Se trata de diferenciar la opinión, que es libre, de los hechos, que son sagrados
Apareció el gran argumento para demostrar que el viejo y venerable papel periódico es mejor que sus sucedáneos digitales. Es un argumento muy sencillo: en los medios impresos no se le puede echar la culpa a los lectores por las barbaridades que se publican (incluyendo, sin ir muy lejos, este artículo).
En cambio, en una modernísima página electrónica se cuelga que a uno de los hombres fuertes del Gobierno lo han matado a tiros y, al día siguiente, puede salir el dueño del sitio web a decir que no fue culpa suya, sino de un émulo muy degenerado (¡calcule usted!) de Runrún Bocaranda, que ahora se ha escabullido en los confines casi infinitos de la tripledoblevé. Qué fácil.
En los anales del viejo periodismo de rotativa ha ocurrido toda clase de desatinos parecidos, desde falsos homicidios hasta muertes de tipos que ya estaban muertos. Pero no se sabe de casos de jefes de redacción que hayan culpado de la torta a los que compran el diario en el quiosco.
Me dirán que es una cuestión tecnológica. Que los diarios de la era impresa eran cajas opacas en las que entraba la información y salía cualquier engendro, sin que el público tuviera arte ni parte. En cambio, en las publicaciones digitales hasta el más irresponsable lector (no se sienta aludido, no es con usted) puede asumir el rol de productor de contenidos.
Se supone que eso es un gran avance en democracia comunicacional, tal como lo dijo una experta en ética periodística en un canal al que -digámoslo de paso- buena falta le haría un cursillo en ese campo. Sí, es un salto cuántico, pero, vaya que puede traer desaguisados inadmisibles en épocas más rudimentarias.
No se trata de tecnología. Se trata de diferenciar la opinión, que es libre; de los hechos, que son sagrados, base y principio del periodismo liberal. Y eso no ha cambiado con las nuevas tecnologías. Yo puedo decir que la corrupción en un gobierno revolucionario debería castigarse en el paredón de fusilamiento (está dicho, pues). Es una opinión. Dura, extremista, pero opinión al fin. En cambio, no puedo "opinar", amparándome en la libertad de pensamiento, que a un superministro lo acribillaron en la esquina. Esa no es una opinión, ya sea que esté impresa en un papel, colgada en un basurero digital o representada en un dibujo rupestre. Es un mensaje que pretende informar, vaya usted a saber con cuáles propósitos. No sé que dirá la profe de ética.
Sé que para la oposición este debate es una oportunidad para denunciar que Chávez quiere nacionalizar Internet y Twitter como si fueran un hipermercado y un galpón. Pero digo -y juró que no le echaré la culpa a ningún lector- que es también una buena hora para que amarren a sus locos.
clodoher@yahoo.com
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