Damnificados con más de dos años en refugios se ven desplazados
Nadie debería pasar más de tres meses en un refugio, pero en la práctica los damnificados se eternizan en estos galpones a la espera de una vivienda. Por ejemplo, en el refugio La Posada (Gramoven) todavía quedan 13 familias procedentes del barrio Federico Quiroz que fueron desalojadas en 2008 (a este grupo se unieron otras 92 afectadas por las recientes lluvias).
"Ahora tenemos menos esperanza de que nos den una vivienda, porque se están sumando más damnificados", dijo Róger González. El próximo 29 de noviembre se cumplen dos años desde que él y su familia llegaron a este albergue.
El mal se repite en la Ciudadela de Catia, donde en marzo pasado Ayarí Alemán y un grupo de mujeres iniciaron una huelga de hambre para reclamar que después de casi dos años las autoridades seguían sin ofrecerle una opción habitacional en la capital.
Veintidós familias damnificadas de la parroquia San José van a cumplir tres años en el albergue que funciona en la antigua fábrica de Van Raalte, en La Yaguara. Aguardan la culminación del proyecto de viviendas que se desarrolla en Brisas del Panteón. "Eso está crudo, yo creo que todavía le falta un año más", dice resignada Jendri, una de las afectadas.
Con las recientes víctimas de las lluvias las prioridades cambian en el refugio de Van Raalte. Por estos días la Fundación de Acción Social de Libertador acelera los trabajos para acondicionar un galpón en la planta baja del edificio, donde se aspira alojar "temporalmente" a 300 familias de Antímano. Cuando Oscar Cegarra y otros 130 residentes de Santa Ana, llegaron al albergue, donde antes funcionaba la fábrica Pastas Ronco (en Antímano), tuvieron que alojarse provisionalmente en la escuela Carlota de Noguera, pues este refugio colapsó. Hoy casi 700 personas se encuentran allí.
La Ciudadela de Catia está que revienta. El galpón tiene capacidad para 600 damnificados y hoy alberga 800. Samira López tiene más de un año en ese centro. "Estamos esperando que se culmine un proyecto en Guarenas, pero por ahora tenemos que aguantarnos, vivir hacinados y calarnos que metan a más personas aunque no haya espacio".
El colapso de los refugios y la cantidad de afectados han derivado en la toma forzosa de hoteles y la transformación de escuelas en albergues para repartir allí a los damnificados.
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