El verdadero deporte es limpio. Los futbolistas tienen derecho a no ser lesionados
El Mundial otra vez. El único deporte universal. Y el más bello. Alegra mucho y además sosiega pues, cual bálsamo, alivia el sufrimiento de la humanidad. Es el espectáculo que más capta la atención mundial y durante un mes más de 10.000 millones de personas obsesionadas por las deleitosas fintas futbolísticas, son ultra influidas por sus ídolos.
Empero, al socaire de tánto esplendor se perpetran delitos. Bastantes veces aquellos ídolos dan muy malos ejemplos con trampas y una violencia ilegal que causa lesiones aun delictuosas. Los cándidos se sorprenden y hasta disgústanse cuando se les comenta esta realidad. Creen (algunos lo fingen) que el deporte es sólo fiesta pura; pero el deporte desviado es factor criminógeno. Cabanellas opinó que "sobre todo en el fútbol" se debe hablar de "criminales del deporte, beneficiados con un impunismo tan inexplicable como el que durante milenios alcanzó a los criminales de guerra".
Las personas prominentes son paradigmáticas. Muy bien si se les admira por su honradez, talento y saber, todo lo cual es fuente incontaminada del más genuino prestigio. Muy mal si es sólo por mal habidos cargos o riquezas causales de triunfos espurios. Los delincuentes exitosos, si no son castigados y la sociedad legitima sus fechorías, son eficaces modelos de conducta. En especial las estrellas del deporte son atractivas para el común y máxime en jóvenes y niños. Lo que digan -o en veces balbuceen- interesa más que medulosas exposiciones de sabios. Según Bandura los niños aprenden malas conductas de otros que no son castigados. Así aquellos ídolos terminan por substituir a sus padres en la idealización infantil o aun adolescente de los héroes. Hay que enseñarles que como sentenció un gran intelectual, héroe es el que hace todo lo que puede. Si tienen unos padres honrados que a diario se sacrifican en un trabajo puro y duro para cuidarlos a cabalidad, no hay mejores héroes que esos padres ejemplares.
El Mundial hace el inestimable bien de avivar el amor a la patria; pero en los países que no van a la competición por su debilidad futbolística -caso de Venezuela- y que no han erigido un sólido carácter como nación -lo cual también afecta a los criollos-, menudea la pérdida de identidad de los telespectadores. Recuerdo una situación bochornosa: a Ronaldo lo rodearon un grupo de venezolanos que delirantes gritaban ¡Venezuela! con reiteración. Y el as brasilero los atajó con brusquedad: "¡Yo juego es para Brasil!". Así que a los fanáticos (cuya sola denominación ya es sintomática de una desmesura rayana en la histeria y ahora potenciada por un insólito zumbido demencial en los estadios), se ha de aconsejar no sólo una reflexión sobre el Mundial sino también que se conduzcan con sobriedad y guarden la compostura...
aaf.yorga@gmail.com
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