Los términos Ciudad Universitaria, Villanueva, arquitectura y arte van unidos indisolublemente. Estas cuatro ideas armonizan un concierto, pero es su análisis de manera independiente el que permite entender cómo se vinculan entre ellas para que su producto, la Ciudad Universitaria, sea definida por los estudiosos del tema como la obra más importante de Carlos Raúl Villanueva, llegando a decirse que constituye un "ejemplo excepcional del movimiento moderno de arquitectura inspirado en la Bauhaus. Agrupa una gran cantidad de edificios y funciones organizados en un conjunto limpiamente interrelacionado y enriquecido con piezas maestras de arquitectura moderna y de otras artes plásticas, en lo que se ha dado en llamar la Síntesis de las Artes Mayores, que encuentra su máxima expresión en el Aula Magna, con sus nubes acústicas de Alexander Calder, en el Estadio Olímpico con sus enormes estatuas alegóricas al deporte y en la Plaza Cubierta con sus murales y esculturas de artistas de la talla de Jean Arp, Fernand Léger, Víctor Vasarely y Mateo Manaure" (Wikipedia, 2010).
La Ciudad
Se construyó según el proyecto de Villanueva, entre 1940 y 1960 en los terrenos de la hacienda Ibarra, propiedad donada por el Libertador Simón Bolívar a la antigua Real y Pontificia Universidad de Caracas, luego de su reorganización bajo los estatutos republicanos que la convirtieron en la moderna Universidad Central de Venezuela (UCV); y en la cual se incluyeron terrenos para que la UCV pudiera contar con zonas rentales que le permitieran generar ingresos reinvertibles para el desarrollo de sus actividades académicas.
La Ciudad Universitaria fue concebida desde su inicio como un único campus en donde se pudiera concentrar todas las funciones académicas de docencia, investigación y extensión. Por la magnitud e importancia del proyecto se requería de un compromiso tanto de planificación urbana como de diseño arquitectónico, por lo que para asegurar la homogeneidad de criterios y partidos arquitectónicos el Presidente de entonces, Isaías Medina Angarita, designa al maestro Villanueva como su arquitecto rector proporcionándole la oportunidad de aplicar sus ideas de integración de arte con una arquitectura en gran escala.
La obra, de unos dos kilómetros cuadrados de extensión, destaca como una de las más exitosas aplicaciones de la arquitectura moderna en América Latina. En su inicio la conformaban cuarenta edificaciones que, con el paso del tiempo y la necesidad de ampliarse, actualmente suman más de ochenta. Cada una es única, respondiendo específicamente para el uso académico para el cual fue concebida; ahora bien, tanto por el empleo de los materiales y acabados como por su ubicación dentro de la trama urbana conforman un conjunto espacialmente coherente.
En su desarrollo, Villanueva trabajó en estrecha colaboración con artistas que contribuyeron al desarrollo de su magna obra arquitectónica y que él supervisó tanto el proyecto como su ejecución durante más de 25 años.
Nuestra Aula Magna, frente a cuyas limitaciones de acústica asume Villanueva el riesgo de la experimentación y emprende junto a Alexander Calder y los asesores acústicos Bolt Beranek and Newman la aventura de una espacialidad distinta donde el arte, la técnica y la arquitectura no encuentran distinciones.
Constituyó la Ciudad Universitaria una comunidad utópica, donde la vivienda estudiantil y de profesores formaba parte del mismo entorno urbano donde se estudiaba, se enseñaba, se practicaban deportes y se disfrutaba del arte integrado a la naturaleza.
Fue durante muchos años esta Ciudad Universitaria ejemplo de vida comunitaria: en las inmediaciones de las residencias estudiantiles se encontraban el comedor universitario y la tienda, un poco más allá los lugares para el cultivo del cuerpo, el arte, el estudio y la fiesta; se vivía en contacto con la naturaleza, se privilegiaba el caminar, la convivencia, y en las aulas se estimulaba la investigación y la obtención libre de conocimientos más que el aprendizaje de lo establecido.
Hoy, las aulas han invadido las residencias estudiantiles y ya no viven los estudiantes en el campus, pese a ello resulta necesario preguntarse si no fue este un modelo de vida ejemplar donde la calidad de la existencia prevalecía por encima de la eficiencia y la utilidad.
Villanueva, con su oportuna escogencia tanto del artista como de la obra, legó una Ciudad Universitaria museo abierto para recorrerla y disfrutarla.
Villanueva incursionó en el diseño de mobiliario urbano, destacando entre las piezas concebidas para ser empleadas en la Ciudad Universitaria unos bancos con bases de concreto armado y una superficie conformada por tablones de madera maciza que aun a pesar del paso del tiempo se mantienen actuales por la pureza de su diseño y la nobleza de sus materiales. También, consciente de la necesidad ya para ese entonces de controlar las entradas, diseñó unos portones a ser colocados en sus entradas principales que no llegaron a ser construidos ni colocados en su momento pero el diseño con todas sus especificaciones técnicas de construcción, instalación y necesidad sigue vigente.
Considerada una de las grandes creaciones de la arquitectura del siglo XX, ha continuado a lo largo de los años su desarrollo logrando que en 2000, por iniciativa de su Facultad de Arquitectura y Urbanismo, fuera declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, siendo el primer campus universitario en América Latina en recibir tal honor.
Obra ciudadana
Si bien destacamos el valor arquitectónico de la Ciudad Universitaria, no podemos obviar el significado de la UCV como creadora de otra arquitectura, esa que modela al venezolano desde lo académico en las distintas áreas del saber y que, así como en la construcción se integran de manera armónica diseño, materiales y modelos, en la formación de los universitarios se trabaja en el diseño y creación de ciudadanos integrales, para lo cual lo académico se entrelaza con el desarrollo del espíritu, de una amplia visión del mundo, de una conciencia crítica, del ser humano respetuoso, tolerante, no aferrado a un pensamiento único, todo sobre una base sólida de profundo contenido ético. La obra de la UCV trasciende sus muros y se expresa de manera tangible en la actuación de la gran mayoría de sus egresados y en su contribución al país.