeros de paso; que queda en fotos olvidadas; que forma parte del imaginario turístico y comercial. Ella fija su atención en los detalles, esos que pasan desapercibidos para la mayoría. Y a través de ellos propone un recorrido interior que es también el nuestro, el de sus lectores.
Por ejemplo, La Marangona, la primera y la última de las cinco campanas de San Marco que retumba en el silencio veneciano a la medianoche: "Las campanadas son voces que nos trae el viento. Pero ya no sabemos escucharlas. No entendemos lo que sus toques nos quieren decir", escribe en el ensayo titulado La campana. Y sigue: "Las campanadas irrumpen como los recuerdos. Son ecos del pasado y de la memoria que llegan con ritmo y sonoridad. La Marangona continúa sonando. La claridad comienza a teñir de blanco la Basílica. Recuerdo otros amaneceres. Tiempos en los que despertaba bajo la estridencia inquietante de las guacharacas. Aquellos eran los cielos de mi ciudad natal".
Es justamente uno de los pasajes que más le gustan a la escritora Victoria De Stefano: "Esa fusión, parte y contraparte de dos paisajes, dos mundos, nos trae unos versos de Vicente Gerbasi en que la noche, la noche llena de rumores de tamarindo... lo devolvía a las campanas de su aldea, pero el poeta, como la autora, estaba dormido bajo el cielo de otro mundo. Es la riqueza y la pertinencia de la asociación de imágenes visuales, pictóricas, poéticas lo que le da una carga particular de nostalgia y añoranza, como una suerte de expansión de la memoria al compás de los redobles de las campanas sonando al final todas juntas".
A ese detalle se suman otros: la hornacina con una virgen de cabellos enredados, el león alado de San Marcos, esculturas a las que les faltan los brazos; cuadros, grabados, obras de arte que ella lee: las Carceri de Piranesi, Orfeo y Eurídice de Canova, El joven de la Accademia, de Lorenzo Lotto. "Son las vidas silentes de las que habla el poeta Philippe Jaccottet. Darle voz a esos detalles, a esas esculturas, esas cosas que están ahí como esperando que las vean. que le pongan una voz. Esa es la Venecia que a mí más me ha tocado".
De esa ciudad que no se termina de conocer nunca, le atrae su reflejo. Es una ciudad que siempre está reflejándose en el agua: "A menos que esté el agua muy quieta su reflejo es siempre quebrado y eso muestra su fragilidad". Escribe en otro texto: "Venecia se está hundiendo y nosotros la acompañaremos en su naufragio".
¿Qué significa vivir en una ciudad que se hunde? "Una ciudad es como la vida del hombre, que está amenazada pero tiene momentos de gloria, y está destinada a morir. Tiene esa particularidad; es uno de los atractivos que la hace única, la ciudad que puede desaparecer. La veo muy humana, por eso justamente, como más cercana a lo que es uno como ser humano. Te pone en evidencia porque todo tiene un ciclo".
Y esa amenaza constante del agua es también metáfora de la escritura: "La salida del laberinto es una intuición que escucha palpando en el miedo y la oscuridad. Es la palabra que el agua de los canales de Venecia no suprime cuando sube la marea".
Desde los 10 o 12 años, cuando conoció Venecia, Marina Gasparini pensó que quería vivir allí. Aquella niña se había reconocido en esa ciudad, y 30 años después dirigió sus pasos a en esa dirección. Lo que ha ganado desde entonces es inconmensurable: vivir en una ciudad que invita a la introspectiva, a perderse: "Todos tenemos nuestro laberinto y Venecia nos pierde para que nos encontremos".
Gasparini acaba de editar el libro "Laberinto veneciano" (de la editorial española Candaya, 2011), disponible en Kalathos cortesía lisbeth salas
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