Llama poderosamente la atención la confluencia en la pequeña ciudad de Mérida (de finales del silgo XIX y comienzos del XX), de una verdadera pléyade de ilustres personalidades. Muchas hipótesis se han propuesto en este sentido para dar respuesta al fenómeno, pero ninguna hasta ahora ha podido captar en toda su magnitud lo que subyace en el fondo de tal maravilla cultural, lo que ha sido su extraordinario magma; lo que de alguna manera hace "distinta" a esta ciudad en el contexto nacional, e incluso universal. No tendría sentido entonces en tan pequeño espacio hacer una lista de sus figuras, pero resulta interesante destacar que el 10 de este mes celebramos el sesquicentenario del nacimiento de Gonzalo Picón Febres (Mérida, 1860 - Curazao, 1918), cuyo derrotero vital dejó huella indeleble en la pequeña urbe, y a lo largo del vasto camino andado en su inusitada trashumancia.
Fue Picón Febres una personalidad compleja e incisiva en todos los órdenes de su existir, lo que le trajo consigo serias desavenencias con muchos de sus contemporáneos, así como también una admiración y un respeto por su labor intelectual —rayanos en "temor" reverencial— que ha trascendido los linderos de su tiempo histórico. Los cincuenta y ocho años vividos, desperdigados en disímiles destinos, nos bastan para denotar en su trabajo narrativo y de estudio literario, aportes sustantivos para la comprensión de la Venezuela rural, que entró por la puerta grande del modernismo a los tiempos de la modernidad, sin que ello implicara que en lo particular nuestro autor se haya circunscrito a escuela literaria alguna; de allí su importancia y la necesidad de su estudio e interpretación histórica.
Tuvo Picón Febres un espíritu inquieto que no dio sosiego para legarnos una obra singular, cuya génesis se ubica hoy en los linderos de la propia existencia nacional desde la palabra impresa; ergo, desde lo literario. Gonzalo expide (para ilustrarlo de alguna manera) la partida de nacimiento del país literario, por la vía del reconocimiento crítico de los autores decimonónicos (fundamentalmente), y también de los del nuevo siglo, sin que ello se tradujera en aquiescencia de su parte, en compromiso personal, o en afinidades mundanas con los escritores que cayeron —para bien o para la tribulación de éstos— en las garras de su portentosa y a veces flamígera pluma.
No cedió Picón Febres en la debilidad ni en la condescendencia a la hora de afirmar o de denostar de un "talento" evidente o en cierne, lo que implicó necesariamente el deslinde casi acérrimo de reuniones y de tertulias, que son por definición la antesala del favor y de la lisonja. Buscó nuestro autor con afán (casi enfermizo) la objetividad total en sus opiniones y acciones en el terreno profesional (fue abogado, docente y diplomático), y en el de la creación. No obstante, aunque es discusión filosófica ardua en la que nunca se llega a acuerdos, que en el actuar humano la objetividad total es casi una imposibilidad ontológica, inherente a nuestra naturaleza falible, lo que trae consigo el yerro contumaz, la cuadratura mental, la rigidez de nuestras posiciones, y finalmente el entrar en los absolutos que suelen ubicarnos en el Olimpo, en donde viven los dioses, pudo Picón Febres salir airoso de la requisición histórica, de la que ninguna figura pública puede escabullirse sin riesgo a ser etiquetado.
A pesar de su reconocido orgullo y a veces de su empecinado ensimismamiento, la recia personalidad de Gonzalo Picón Febres se erige hoy —a casi cien años de su partida— en un punto de encuentro para el análisis necesario en torno a nuestro hecho cultural (particularmente en lo literario), como premisa insalvable a la hora de definir lo que hemos sido como país, y lo que esperamos ser en los tiempos por venir.
rigilo99@hotmail.com
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