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Vivir por las apariencias
VÍCTOR M. ORTEGA |  EL UNIVERSAL
viernes 18 de junio de 2010  03:52 PM

Los venezolanos somos diferentes a la gente de otras latitudes en muchas cosas. No sé si tendrá que ver el que seamos una nación que se considera rica, por la renta petrolera, aun cuando en verdad la mayoría de sus habitantes se la pase comiendo cable. Dicen que somos el pueblo más vanidoso del mundo, el que más gasta per cápita en acicalarse, y por ello no es de extrañar que igualmente vivamos de la pretensión como ningún otro.

Nos gusta guardar las apariencias, acomodar las cosas de modo que no nos veamos mal. No en balde nuestro gobierno lo hace todos los días, como si nada. Por ejemplo cuando nuestros atletas no ejecutan de acuerdo a lo que se esperaba de ellos, nuestros narradores y/o periodistas deportivos, no dicen que tal o cual deportista o equipo nacional fracasó, sino que "no tuvo suerte". Igual sucede cuando algún funcionario público rojo, rojito incumple sus deberes, no se le penaliza, pobrecito, sino que se le premia con algún cargo mejor remunerado; un consulado en España o algo por el estilo.

Poco hablamos con la verdad por delante y siempre estamos inventando excusas para todo. Hasta en las cosas más sencillas. Si alguien nos ofrece café o cualquier otra bebida y no queremos, antes que decir simplemente "no, gracias", hilvanamos una historia: "no, mira, es que me tomé dos tazas antes de salir y ahora estoy un poco mal del estómago, tengo como acidez", o cualquier otra similar. No nos basta decir no. Hay que explicar con lujo de detalles nuestra negativa para no "despreciar" a nuestro oferente. Igual ocurre cuando dejamos de cumplir una cita, promesa o compromiso. Matizamos nuestra irresponsabilidad y le damos un carácter neutro a las razones para nuestra falla. "Me enrollé en la casa (me quedé dormido), "surgió un problema" (tuve que darle la cola a mi esposa para la peluquería), "tuvimos una emergencia" (se me perdieron las llaves del carro), hasta la ahora clásica todoterreno de nuestro gobierno: "no es mi culpa, es una conspiración del imperio".

Si por casualidad nos encontramos con alguien a quien teníamos tiempo sin ver, si no tenemos nada de qué hablar, en vez de despedirnos sin más (puesto que sabemos que ya no tenemos nada en común), preferimos salir del paso acordando una supuesta cita futura a sabiendas de que no se va a cumplir; "nos llamamos", decimos mintiendo descaradamente. Nos pasamos la vida ofreciendo cosas que no cumpliremos, al igual que lo hacen nuestros gobernantes.

Nos cuesta despedirnos de los demás en cualquier circunstancia. Repetimos una y dos veces lo que ya se dijo en una conversación, especialmente telefónica. Es obvio que no nos importa perder el tiempo, y si tenemos un problemita no lo pensamos dos veces antes de molestar a otro, incluso si ello significa llamar a medianoche. En esa circunstancia no falta el "perdona que te llame tan tarde pero…", como si fuera una emergencia, para después de escuchar "no, no está bien no te preocupes, estaba leyendo", hablar de una tontería que pudimos haber tratado al día siguiente. O preguntar ¿te desperté? y luego escuchar "no, no, tranquilo…" y luego un par de bostezos mal disimulados. Así que tampoco debe ser un abuso meterle a la gente una cadena televisiva de seis horas para hablar pistoladas. "¿No te importa, verdad?"

No es difícil entender por qué como país nos encontramos en la situación actual y por qué tan alto porcentaje de nuestra población prefiere esconder la cabeza en la arena, antes de enfrentar la realidad. Es mejor vivir por las apariencias, meternos la coba de que vivimos en una democracia.

victorortega46@cantv.net



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