HHH Muchas veces volver atrás -o rebobinar, si prefieren- es de tanta utilidad, que hacer ese ejercicio puede resultar beneficioso para los venezolanos de hoy. Comencemos por ver cómo podría ser.
En la década de los 50 del siglo XX, quien entonces despuntaba como uno de los grandes iniciadores de eso que hoy llamamos "políticas públicas", Charles Lindblom, profesor de la Universidad de Yale, propuso que de las vías abiertas a un analista de cualquier sociedad, cuatro se destacaban.
1.- Escudriñar en su propia historia, con el propósito de ver cómo ella había encarado problemas similares, y cuáles salidas había encontrado.
2.- Buscar en otras sociedades pistas de igual tipo, que le sugiriesen interpretaciones y caminos. Esto es lo que los primeros sociólogos -Saint Simon y Comte en lugar destacado- llamaron el método "histórico-comparativo".
3.- Observar con atención y agudeza de ingenio cómo sociedades contemporáneas -vecinas o distantes- ante problemas del mismo tipo desbrozaban caminos y encontraban soluciones; y finalmente
4.- El uso acucioso de la imaginación, con apoyo constante de la experiencia, para ofrecer hipótesis y despejar caminos.
Hoy vamos a mezclar estos cuatro modos para contemplarnos en un espejo ajeno, que aunque nos luzca muy lejano, con nosotros, los venezolanos, tiene una extraña cercanía. Se trata del espejo alemán.
Sería increíble si la Historia no desmintiese a cualquier escéptico que se preguntase: ¿alemán? ¡Qué ocurrencia! ¿Nada más cerquita pudimos escoger?
Pues sí, la misma gente que justo desde el amanecer del lejano siglo XVI nos ha acompañado.¿O es que no fueron alemanes de pura cepa los fracasados Welzares, que a pesar de ser expertos en finanzas, cayeron en la alucinación de El Dorado? ¿O es que creemos que nada hubo antes de los Madoff, Stanford y Lehman Brothers?
Cuando moría el siglo XVIII y nacía el XIX ¿no anduvo entre nosotros un prominente alemán, explorador acucioso como Alexander von Humboldt? Lo seguirían luego sus paisanos, campesinos de la Selva Negra, los temerarios colonieros de Tovar de cuya productividad disfrutamos todavía por estos días.
Nunca, pues, los alemanes han dejado de mostrar interés por estos trópicos, tanto como para ser los nórdicos que con mayor constancia nos han acompañado. Razón tenía el perfil que Talcott Parsons elaboró del pueblo alemán: hay en él dos rostros, como el mitológico Jano. La cara que siempre hemos visto y oído, la del alemán serio, responsable, terco incluso y al que siempre imaginamos con dificultades para entender a los otros.
La otra, la romántica y aventurera, que disfruta los carnavales y canta en la Oktoberfest. ¿Sería esta otra cara la que les trajo a estas tierras calientes donde sin sorpresa aparecería la primera? Tendríamos al trabajador insigne, creador de productos "eternos", prototipo de lo alemán.
Viejo país joven
A los romanos debemos las primeras noticias sobre las tribus germanas. Sería, sin embargo, la Edad Media la que los pondría en el escenario europeo, cuando crearon la Liga Hanseática en las riberas del Rhin, y se arrogaron la herencia imperial de Roma con aquella ficción que se llamó el "Sacro Imperio Romano-Germánico", cuya cabeza más recordada fuera la de Carlos V.
Al despuntar la modernidad fueron protagonistas de primera fila, cuando llevaron a cabo la primera revuelta exitosa contra la poderosa Iglesia medieval. ¿Quién no recuerda la proeza que iniciaron el fraile agustino Martin Lutero y los príncipes alemanes que le respaldaron?
Sería en suelo alemán donde se libraría buena parte de lo que muchos han considerado la Primera Gran Guerra Europea (de los Treinta Años), que concluyó en 1648 con la "Paz de Westphalia". Por extraña coincidencia, fue justamente por aquellos años que se iniciaba lo que hoy conocemos como Alemania.
Con la herramienta de los "matrimonios" -la misma que unió a Castilla y Aragón un siglo antes- el afortunado elector de Brandeburgo, Johann Sigmund, obtuvo la mano de Anna, hija del último descendiente del Gran Maestro de la Orden Teutónica. De su simiente brotaría el creador del legendario Ejército prusiano, Federico Guillermo I, y su hijo singular: Federico II, El Grande, también llamado Rey soldado.
Desde su capital, Berlín -para 1620 un villorrio insignificante de apenas 8.000 habitantes- emprendió una transformación militar y administrativa como no se había contemplado desde la lejana Roma, con pálidos reflejos en la Francia de Richelieu. Entre 1740 y 1786 cultivó la amistad de Voltaire y los otros enciclopedistas, y protegió a los jesuitas en su desgracia.
A su ejército modelo solo lo derrotaría Napoleón y su "Servicio de Administración Pública" obligatorio sería el que, tras la derrota de Francia en 1870, Bismarck propondría como instrumento del II Reich alemán.
Duro siglo el XX para los alemanes. Tras el fin violento del Imperio, los aliados impusieron la quiebra del país, consiguiendo el ascenso del poder totalitario nazi y su caudillo, el austríaco Adolf Hitler. Se requeriría la guerra más terrible que la humanidad recuerde para vencerles. Sobre sus ruinas, se procedió a la amputación.
Por suerte, los aliados aprendieron. Para tener un actor en paz y plenamente incorporado a Europa, era preciso perdonar. La amenaza soviética la convertiría en un baluarte: próspera y protegida, renacería para convertirse en el motor de Europa.
Faltaba el milagro inesperado: su reunificación. Y ella vino con un regalo adicional, el fin del imperio soviético. Por fin Alemania era plenamente europea, en paz con sus vecinos, para quienes de amenaza, se tornó en garante de prosperidad. El verdadero milagro alemán ha sido su perenne renacer. Ése es nuestro espejo y nuestra esperanza.