Comenzó el Mundial de Fútbol y durante un mes, las esperanzas de muchos cambiarán de destino. Con el balón correrán también los días y las horas, apurando así ese reloj invisible que llevamos encima todos los venezolanos y del que, como autómatas, pareciéramos esperar el sonido de una alarma que no sabemos exactamente cuándo nos despertará.
Un mes menos en el calendario político nacional, que servirá de trapo rojo tanto al Gobierno como a la oposición, para distraer la atención de los venezolanos y que, al mismo tiempo, les hará más llevadero ese día a día, en el que, según anuncia un slogan publicitario del oficialismo, "lo extraordinario se vuelve cotidiano". Para cuando termine el Mundial, el 11 de julio, fecha pautada para esa gran final que varía de quiniela a quiniela, estaremos prácticamente a un mes y medio de las elecciones parlamentarias de septiembre. Pan y circo siguen siendo nuestras primeras necesidades. Cualquier gobierno con conocimientos básicos de historia universal lo sabe de sobra. No es casualidad que se hayan suspendido los cortes de electricidad y que, a la vez, contradictoriamente, se extendiera hasta el 30 de julio el horario de medio tiempo en la administración pública, para "seguir contribuyendo con el ahorro de la energía eléctrica". Aunque la decisión se tomó en principio "considerando que las condiciones hidrológicas de aportes al embalse del Guri (sur) han mejorado significativamente, rebasando récords históricos", la decisión tiene otras motivaciones aparentemente secundarias pero no menos importantes, "especialmente en vísperas del inicio del campeonato mundial de fútbol" de Sudáfrica, como aseguraría el propio Chávez en cadena nacional. Un circo, este último, con los artistas y la carpa prestadas.
La historia moderna de Venezuela nos enseña que no es la primera vez que la política y el fútbol se mezclan. Ya en el Mundial de 1982, el SI de la campaña de Jaime Lusinchi se mezcló disimuladamente unos de esos días, en que no se podía hacer propaganda electoral, en las páginas deportivas de algún periódico, con el otro "si" del monosílabo final del apellido de Paolo Rossi, el mismo del 'hat-trick' ante Brasil, primero y, después, anotador del gol frente a Alemania, en el partido final, que le dio a Italia su tercer campeonato.
A nivel mundial los ejemplos sobran. Aún está presente en la memoria de muchos, la denominada guerra del fútbol entre Honduras y El Salvador, debido a los incidentes ocurridos alrededor de las eliminatorias de la Copa Mundial de Fútbol de 1970, que dejó un lamentable saldo de víctimas. En 1966, cuando Corea del Norte dio una de las mayores sorpresas en la historia de los mundiales venciendo 1-0, a la Italia de Albertosi, Facchetti, Bulgarelli, Perani, Mazzola, Rivera y compañía, el asunto creó tal crisis nacional que fue discutido en el Parlamento italiano. El caso de Zidan el astro de fútbol francés, que en alguna ocasión dijo "soy un Kayble primero" para dejar asentado su origen argelino, ha sido puesto como símbolo de la unidad, por el hecho mismo del fútbol, entre dos razas y culturas históricamente enfrentadas, la francesa y la argelina. Y qué decir, más recientemente, del uso político descarado, que el presidente del Barsa Joan Laporta, ha hecho del equipo, de sus triunfos deportivos y hasta del estadio, en su propio beneficio, dentro del movimiento nacionalista catalán.
Y así pudiéramos continuar, pero Alemania le acaba de meter otro gol a Australia y no puedo evitar la conclusión de que los jugadores teutones siempre juegan igual, no importa en qué selección, todos los jugadores alemanes se parecen, son casi copias. Finalmente, el equipo germano mete el cuarto sin mucho esfuerzo. Alguien que está cerca comenta en voz alta, que los alemanes hacen lo mismo todo el tiempo, siempre juegan igual, ¡se parecen a los coreanos! Cosas del fútbol.
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