Ya estaba fuerte lo de Joaquín Comosellame, que así lo denominó el Presidente el 1 de mayo
Las operaciones de distracción lanzadas por las fuerzas hegemónicas son tan planetarias y dan tanto de que hablar -unas veces por crueles, otras por ridículas- que ayudan a otros gobiernos a distraer también. Simpático fenómeno éste, el de tomar prestada una cortina de humo.
No vayamos demasiado lejos ni en la geografía ni en la historia: la hoguera de vanidades de la boda real; la precoz beatificación de Juan Pablo II; y todo ese montaje hollywoodense de la muerte y lanzamiento al mar de Osama bin Laden han terminado ayudando al presidente Hugo Chávez a quitar el foco de atención que muchos se empeñaron en colocar sobre una de sus más intragables inconsecuencias revolucionarias: la entrega express de un perseguido político y comunicador social alternativo a la oligarquía colombiana.
Quién lo diría, el comandante tendrá que dar gracias a la casa real británica, a la claque vaticana y a las fuerzas especiales gringas por haber puesto a los cabezacalientes a hablar de otros temas. Ya estaba fuerte lo de Joaquín Comosellame, que así lo denominó el Presidente durante el mitin del 1 de mayo, tras compararlo con el frustrado magnicida Francisco Chávez Abarca.
Una vez más lo ha alumbrado una buena estrella pues en la semana más digna de olvido de su historia como líder antiimperialista, al jefe del Estado le cayeron de perlas estos tres episodios de la más pura raigambre imperial y mediática. Estas tres noticias prefabricadas para consumo de enormes masas embobadas han logrado -como daño (¿o será beneficio?) colateral- que los voceros de muchos movimientos populares venezolanos y latinoamericanos hayan bajado sus niveles de indignación o, mejor dicho, hayan desviado la indignación hacia asuntos más tradicionales suyos como el anacronismo de las monarquías, el negocio de una Iglesia que trafica con puestos en la zona VIP del cielo y -el favorito- las barbaridades de Estados Unidos y su decepcionante presidente negro árabe.
Hace unos días, en el chavismo no se hablaba de otro tema que no fuera "¿Por qué el comandante se dejó 'becerrear' por su malévolo mejor amigo?". Hoy, gracias a las fuerzas distractivas del matrimonio de William y Kate; del ascenso de Wojtyjla a las alturas divinas y del asesinato e inmersión de Osama bin Laden, el tema del deportado ha quedado restringido a los más obstinados y tercos ultrosos.
Pero, bueno, como operación de distracción es operación de distracción -sea propia o prestada-, resulta obligatorio recordar que Joaquín Pérez Becerra (así se llama, comandante) es ahora un "terrorista" muy especial porque, a diferencia de otros más célebres, ha sido certificado como tal por un gobierno revolucionario. Y eso no es puro humo.
clodoher@yahoo.com
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