HHH El desarrollo económico de Italia es un ejemplo de ascenso, caída y reconstrucción que ofrece, como caso histórico, una visión de extralargo plazo muy ilustrativa de hechos centrales que marcan grandes cambios materiales en la vida de las naciones.
Modernamente se sabe que la clave del desarrollo está en el avance sostenido de la productividad, entendiendo ésta como la capacidad de producir más y mejor con menos trabajo, capital y recursos. Para lograrlo, es indispensable combinar instituciones, inversión, innovaciones, tecnología, recursos humanos y una ética ligada a grados superiores de convivencia social. El cómo llegar a ello sigue siendo objeto de estudio, al igual que el camino contrario: cómo se pierde lo alcanzado.
ROMA
La antigua Roma forjó dos paradigmas duraderos. Uno fue el Derecho Romano, que como sistema jurídico dio seguridad a transacciones, propiedad y contratos, inmenso avance para estimular la actividad económica. Otro fue el urbanismo aunado a la infraestructura en vías de comunicación. Ambos factores, en lo físico e institucional, redujeron substancialmente los costos transaccionales, y llevaron a un aumento sin precedentes en la productividad, a pesar que las técnicas de producción agrícola y manufacturera evolucionaron cualitativamente poco. Sin ley o infraestructura, la historia de Roma no habría pasado de ser otro despliegue fugaz de fuerza militar.
La caída de Roma también ilustra la fragilidad del desarrollo. La falta de flexibilidad política limitó el ascenso de las mayorías, mientras la enorme riqueza acumulada sembró en los dirigentes un sentimiento de autocomplacencia que debilitó al ethos con que se había construido el sistema. Así, la estructura se degradó en lo interno, antes de ser arrasada por invasiones desde afuera.
VENECIA Y GÉNOVA
Una segunda edad de oro comenzó en el norte de Italia alrededor del siglo XIII, liderada por los puertos de Génova y Venecia, en lo que fue albor del capitalismo mercantil. Estos italianos comenzaron a usar la contabilidad de doble entrada, innovación muy exitosa que permitió el registro de las operaciones sobre la base del "debe" y el "haber", y conocer así con precisión la posición financiera de los negociantes.
Esta práctica, que hoy resulta obvia, dio entonces un gran impulso a las actividades de financiamiento y seguros, contribuyendo poderosamente a reducir costos transaccionales y elevar la productividad, hasta el punto de convertir a estas ciudades en polos dinámicos de expansión económica.
No obstante, el flujo de oro y plata desde América, y la expansión naviera-comercial de Portugal en las costas de África y Asia, abrieron oportunidades de negocios en la costa atlántica europea que socavaron las ventajas gozadas por los italianos. A partir de mediados del siglo XVI, estas ciudades comenzaron a decaer, hasta el punto que terminaron siendo presa de golosos vecinos como Francia, España y el Sacro Imperio. De nuevo, la Historia demostró la fragilidad del desarrollo, esta vez por efectos de un paso adelante en la globalización económica.
ITALIA
Italia se convirtió en Nación después de la mitad del siglo XIX, con movimientos liderados por Mazzini y Garibaldi, que llevaron a la unificación de sus varias regiones. A pesar de las ventajas que podía representar este cambio político, Italia no pudo sino transitar lentamente el camino de la revolución industrial, ya adelantado con éxito en otras partes. La pugnacidad partidista y los regionalismos, junto al ascenso posterior del fascismo y el desastre de la II Guerra Mundial impidieron avances mayores.
La verdadera revolución industrial comienza en Italia después de este conflicto bélico, cuando al fin se establece una ética de convivencia democrática y progresista entre comunistas y democristianos que funda la República italiana. Fue una crítica innovación política que junto a la ayuda e inversión extranjeras sostuvo un esfuerzo considerable de industrialización y construcción masiva de infraestructura.
Los resultados fueron sorprendentes. Entre 1951 y 1968, la economía italiana creció un promedio de 5,6% anual, y la productividad lo hizo en 4,6% por año (1948-1968). Un factor concomitante fue el nacimiento de una miríada de pequeños y medianos empresarios, cuya alta participación en el PIB sigue siendo característica de esta economía.
Las ganancias de productividad permitieron una expansión sostenida de exportaciones y competitividad, hasta llevar a este país en 1987 a superar por vez primera al Reino Unido en términos de PIB.
Aunque hasta hace poco Italia ocupaba el puesto 8 en calidad de vida y 23 en PIB per cápita (entre 111 países), su economía experimenta un declive continuo de potencial de crecimiento. La búsqueda de nuevas fuentes de productividad ha sido sofocada por la renovada pugnacidad política, en medio de la necesidad de un cambio de modelo que favorezca la innovación y la formación de capital.
El debate se centra hoy en cómo instaurar un mayor grado de libertad económica. Italia se encuentra en el fondo de Europa en esta materia.
La economía mixta semiplanificada que floreció durante la inmediata posguerra ya no da para más. La inversión en investigación y desarrollo se encuentra entre las más bajas del continente, y así es poco lo que cabe esperar en productividad.
El mayor parecido actual con Venezuela es que aquí rige en finanzas públicas y planificación una mentalidad que conjuga los aspectos ideológicos antiproductivos que vienen mermando al desarrollo italiano. Otro parecido es que en Italia los "demoliberales" no terminan de convencer a una mayoría determinante sobre los avances económicos y sociales que son alcanzables con menos burocratismo y más libertad de mercado.