El Ávila es un recurso invalorable, que si bien está a la vista de todos desde los cuatro puntos cardinales, en muchos casos, debido a la cotidianidad y al frenético ritmo de nuestros tiempos, pasa inadvertido entre los habitantes de Caracas. Sin embargo, siempre ha estado allí, acompañándonos, velando por todos, nutriéndonos de belleza, agua y aire puro desde tiempos inmemoriales.
En este sentido no puedo sino recordar testimonios de visitantes, que inmunes a esa vorágine rutinaria del día a día, en su momento nos han abierto los ojos ante la sólida magnificencia del macizo que se levanta orgulloso al norte de la capital. "La verdad es que ustedes son unos privilegiados al contar con esa belleza de montaña. El solo hecho de despertar y mirarla te hace sentir que realmente estás vivo", nos dijo hace unos cuantos años Astrid de Imery, una colombiana oriunda de Medellín, que visitó Caracas y se quedó maravillada ante la sobria personalidad de El Ávila.
Más recientemente, Laura González, venezolana con muchos años radicada en la localidad de Attleborough, en el Reino Unido, aprovechó una visita a Caracas para tomarle fotos a El Ávila desde todos los ángulos imaginables. "Me las llevo a Inglaterra para mostrárselas tanto a mis compañeros de estudios como a mis profesores", dijo orgullosa.
Uno de los primeros que se mostró impresionado por la majestuosidad de la montaña fue el gobernador Juan Pimentel, quien en 1558 se la describió en detalle al mismísimo rey Felipe II de España.
Existen varias versiones acerca del origen de su nombre, todas enmarcadas hacia finales del siglo XVI. Una de las más populares da cuenta de que su nombre data de 1573, cuando Gabriel de Ávila, Alférez Mayor de Campo y posterior alcalde ordinario de Caracas, adquirió unos terrenos a las faldas de la montaña, que comenzaron a ser denominadas sencillamente... tierras de Ávila.
Otro antecedente histórico que hay que mencionar sucedió allá por 1800, cuando el explorador, naturalista y científico alemán Alejandro von Humboldt se convirtió en la primera persona en subir a la cima de la montaña, partiendo desde la actual Sabas Nieves y coronando en la llamada Silla de Caracas. Para la época, una hazaña sin precedentes.
Desde el 12 de diciembre de 1958, El Ávila fue convertido en Parque Nacional, reivindicando el anhelo de la población capitalina que quería que se garantizara la conservación de este regalo de la naturaleza, que además de pulmón natural y de fuente importante de agua potable, sirve de esparcimiento y de inspiración para artistas.
El pintor de El Ávila
"Para quien pinta el valle de Caracas, como yo lo hago, la montaña es un elemento inevitable, pues está en todas partes... Tiene el encanto, la dulzura de los cuerpos jóvenes, su estructura triangular repite los mismos volúmenes que se lograrían si uno dejara caer suavemente en un sitio un puñado de arena", dijo Manuel Cabré, el llamado Pintor de El Ávila, en 1980.
Cabré fue un personaje muy particular e irrepetible. Nacido en Barcelona, España, este artista se sintió atraído por la montaña desde los siete años, cuando llegó a Caracas acompañando a su padre el escultor Ángel Cabré y Magriñá, quien fuera invitado por el presidente Joaquín Crespo para participar en un programa de ornato monumental para la capital.
Desde entonces El Ávila ejerció sobre el artista una especie de magnética fascinación que nunca le abandonó sino hasta 1984, año cuando murió a la avanzada edad de 94 años.
Sus obras Fragmentos de El Ávila y El Ávila desde La Urbina, retratan como nadie la pureza pictórica del cerro, y es por ello que forman parte del acervo cultural venezolano.
Pero no siempre es frescura y verdor. El calor sofocante vestido de rojos y amarillos también se ha hecho presente de manera recurrente, por lo que es indudable que así como Cabré disfrutó de la rutilante luminosidad de la montaña, también debió haber sufrido por la voraz quema que año a año, verano a verano, consume buena parte del pulmón caraqueño. Es cierto que también año a año recupera cíclicamente su verdor, pero verlo tan vulnerable, envuelto en llamas, sobre todo para un ser humano tan sensible como el catalán, debió ser poco menos que devastador.
Por momentos, debido a ese fuego despiadado, pareciera que el equilibrio entre la naturaleza y la obra del hombre se resquebrajara, pero como dijimos antes, el noble Ávila año a año recupera esa luminosidad inmortal que plasmó magníficamente Cabré en sus lienzos.
Tradición centenaria
Desde 1770 El Ávila es protagonista de una de las tradiciones más enraizadas de Caracas. Se trata de los Palmeros de Chacao, quienes desde aquel lejano siglo XVIII suben todas las vísperas de Semana Santa a buscar palma real. Esta tradición se inició cuando el párroco José Antonio Mohedano, ante la virulencia de la peste de fiebre amarilla que azotaba a Caracas, solicitó clemencia a Dios, evocando el pasaje bíblico de la entrada de Jesús a Jerusalén. Entonces el sacerdote envió a los peones de las haciendas a la montaña, a que bajaran las hojas de las palmas. Desde esa remota fecha los Palmeros de Chacao traen las hojas que son repartidas en las iglesias cada Domingo de Ramos.
Es evidente que El Ávila está íntimamente ligado a la caraqueñidad. Historia, cultura, esparcimiento, religión se fusionan alrededor de una montaña noble, orgullosa y por todas las cosas, protectora de los que tenemos el privilegio de vivir a sus faldas. No importa que debido al frenesí propio de nuestra era, pasemos de largo sin siquiera echarle un vistazo, El Ávila siempre estará allí, erguido cual vigilante silencioso de las nuevas generaciones.