El tránsito del socialismo al capitalismo se remonta a los años 80 del siglo pasado, pero fue bajo la presidencia de Boris Yeltsin, una vez desaparecida la Unión Soviética, cuando se impulsó la liberalización de la economía al influjo del Consenso de Washington. La experiencia, inédita en la Historia, se inició con la llegada de Mijail Gorbachov al poder en 1985 y tuvo como causa principal el derrumbe de la economía soviética, cuya única base de sustentación era la renta petrolera.
En ese momento la gran potencia militar, que se disputaba el dominio del mundo con EEUU, parecía estar llegando a una fase terminal y la decisión de iniciar un proceso de reformas económicas y políticas (Perestroika y Glasnot), obedecía a la imposibilidad de continuar financiando crecientes inversiones en el complejo militar industrial, mantener la carrera armamentista, sostener un imperio que iba más allá de Europa del Este y darle de comer a 300 millones.
A pesar de avances en la industria aeroespacial y bélica, la economía central planificada había fracasado en producción de alimentos y bienes de consumo.
Gorbachov decide entonces una apertura parcial a la inversión extranjera, más autonomía para las empresas estatales, un mercado libre limitado, la activación de cooperativas, explotación individual de la tierra y aumento de salarios. Los resultados son pobres, muchas industrias, privadas de subsidios, van a la quiebra, el aumento de la demanda provoca un fenómeno desconocido, la inflación y las mafias, incrustadas en las cadenas de producción y distribución, se enriquecen como nunca.
Ese año Arabia Saudita cuadruplica la producción de crudo a instancias del presidente Reagan y los precios pasan de 35 a 10 dólares el barril. Como consecuencia la URSS deja de percibir 20 mil millones de dólares anuales, el imperio se tambalea y la única forma de sobrevivir es acudiendo a la ayuda de Occidente.
Vistas así las cosas, las reformas son producto más de presiones de Occidente y sobre todo de EEUU, que del espíritu de apertura y cambio que habrían animado a Gorbachov.
Pero la desintegración de la Unión era inevitable y en 1992, ya al frente de la Federación Rusa, Yeltsin impone la terapia de choque bajo la conducción del primer ministro Yegor Gaidar.
Rusia entra al capitalismo salvaje con la liberación de precios y la privatización caótica de las empresas estatales, de las cuales se apropian los ex dirigentes comunistas, mientras el pueblo llano sufre los rigores de la hiperinflación.
Así, en 1993 el 40% de la población vivía en pobreza (ingresos inferiores a 25 dólares mensuales), en comparación con el 1,5% de 1988 y la expectativa de vida se había reducido de 64 años (1990) a 57 (1994).
La crisis económica desata una crisis política, el Parlamento ruso se opone a las reformas y destituye a Yeltsin, pero éste toma a sangre y fuego su sede y mueren 187 personas. Ese mismo año Yeltsin hace aprobar una Constitución que le otorga mayor poder y en 1996 es reelecto con el apoyo de la nueva oligarquía y el voto desganado de una mayoría que había perdido la fe en su líder.
En 1997 estalla la crisis asiática y al año siguiente, ante la baja de los precios del petróleo, Rusia vive un colapso financiero que demanda la intervención del FMI con un préstamo de 22,6 mil millones de dólares. La cifra no alcanza para frenar el derrumbe del rublo, viene la fuga en masa de capitales, la quiebra de empresas y un desempleo galopante.
Una vez más Rusia acude a la ayuda humanitaria para exorcizar el fantasma de la hambruna ante una recesión tan grave como la de 1930.
Pero la recuperación vino rápido y en 1999 la producción petrolera repunta con el alza de los precios y tecnologías de recuperación de pozos introducidas por las transnacionales.
El 31 de diciembre de 1999 Yeltsin cede el pode a su pupilo, el ex KGB, Vladimir Putin. Ocho años después el país había experimentado una notable recuperación con crecimiento consecutivo durante 9 años y un promedio de 7% anual.
En 2008 el PIB superó los 2 mil millones de dólares, el salario promedio llegó a 640 y solo 14% de la población vivía por debajo de la línea de la pobreza. Cifras que se debían a la estabilidad política alcanzada por el gobierno (acusado de autoritario) de Putin, un incremento de las inversiones extranjeras y la producción de bienes no transables en el mercado interno, pero, sobre todo, al aumento de los precios del petróleo que, con el gas, los metales y las maderas, representa 80% de las exportaciones.
En 2008-2009 otra crisis (internacional, pero con graves efectos internos) tumba la puerta de la casa rusa, ahora gobernada por el tándem Putin-Medvedev, para evidenciar debilidades propias del subdesarrollo como la preponderancia de una economía basada en la exportación de materias primas que resucitó viejos demonios: baja de los precios del petróleo, caída del PIB de 2,2% a menos 6%, cierre de miles de empresas, disminución del consumo, devaluación del rublo, una inflación que trepó al 13% y 6 millones de parados en un población activa de 76 millones de personas.
Mientras los oligarcas invertían en la Costa Azul, en equipos de fútbol ingleses o minas de uranio y metales raros de África y Latinoamérica, el gobierno trataba de estabilizar los equilibrios macroeconómicos auxiliando a los bancos, comprometidos con sus similares norteamericanos en operaciones que se revelarían catastróficas. Los auxilios consumieron 230 mil millones de dólares, redujeron las reservas internacionales de más de 600 mil millones a 370 mil y evitaron el crash. Pero el rebote no será tan rápido como en 1998 y todavía Rusia sigue siendo un gigante con pies de petróleo.