El mundo pareciera moverse pendularmente de izquierda a derecha y, en mi opinión, esto tiene una explicación. La esencia del Estado moderno, aquello que lo diferencia de la actividad privada, es que tiene el monopolio de la violencia, "autoridad" que los políticos utilizan para "organizar" a la sociedad. Pero como la violencia va contra la naturaleza de las cosas, decía ya Aristóteles, estos Estados terminan destruyendo y los políticos tan desprestigiados que dan lugar al recambio.
La buena noticia es que, entre cambio y cambio, existe una tendencia global subyacente hacía el bien, hacia la menor intervención estatal. Un caso sintomático es la comunista China (con una población que supera a EEUU y Europa juntos) que, de a poco, ha venido dejando la mano férrea del Estado que reprime al mercado.
Durante los noventa, y hasta hace una década, Iberoamérica y la Unión Europea (UE) liberaron servicios y privatizaron empresas. Pero después vinieron las ideas socialistas que inflaron los gastos todavía más, y la economía de US$ 14 billones de la UE, comparable a la de EEUU, se dedicó a apuntalar un insostenible Estado de "bienestar". Hoy Europa es una potencia decadente comparada con Asia.
Así, mientras que Obama pierde cada vez más popularidad, la izquierda en el Viejo Continente está en franca retirada. A la vez que José Luis Rodríguez Zapatero anunciaba su plan de austeridad, desdiciendo sus ideas socialistas (aunque no demasiado), David Cameron y Nick Clegg acordaban desalojar a los laboristas británicos del poder, con lo que ya no queda ningún país grande de Europa gobernado por la izquierda, ni siquiera en coalición, como fue el caso de Alemania hasta el otoño pasado.
Por el momento, y según se conformen las coaliciones en Bélgica y Holanda, 15 de los 27 ejecutivos nacionales de la UE quedaron en manos de la derecha, siete son socialdemócratas y cinco manejados por partidos de centro o liberales. Las últimas elecciones europeas, abrieron el camino de Bruselas a conservadores como el presidente de la UE, Herman Van Rompuy; el presidente de la Comisión, José Manuel Durão Barroso, y el presidente del Parlamento Europeo, Jerzy Buzek, entre otros.
Si no fuera debido a que no es fácil deshacerse de la burocracia que vive del estatismo, y al hecho de que los políticos de derecha, al fin de cuentas, también viven del Estado, el retroceso ideológico de la izquierda parecería dramático porque, entre los siete que quedan, están Grecia, Portugal y España, que están implementando recortes del gasto público. Irónicamente, estás medidas les harán perder las elecciones al quitarles el apoyo de sus propias bases, lo que en el caso de España ya se nota en las encuestas. La izquierda ganó el otoño pasado en Portugal y Grecia, pero Sócrates ya sufrió una moción de censura y Papandreu soportó seis huelgas generales, y graves disturbios que se han cobrado, nada menos, que vidas humanas (habría que preguntarles, a estos socialistas, dónde quedaron los derechos humanos).
Así, los socialistas románticos, los que no tienen que lidiar con la cruda realidad, están desilusionados. El Ecofin del 9 de mayo, donde se decidió crear un fondo de rescate europeo (con dineros públicos, claro, al mejor estilo estatista) y se urgió a países como España a que redujeran su déficit, se realizó un domingo por la tarde antes de que abriera la Bolsa. La secretaria del Partido Socialista francés, Martine Aubry, se quejó: "Da la impresión de que para salvar a los pueblos nunca hay acuerdo, pero para salvar a las bolsas, sí".
Entretanto en Iberoamérica ocurre algo similar. Mientras que el gigante Brasil está gobernado por un sindicalista algo más moderado de lo que se preveía, en Chile el socialismo fue barrido, en Colombia el oficialismo va camino de consolidarse. Perú es gobernado por un socialdemócrata devenido a la derecha y en Argentina y Venezuela el estatismo viene desacreditándose rápidamente aunque la derecha no consigue un liderazgo convocante.
alextagliavini@gmail.com
Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California
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