La abuela asesinada en Puente Hierro siempre fue una mujer independiente
Pasan las once de la noche y entre las calles del centro las tres amigas caminan a paso rápido. Son las calles de toda una vida, y más de 50 años de amistad. Pero es Aura Mejías, la que se siente la protectora. Jugaron barajas en su casa hasta tarde y ella no puede dejar a las demás irse solas, así que primero deja a la señora Hilda de Armas en su edificio, a dos cuadras de donde ella vive en Puente Hierro, y luego acompañará a Nelly Escalona a San Agustín, y una vez que sabe que ellas están seguras, vuelve a su casa.
Cuatro años después de que las tres amigas se reunían a jugar ajiley, doña Aura, de 76 años, ya no estaba para cuidarlas, aunque seguía siendo fuerte, tras un accidente cerebro-vascular y un marcapasos, ya no era tan perspicaz así que se permitió ayudar a Eddy José Sarmiento, una suerte de mendigo a la que doña Aura protegió hasta que él la robó, y quince días después fue a su casa, la golpeó y con una bata de casa, la asfixió.
Cerca de las nueve de la mañana, el pasado lunes, la sobrina de doña Aura, que dormía cada noche con ella en el apartamento del edificio Piedraven, entre las esquinas de Venao a Guayabal, la dejó en la casa en compañía de Sarmiento. Aunque sabía que 15 días antes él se había llevado un televisor, un ventilador y un radio de la casa, ella no se atrevió a cuestionar la autoridad de su tía, y se fue a cuidar a su mamá.
Los vecinos vieron a la abuela ir sola al mercado de Quinta Crespo, y volver con una pequeña bolsa. Ese día nadie vio salir a Sarmiento. Maroa Escalona, hija de doña Aura llamó insistentemente por teléfono a su mamá, y ella no respondió, así que, como hacía cada día, le fue a llevar la comida a su mamá, le extrañó que la puerta estuviera cerrada, pero cuando entró y fue al cuarto de su mamá la encontró golpeada y muerta en el piso. De poco sirvieron las cuatro rejas que impedían llegar a la casa, y los entreverados y oscuros caminos que llevan al apartamento, igual doña Aura había decidido ayudarlo. Le dio acceso a su casa y solía darle el almuerzo, incluso algunas de sus sobrinas dicen que a veces lo ayudaba con dinero.
Pero Sarmiento, luego se sabría, tenía cuatro registros policiales por hurto, robo y lesiones, y no era solo una persona necesitada.
La gente de Puente Hierro y Quinta Crespo dice que Sarmiento siempre ha vivido en San Martín, en diferentes pensiones, pero nunca le han conocido familia. Lo conocen como "Cachete de mango" y aseguran que siempre ha andando en malos pasos. Cuentan incluso que estuvo dos años en la misión Negra Hipólita rehabilitándose por el consumo de drogas y la vida en la calle.
Aunque los funcionarios del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas han estado buscando a Sarmiento, aún no han podido dar con su paradero.
Independiente
Después de la muerte de doña Aura algunos vecinos han comentado que días antes la vieron llorando en la escalera, sus amigas, como la señora Hilda, creen que quizás ella le temía, pero al ser tan reservada como era no dijo nada.
Además ella optó por pedirle a una vecina que le tuviera en su casa un teléfono celular que la señora Hilda le había prestado, sólo le dijo: "Es que se me están perdiendo las cosas, y prefiero que me guarde el teléfono de mi comadre aquí".
Migdalia Escalona, sobrina de doña Aura, cuenta que a su tía debieron operarla del corazón en enero de 2009, y poco antes había sufrido un ACV. Luego de eso pasó meses en casa de Maroa, su única hija, pero cuando ya estuvo recuperada quiso volver a su casa, pues estaba acostumbrada a su independencia. Una sobrina dormía con ella para que no estuviera sola en las noches.
En ese tiempo, además, tuvo a unas inquilinas que, tras unos pocos meses, robaron objetos de la casa, y Maroa debió intervenir para que se fueran.
Fue en ese tiempo cuando ella optó por ayudar a Sarmiento.
Recuerdos de fiesta
La señora Hilda recuerda a la hermosa morena de piernas firmes y bella figura que era doña Aura cuando las dos, siendo adolescentes, se conocieron en sus idas al programa A gozar muchachos de Radio Caracas Radio, cuando estaba entre las esquinas de Barcenas a Río.
Fueron tiempos de fiesta. Unas 20 mujeres se apretujaban en tres carros. Sobraba allí el betún, pañuelos coloridos, trajes con estampados de flores y afros. Durante años cada Carnaval se celebraba con disfraces de negrita y fiestas con las grandes orquestas de la época.
Aún casadas las amigas siguieron de fiesta, se iban a bailar con permiso de sus esposos, pues, como dice la señora Hilda, eran tiempos sanos.
Ella quedó viuda hace unos 40 años atrás y decidió no volver a casarse sino que sólo se dedico a su hija. Cuando Maroa tuvo a sus hijos, que hoy tienen 14 y 7 años, doña Aura se graduó de "abuelita" y era ella quien los cuidaba y los llevaba al colegio mientras su hija trabajaba. Pero cuando doña Aura enfermó, fue Maroa quien dejó el trabajo para cuidarla.
"Aura era muy parrandera, le encantaba un güisquisito", recuerda la señora Hilda. Siempre que se reunían armaba "la vaca" para compra whisky o cerveza y comenzar la fiesta. Solían irse a casa de alguna de las amigas a jugar barajas hasta que saliera el sol. "Peleábamos por el juego" recuerda la señora Hilda, entre risas.
A pesar de su carácter fuerte, doña Aura era para su gente la persona más solidaria, pues todos contaban incondicionalmente con ella. De las 20 amigas de la juventud, 10 han muerto, pero sólo doña Aura falleció por una causa violenta.
Para las amigas que compartieron una vida, como dice la señora Hilda, se vive de los recuerdos. Así que, como doña Aura era devota de Santa Bárbara, quieren recordarla en la fiesta que ella organizaba cada 4 de diciembre en su honor, en las que ella estaba especialmente alegre y danzarina.
Pero admiten que lo terrible de su muerte ha dejado a la gente que la quería como dice la letra de El Triste de Eddy Santiago, que fue siempre su canción favorita: "Todos dicen que soy el triste; Estoy sufriendo, desde que te fuiste; Aún conservo el amor que me diste".
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