El panorama internacional que se presenta al finalizar la primera década del siglo XXI tiene mucho en común con el de la primera década del siglo pasado. Los conflictos internacionales en este momento tienen su origen en la competencia por los recursos naturales cada vez más escasos o en enemistades étnicas o religiosas. El enfrentamiento entre dos ideologías políticas utópicas cesó; tanto el marxismo como el capitalismo de libre mercado no han logrado ofrecer prosperidad, paz y guía a un mundo peligrosamente superpoblado.
Al igual que en 1909, nos hallamos en el terreno clásico de la Historia, signado por el equilibrio de poder, ya descrito de forma exhaustiva por Homero y Tucídides, en el que las guerras nunca se libran por ideologías utópicas sino por razones étnicas, territoriales o de control de los recursos naturales. En definitiva, los hombres combaten solo por la supervivencia. Ya Hobbes lo había expresado citando a Plauto: homo homini lupus.
Como bien lo señalara el filósofo británico John Gray, los años transcurridos entre la caída del Muro de Berlín y el ataque a las Torres Gemelas serán recordados como la era de las falsas ilusiones. Tras el fracaso de los planificadores del imperio soviético que propugnaban un monopolio de Estado centralizado, el Occidente emprendió otro proyecto utópico de dimensiones mundiales: un libre mercado globalizado. Ambas ideologías de la Guerra Fría tenían una connotación misionera. Los comunistas sacrificaron al individuo desde el punto de vista físico, intelectual y emocional en aras de un mayor bien colectivo. Por su parte, para los liberales promotores del libre mercado, el hombre como ente colectivo quedaba relegado a un segundo plano al dar prioridad a sus ambiciones personales. El único camino, según los liberales de la economía para que una sociedad se hiciera moderna después de 1991 conducía con frecuencia a la adopción de un individualismo egoísta en detrimento de todos los demás valores éticos. Por ello, las sociedades sumamente dinámicas y democráticas generaban a menudo altos niveles de criminalidad y una gran desigualdad en la distribución de los ingresos.
Después de las grandes matanzas, producto de las ideologías del siglo XX, comenzamos a darnos cuenta de que el ideal de una civilización universal es caldo de cultivo para un conflicto interminable en un mundo superpoblado.
