el Banco Central baja la inflación para que la economía sea competitiva y el gobierno incentiva a los exportadores
En diciembre de 1994, la economía mexicana fue sacudida por una severa crisis de balanza de pagos denominada el efecto tequila. No era la primera vez que ese país sufría un colapso de su sector externo, toda vez que las autoridades monetarias habían optado por disminuir la inflación empleando para ello la fijación del tipo de cambio. Durante comienzos de los años noventa, México emprendió un vigoroso programa de modernización de su economía con el objeto de acelerar su industrialización, para lo cual avanzó un programa de liberalización, abriendo su economía a la inversión externa tanto en la actividad manufacturera y de servicios como en el sector financiero. En materia fiscal el Gobierno logró equilibrar sus cuentas, mientras que el Banco de México (Banco Central), ahora independiente, le imprimió un signo estabilizador a la política monetaria. Sin embargo, las autoridades persistieron en la idea de emplear el tipo de cambio para bajar la inflación, lo que a la postre resultó trágico para el país azteca, hecho que significó un cambio fundamental en la política económica.
Después de la crisis de diciembre de 1994, México continuó aplicando una política para promover sus exportaciones porque visualizaron sus dirigentes que la fuente de crecimiento más estable no es el mercado interno sino el mercado mundial. Tras la crisis cambiaria, la significativa pérdida de sus reservas internacionales y la maxidevaluación que siguió, tuvo México que ser auxiliado mediante una acción conjunta entre el Gobierno de Estados Unidos y el FMI, a través de una gigantesca inyección de recursos líquidos que le permitió pagar la deuda en mora y financiar su crecimiento. Aprendieron así los mexicanos la dolorosa lección de que no se debe usar el tipo de cambio para combatir la inflación y que además la fijación del tipo de cambio frena la diversificación de la economía. Tiene México desde entonces un tipo de cambio flexible que le permite al Banco de México manejar apropiadamente la cantidad de dinero y las tasas de interés, todo lo cual ha resultado en una disminución gradual pero sostenida de la tasa de inflación, hasta el punto de que en 2009 los precios aumentaron 3,6% sin que existan controles de precios o de cambio.
La política monetaria de México es muy clara: el Banco Central se concentra en bajar la inflación para que la economía pueda ser competitiva y el Gobierno, mediante un conjunto de incentivos fiscales, procura que los exportadores reciban los beneficios de la ampliación del mercado que implicó la adhesión de México al tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá, no sin los riesgos que implica una concentración excesiva de sus exportaciones al mercado estadounidense.
Venezuela, por su parte, ha sido errática y discontinua en su política económica. A partir de 1990 se abrió la economía, después de un control de cambio que se extendió entre febrero de 1983 y enero de 1989. Como resultado del desmontaje de los controles, la inflación saltó en 1989 para luego comenzar a disminuir lenta y gradualmente, pero sin que se hubiese consolidado una baja sostenida de la presión inflacionaria. Con la liberación del tipo de cambio se entendió quizás por primera vez en Venezuela que el precio del dólar debía fluctuar como cualquier precio de la economía. Pero ello duró poco. Con la entrada de capitales que se registró a partir de 1990 con las privatizaciones se pensó que se daría un salto en materia de diversificación apoyada en una política cambiaria que privilegiaba un tipo de cambio débil con el objeto de encarecer las importaciones y favorecer las exportaciones. El problema con esta política es que para que funcione la inflación debe mostrar una clara tendencia a la baja y, lo que es más importante, debe acercarse a la de sus socios comerciales, de otra forma la economía queda fuera del mercado mundial, como efectivamente ocurrió.
