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Esperanza
JUAN MIGUEL MATHEUS |  EL UNIVERSAL
jueves 17 de junio de 2010  01:28 PM

En su libro "Memoria e identidad", Juan Pablo II nos enseñó que "el mal, aunque lo parezca, nunca prevalece sobre el bien". Tales palabras representan la clave para resistir los sufrimientos y las angustias producidos por el régimen que oprime a Venezuela. En los tiempos que corren, en los cuales el mal se asoma como victorioso, los venezolanos estamos obligados a cultivar la esperanza. Debemos asumir, aunque la inteligencia y la voluntad se rebelen, que el triunfo del mal es aparente. Solo así estaremos en condiciones de luchar cuanto sea necesario, sin decaer, hasta que las cosas cambien para mejor. La salida a la crisis que padecemos y la construcción del porvenir serán, en definitiva, obra de nuestra esperanza.

Junto a la fe y a la caridad, la esperanza es una de las tres virtudes teologales. Ésta permite a la criatura humana colocar sus aspiraciones últimas en bienes trascendentes, no terrenos. Su vivencia conlleva a la comprensión de un conjunto de verdades sobre las cuales debería edificarse todo orden político, y que son obviadas o tergiversadas por los regímenes totalitarios: (i) que no hay paraíso posible ni permanente en la tierra, (ii) que estamos aquí abajo de paso, con un estatus de viajeros (status viatoris), (iii) que la vocación de bien del hombre no se agota en la ciudad terrena y, por último, (iv) que no hay sistema político, por grande, justo o poderoso que sea, que colme por sí solo la vocación de felicidad de la persona humana.

Lo anterior no obsta, sin embargo, para que en la ciudad terrena se depositen buena parte de las posibilidades morales del hombre. Como bien señaló Aristóteles, esta existe para "la vida buena". Por ello no debe convertírsela, ni mucho menos, en un valle de lágrimas (Jacques Maritain). En ella han de reinar el amor, la verdad, la justicia y la libertad, lo cual implica lucha, sacrificios. La certeza de que el mal no triunfa sobre el bien demanda compromiso. Exige que se procuren todos los medios necesarios para el triunfo del bien. Se trata, para ponerlo en criollo, de un "a Dios rogando y con el mazo dando". En ello estriba la estructura interior de la esperanza, la cual no es una virtud pasiva sino activa y responsable.

Así las cosas, ¿qué significa para los venezolanos vivir la virtud de la esperanza en los actuales momentos? Significa, en primer lugar, convencernos de que Hugo Chávez, con toda la maldad de su régimen, está destinado al fracaso. Ningún proyecto totalitario ni de dominación puede mantenerse en pie frente al bien y a la verdad. Segundo, que Hugo Chávez no es apto, por mucho que hable del socialismo del siglo XXI, de saciar la vocación de felicidad de los venezolanos. Y tercero, acaso lo más importante, que quienes luchamos por una patria justa debemos poner todos los medios a nuestro alcance no solo para derrotar a Hugo Chávez sino, sobre todo, para sanar a Venezuela del virus totalitario. Ello supone una lucha generosa, sin cuartel, que no tiene fecha de vencimiento: persiste mientras persistan las injusticias. Para ello debemos entender que no luchamos por resultados concretos sino por la seguridad de que se defienden la verdad y la justicia. La nuestra es, como diría Sócrates a los atenienses, una lucha que da sentido a la existencia porque reposa sobre la convicción de que se hace lo correcto, lo que dicta la conciencia.

jmmfuma@gmail.com
Twitter: @JuanMMatheus



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