El efecto de dicho sentimiento podría ser abrir espacio para que su hermano Raúl, quien ahora es el presidente, promulgue las reformas necesarias de cara a lo que seguramente será la batida en retirada de los comunistas ortodoxos dentro del Partido y de la burocracia. Raúl Castro ya está flexibilizando el control estatal de la economía.
Jeffrey Goldberg
The Atlantic Monthly
Pasaron muchas cosas extrañas en mi último paso por La Habana (aparte del espectáculo de los delfines, al cual me referiré más adelante), pero una de las cosas más inusuales fue el nivel de autorreflexión de Fidel Castro. Mi experiencia con autócratas comunistas es bastante limitada (tengo más experiencia con los autócratas que no son comunistas), pero lo que pareció más sorprendente fue que Castro no tuviera reparos en admitir que erró el tiro en un momento crucial en la crisis de los misiles cubanos (pueden leer acerca de lo que declaró al final de mi publicación anterior, aunque manifestó, palabras más, palabras menos, que lamentaba haberle pedido a Kruschev que bombardeara Estados Unidos con armas nucleares).
Más sorprendente aún fue algo que dijo durante el almuerzo el día de nuestro primer encuentro. Estábamos sentados alrededor de una mesa más bien pequeña; Castro; su esposa Dalia; su hijo Antonio; Randy Alonso, figura prominente en los medios de comunicación oficiales, y Julia Sweig, la amiga que traje para verificar, entre otras cosas, que yo no dijera algo demasiado estúpido (Julia es una destacada académica latinoamericana en el Consejo de Relaciones Exteriores). Al principio me interesé principalmente por ver a Fidel comiendo: había sido una combinación de problemas digestivos lo que había conspirado para matarlo, y pensé en dedicarme un poco a la Kremlinología gastrointestinal y observar de cerca lo que consumía (por cierto, ingirió pequeñas porciones de pescado y ensalada y un gran pedazo de pan mojado en aceite de oliva, así como una copa de vino tinto). Sin embargo, durante la conversación bastante informal (acabábamos de pasar tres horas hablando acerca de Irán y el Medio Oriente), le pregunté si creía que el modelo cubano seguía siendo algo que valiera la pena exportar.
"El modelo cubano ya no sirve ni para nosotros", contestó.
Eso me dejó pasmado. ¿Acaso el líder de la revolución dijo, en esencia, "no importa"?
Le pedí a Julia que me interpretara una declaración tan contundente para mí. Ella me dijo: "No es que él esté rechazando el ideario de la Revolución. Lo asumo como un reconocimiento de que en "el modelo cubano" el Estado desempeña un papel demasiado grande en la vida económica del país".
Julia apuntó que el efecto de dicho sentimiento podría ser abrir espacio para que su hermano Raúl, quien ahora es el presidente, promulgue las reformas necesarias de cara a lo que seguramente será la batida en retirada de los comunistas ortodoxos dentro del Partido y de la burocracia. Raúl Castro ya está flexibilizando el control estatal de la economía. De hecho, anunció recientemente que las pequeñas empresas ahora pueden funcionar y que los inversionistas extranjeros podrían comprar bienes raíces en Cuba. (Obviamente, lo gracioso de este nuevo anuncio radica en que los estadounidenses no pueden invertir en Cuba, no por la política cubana, sino por la política estadounidense. En otras palabras, Cuba ha comenzado a adoptar el tipo de ideas económicas que durante tanto tiempo Estados Unidos ha exigido, pero no se les permite a los estadounidenses participar en este experimento de libre mercado a causa de nuestra política de embargo hipócrita y estúpidamente contraproducente. Por supuesto que lo lamentaremos cuando los cubanos se asocien con europeos y brasileños para comprar todos los mejores hoteles).
Pero me estoy yendo por la tangente. Hacia el final de este almuerzo prolongado y relajado, Fidel nos demostró que realmente está casi retirado. El día siguiente era lunes, cuando se espera que los líderes máximos estén ocupados y manejando por su propia cuenta sus economías, mandando a los disidentes a la cárcel y cosas por el estilo. No obstante, la agenda de Fidel estaba libre. Nos preguntó: ¿Quieren ir conmigo al acuario para ver el espectáculo de los delfines?"
No estaba seguro de haberlo escuchado correctamente. (Eso pasó varias veces durante mi visita). "¿El espectáculo de los delfines?"
"Los delfines son animales muy inteligentes", dijo Castro.
Noté que habíamos programado una reunión a la mañana siguiente con Adela Dworin, le presidenta de la comunidad judía de Cuba.
"Tráela", sugirió Fidel.
Alguien en la mesa mencionó que el acuario estaba cerrado los lunes. Fidel contestó: "Mañana estará abierto".
Y así fue.
Al día siguiente, al final de la mañana, después de recoger a Adela en la sinagoga, nos encontramos con Fidel en las escaleras de la casa de los delfines. Le dio un beso a Dworin, no por casualidad en frente de las cámaras (quizás otro mensaje a Ahmadineyad). Pasamos juntos por una sala amplia e iluminada enfrente de un gran tanque de vidrio con delfines. Fidel se explayó diciendo que el espectáculo de los delfines en el Acuario de La Habana era el mejor del mundo, "completamente único", de hecho, porque se trata de un espectáculo bajo el agua. Tres buzos se lanzan al agua, sin equipo de respiración y realizan elaboradas acrobacias con los delfines. "¿Le gustan los delfines?" me pregunta Fidel.
"Me gustan bastante", contesté.
Fidel llamó a Guillermo García, el director del acuario (cada empleado del acuario, claro está, se presentó a trabajar "voluntariamente", eso fue lo que me dijeron) y le pidió que se sentara con nosotros.
"Goldberg", me dijo Fidel, "pregúntele de los delfines".
"¿Qué tipo de preguntas? inquirí.
"Usted es periodista, hágale buenas preguntas", comentó y luego se interrumpió. "De todas maneras, él no sabe mucho de delfines", dijo apuntando a García. En verdad es físico nuclear".
"¿En verdad?" pregunté.
"Sí", respondió García como excusándose.
"¿Por qué dirige el acuario" indagué.
"Lo pusimos aquí para apartarlo de las bombas nucleares", dijo Fidel y luego se echó a reír.
"En Cuba, sólo usamos la energía nuclear para fines pacíficos", comentó García con seriedad.
"No pensaba que estuviera en Irán", contesté.
Fidel apuntó al pequeño tapete que estaba debajo de la silla giratoria especial que le trajeron sus guardaespaldas.
"Es persa", dijo y volvió a reírse. Después agregó: "Goldberg, hazle tus preguntas acerca de los delfines".
Ahora, en el lugar de los hechos, me volví a García y le pregunté: ¿Cuánto pesa un delfín?
"Pesan entre 100 y 150 kilos", señaló.
"¿Cómo entrenan a los delfines para que hagan lo que hacen?" le pregunté.
"Ésa es una buena pregunta", comentó Fidel.
García llamó a uno de los veterinarios del acuario para que ayudara a contestar la pregunta. Se llama Celia. Minutos más tarde, Antonio Castro me dijo su apellido: Guevara.
"¿Usted es hija del Ché?
"Sí", respondió.
"¿Y es veterinaria de delfines?"
"Atiendo a todos los habitantes del acuario", manifestó.
"Al Ché le gustaban mucho los animales", comentó Antonio Castro.
Hora del espectáculo. Las luces se oscurecieron y los buzos se zambulleron en el agua. Sin entrar en mucho detalle, diré que otra vez, para mi sorpresa, estaba de acuerdo con Fidel: el acuario de La Habana presenta un espectáculo fantástico de delfines, el mejor que haya visto y, como padre de tres hijos, he visto cantidad de ellos. Diré que jamás he visto a alguien disfrutando un espectáculo de delfines como Fidel Castro.
En la próxima entrega, abordaré temas tales como el embargo estadounidense, la situación religiosa en Cuba, el vía crucis de los disidentes políticos y la reforma económica.
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Traducción: Conchita Delgado
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