CARACAS, viernes 18 de junio, 2010 | Actualizado hace
Chávez siempre ha tratado a los venezolanos como en el fútbol: a patadas, pero creo que en los últimos meses se ha pasado de la raya. Primero fue el cambio del régimen de divisas con debilitamiento del bolívar fuerte, anunciado en horas de la noche del 8 de enero mientras muchos venezolanos se encontraban durmiendo o viendo televisión como entretenimiento. Después, el 12 de enero decretó el racionamiento de la electricidad en casi todo el país, menos en Caracas por miedo a la "bajada de los barrios"; justificando su sabia decisión en la crisis energética debida al efecto inhibidor sobre las lluvias del fenómeno El Niño, no a su ineficiencia en el mantenimiento de la red eléctrica nacional. Y en los últimos meses, la patada ha sido un golpe bajo, más o menos a nivel del estómago, con los 4 mil y pico de containeres repletos de alimentos en descomposición, suficientes como para trazar una línea recta de 30 kilómetros, y transportar un poco más de 86 mil toneladas de alimentos esenciales para alimentar a 2 millones y medio de caraqueños durante 1 mes.
De paso, hasta el buque Santa Paula fletado por Pdvsa para la ayuda humanitaria de Haití fue devuelto por las autoridades de la Republica Dominicana con sus 51 contenedores de alimentos descompuestos. Pero, sin pena y sin vergüenza, Chávez no pierde ni la verruga ante estas patadas tan desleales hacia el pueblo venezolano, incluyendo la entrega del país a los cubanos, sino que asume una posición de ofendido, maltratado y perseguido por la supuesta oligarquía criolla ante la campaña mediática que denuncia todas sus barbaridades. Y entonces arrecia su verborrea en cadena nacional para justificar lo injustificable, y ejecuta cortinas de humo, como la intervención de bancos y la detención de Guillermo Zuloaga, para distraer la atención del venezolano sobre estos graves problemas ocasionados por su régimen totalmente incapaz. De paso, aprovecha el entretenimiento de la población en el Mundial de Fútbol para aplicar más profunda su anestesia.
Mientras tanto, los 28 millones de venezolanos estamos como el arquero en el campo de fútbol: llevando palo, aguantando patadas y esperando a que Dios se acuerde de nosotros para inclinar la balanza a nuestro favor. ¿Será posible? La esperanza es lo último que se pierde. Y el 26 de septiembre está cerca. Que así sea.
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