No hay padre que no alabe a sus hijos. Pregunte a quien quiera y escuchará cosas como: "ese muchacho es un genio", "siempre saca 20 en la boleta", "los chamos de ahora son demasiado pilas", y un largo etcétera.
Generación tras generación se repite la idea de que los niños cada vez son más inteligentes e ingeniosos. Y a los padres no les falta razón: los más pequeños evolucionan tanto como la sociedad y como el mundo en el que les toca nacer. Pero si algo no dejan de ser los niños, es justamente eso: niños. Vienen dispuestos a conocer, experimentar y descubrir el mundo, y por recursivos que sean, siempre serán inexpertos, ingenuos y curiosos. Por eso, la labor educativa de sus padres y maestros nunca estará de sobra.
Sentirse desplazado por la tecnología en días como los que corren, es normal para quien no es nativo digital. Los nuevos artefactos electrónicos tienen botones minúsculos, luces brillantes en lugares insospechados, funciones extravagantes y, en muchos casos, superfluas. Cambiar el canal de la televisión parece una tarea titánica para quien no nació antes de los 90: en un mismo control remoto se reúnen los comandos para TV, DVD, home theater y decodificador de la televisión por cable. De un sencillo control que sólo prendía y apagaba el aparato, controlaba el volumen y cambiaba los canales, pasamos al tablero de control de un jet supersónico. Y uno se siente viejo.
Ese mismo control remoto apenas pasará un par de minutos en manos de cualquier niño antes de convertirse en una herramienta sencilla y dócil, sin que nadie le haya explicado al muchachito cómo se usa tal artilugio.
Lo mismo pasa con las cámaras fotográficas y de video. Antes no sólo tenían funciones simples y limitadas, sino que se trataba de aparatos costosos a los que uno no tenía acceso antes de cumplir los 15. Teníamos que pensar bien la imagen que queríamos capturar, componer un encuadre aceptable y sólo después de avisarle a todos que estábamos a punto de apretar el obturador, podíamos proceder a tomar la foto. Y es que el proceso de revelado era lento y caro, y no podíamos darnos el lujo de desperdiciar ni un solo cuadro.
Pero la revolución tecnológica cambió el panorama: las cámaras y videocámaras ahora son digitales, el proceso de revelado se sustituyó por una transferencia de archivos a través de un cable -o Bluetooth- y los precios de los equipos se han ido reduciendo, lo que aumenta el acceso a los dispositivos. Y no sólo eso: ahora los celulares también tienen cámaras.
Luego de hacer este recuento uno siente que todo ha ocurrido demasiado rápido, pero asume con despecho que hay que montarse en el tren tecnológico. Por eso, nadie se niega a comprarle a sus hijos una cámara de avanzada, un celular inteligente o un reproductor de mp3 con capacidad para almacenar toda la discografía que antes tomaba 20 años recopilar.
El asunto que preocupa es que, en esa carrera por adaptarse, muchos padres han soltado la mano de sus hijos. Se conforman con proveerles los equipos, asumiendo que lo único que necesitan para utilizar la tecnología son competencias instrumentales que, dadas las evidencias, ellos podrán descubrir con más rapidez que sus padres.
Cierto, el niño aprende a utilizar una cámara digital en apenas horas pero, ¿sabe usted qué está haciendo con las fotos? Según estudios de Fundación Telefónica, 17,5% piensa que puede colgar cualquier foto o video suyo en el que aparezcan familiares y amigos y 8,7% no ve ningún problema en que desconocidos sepan sobre sus aficiones o su vida personal. Si alguna vez recomendó a sus hijos no hablar con extraños, ¿por qué no hizo lo mismo con internet?
Hay más cifras: más de la mitad de los adolescentes tiene su primer celular (muchos de ellos con cámara) antes de los 12 años, y el 41% de ellos lo ha recibido sin pedirlo, pues sus padres, ante la preocupación por la inseguridad, han optado por regalárselos para estar siempre en contacto.
Si usted está considerando parar la lectura para ir al cuarto de su hijos a esconderles la cámara o a desconectarles la computadora, no ha entendido: se trata de acompañarlos, fomentar en sus hijos un sentido crítico frente al uso de las tecnologías pero, ¿cómo puede hacerlo si no las conoce?
Nadie da lo que no tiene, así que la recomendación es que explore su cámara, extienda todo el menú de su celular para conocer sus funciones o trate de domar su control remoto. Abra una cuenta en Facebook, conéctese con sus amigos y viva la experiencia. Sólo así podrá disfrutar los placeres del reencuentro, identificar riesgos de seguridad y entender la dimensión de las tentaciones a las que sus hijos están expuestos a diario.